Escuelas bosque: aprender al aire libre

Las escuelas bosque son escuelas infantiles muy difundidas en el centro y norte de Europa y hacen del medio natural un espacio de aprendizaje privilegiado. Lejos de las aulas, en el bosque, el campo o la playa, los niños corren y juegan y se relacionan unos con otros y con el  entorno. Los profesores los acompañan en su crecimiento y extraen de la naturaleza el material de trabajo.

En España este tipo de iniciativas son cada vez más populares –al igual que otros proyectos educativos alternativos– y responden al deseo de muchas familias de brindar a sus hijos un tipo de educación más respetuosa y participativa. En las escuelas bosque no hay aulas, pero tampoco pupitres ni fichas ni libros de texto. Los alumnos, mezclados por edades, aprenden de manera lúdica y creativa y dirigen su propio aprendizaje.

En estos espacios, los niños juegan –con palos, piñas, plumas, etc.–, trepan a las rocas y a los árboles, se manchan, se mojan y viven las estaciones; en definitiva, se relacionan con la naturaleza y aprenden a respetarla. Esta, además, estimula capacidades como la atención, la observación y la concentración, tal y como reconocen los expertos en escuelas bosque. El frío no es inconveniente: “Según algunos estudios, los niños que pasan más tiempo fuera se enferman con menos frecuencia”, explica el promotor de la Bosqueescuela Cerceda, Philip Bruchner. “La condición, claro está, es abrigarse bien”, advierte.

Bruchner es alemán y experto en educación al aire libre, una profesión que ejerció en su país durante años antes de recalar en España y abrir la primera escuela bosque homologada del país. Situado en la localidad madrileña de Cerceda, el espacio inauguró en 2015 y admite a niños de entre 3 y 6 años.

La rutina diaria y los materiales de las escuelas bosque

Aquí la jornada empieza temprano, sobre las ocho y media. A los niños se los recibe en una cabaña bioclimática que también sirve de refugio cuando el tiempo se vuelve inclemente y donde se guardan los materiales y se sirve la comida. Tras la bienvenida, comienza la primera actividad, en la que se imparte una unidad de conocimiento: matemáticas, lectoescritura o arte. Después, los niños se adentran en el bosque con sus mochilas, toman una merienda y, después, juegan libremente. “Durante este rato, cada cual puede hacer lo que quiera”, dice Bruchner. La mañana termina con un cuento y el recorrido de vuelta a la cabaña. El horario de recogida es flexible y los alumnos que se quedan por la tarde pueden dormir la siesta después de comer.

En estas iniciativas la naturaleza funciona como aula pero también como maestra. Los profesores sacan del medio natural el material didáctico y los alumnos inventan sus propios juegos y juguetes de la misma manera. El entorno ofrece a unos y otros infinitas posibilidades. “La variedad de plantas, animales, terrenos, formas, colores y texturas es enorme”, recuerdan desde la Bosqueescuela, y de todo ello se extrae conocimiento.

Normas y beneficios

Como en toda escuela, existen normas. Para evitar accidentes los palos no pueden levantarse por encima de la cabeza y queda prohibido arrojarse piedras o cualquier objeto duro y puntiagudo. No está permitido comer frutos ni bayas ni alejarse de los monitores. “Pero como a los niños les preocupa perderse y sienten mucho respeto por el bosque, siempre se quedan cerca”, comenta Bruchner.

La experiencia de aprender al aire libre tiene numerosas ventajas, explican quienes la conocen. Además de volverse más observadores y moverse gran parte del día –lo que es muy beneficioso para su desarrollo evolutivo–, los niños adquieren destreza física, cultivan la imaginación, la fantasía y su deseo por descubrir y aprenden a resolver problemas juntos.

Más información sobre las escuelas bosque, en su página web.

Otros contenidos del dosier: Escuelas alternativas

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