Deja el estrés en casa

En la oficina, la tensión aumenta. Y cuando llegamos a casa cualquier nimiedad detona nuestra ira. ¿Por qué tenemos la mala costumbre de vaciar los problemas en casa? ¿Por qué la familia se vuelve, en más de una ocasión, nuestro punching ball emocional? Stéphanie Bertholon, psicóloga especialista en gestión del estrés, nos responde.

En casa podemos ser nosotros mismos

“Con nuestros seres queridos nos damos el permiso de ser nosotros mismos”, afirma Bertholon. Ese sentimiento nos autoriza a explotar, a decir y hacer cosas que no osaríamos en otros contextos. Sin embargo, incurrir en ese comportamiento con demasiada frecuencia puede tener consecuencias negativas en nuestro refugio, repercutir en la familia.
“Para poder enfrentar la vida diaria necesitamos sentirnos protegidos, contar con una suerte de paraguas anti estrés”, agrega la psicóloga. Nuestra casa debe ser el lugar donde guarecernos, por eso no debemos convertirla en un espacio de descarga. Algo que, desafortunadamente, ocurre muy a menudo.

Descargas en la familia el estrés de la oficina

Fechas de entrega imposibles, consignas confusas, bajadas de sueldo… Haces como si nada, pero la ira te consume por dentro. En casa, tu hijo se niega a hacer los deberes y a recoger su cuarto… Tu paciencia se colma y gritas un muy enfurecido “¡basta!”.
Descodificación:
Le pasas factura a tu familia por todos los “basta” que no expresas a la persona responsable de tu enfado. Es un fenómeno compensatorio. Demuestras tener autoridad, a veces de manera inadaptada, cuando en realidad no has podido establecer límites en el trabajo.
Consejo:
Identifica tu fuente de estrés y reafírmate ante la persona adecuada. “Puede sorprender, pero la mayoría de las veces las personas no son conscientes de la ansiedad que les produce el trabajo, porque se trata de algo crónico. Son menos conscientes aún de la agresividad que muestran cuando llegan a casa”, constata Bertholon.

Descargas en la familia todas tus emociones

Discutes con tu madre, esperas durante horas a un amigo que siempre llega tarde… Son situaciones en las que, aparentemente, mantienes la calma. Una vez en casa, tienes una conversación envenenada con tu chico. ¿Por qué? Ni siquiera él lo sabe. La tensión aumenta.
Descodificación:
“Se trata de un problema de control de las emociones”, asegura la experta. Hay situaciones y conversaciones que te provocan reacciones que sueles reprimir. Tu incapacidad para expresarte puede responder a diferentes causas: temor a la reacción del otro, a ser rechazado, a dejar de ser querido… Finalmente, terminas explotando en un ambiente en el que sabes que la gente será más indulgente. Vale, pero ¿hasta cuándo?
Consejo:
Acepta y tolera las emociones, hablan de tus necesidades. Sé consciente de aquello que te encoleriza y redirige la energía. No la descargues en tu pareja ni en tus hijos. Ellos quieren lo mejor para ti. Intenta practicar actividades que te relajen, como el yoga o la meditación, o buscarte tareas creativas. Pon las cosas en perspectiva. Antes de gritar en casa, tómate unos segundos para ver si de verdad hay motivos para el enfado. Reflexiona antes de actuar.

Descargas en la familia tu mal humor

En la inauguración de tu compañero te muestras encantadora, divertida, amable… Todos piensas en la suerte que ha tenido tu chico al encontrarte. Pero una vez a solas con él, despotricas contra todo, contra los políticos, los vecinos, el tiempo, etc. Es cierto que la vida es dura, pero ¿acaso tiene él la culpa?
Para Bertholon, se trata de un error de interpretación de los acontecimientos. Temes que te aprecien menos si te muestras crítica o agresiva en sociedad, entonces te adaptas y dejas de ser tú misma. Después, sin embargo, tu verdadero yo aflora con furia.
Consejo:
Intenta ver los aspectos positivos de tu vida. Es importante entrenar al cerebro a focalizar en cosas distintas de las habituales: el canto de un pájaro, el olor a café por las mañanas, etc. Cuando estés en sociedad asume tus opiniones. Nadie te va a rechazar por estar en desacuerdo con la subida de impuestos o por hablar mal de la vida en pareja. Es probable que muchas personas piensen igual que tú. Preserva tu refugio familiar del malestar exterior.
Compartir con tu familia aquello que te preocupe es perfectamente normal. Tus seres queridos y tu casa son tu refugio. Pero el modo en que te expresas con tu marido o con tus hijos puede tener consecuencias nefastas. Hablar de lo que nos produce estrés puede hacerse sin descargar tensión en los demás.
“En realidad, esperamos que nuestro interlocutor valide la emoción que nos atraviesa, para así sentirnos aliviados”, comenta la psicóloga. Un simple “te entiendo” basta para hacernos sentir mejor. Pero eso entraña riesgos. Si tu compañero no comprende el origen de tu malestar o si también se enfada por motivos ajenos a la vida doméstica, estaréis en problemas. La serenidad familiar puede verse afectada por los conflictos exteriores.
Para recobrar la serenidad debes aprender a expresarte. ¿Has tenido un día difícil? Díselo a tu compañero, así entenderá mejor tu mal humor. ¿Las jornadas de trabajo interminables te agotan? Pídeles a tus hijos que colaboren un poco más en casa. Verás hasta qué punto están dispuestos a contribuir a la armonía del hogar. La comunicación en el seno de la familia es una parte esencial de su funcionamiento.
C. Maillard

Otros contenidos del dosier: Estrés

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