La autorregulación del apetito del niño

¿Cómo funciona el centro regulador del apetito?

El sistema que regula la entrada y la salida de nutrientes y energía está orquestado por diferentes órganos que se comunican entre sí vía neuroendocrina, es decir mediante mensajeros hormonales. En el cerebro, algunas neuronas localizadas en un área denominada hipotálamo dirigen esta sinfonía, en base a la información que reciben sobre  las ingestas precedentes y el estado de los depósitos de grasa. ¡Veámoslo con detenimiento!

Un balance negativo, por ejemplo tras el ayuno, induce la secreción de grelina por parte del estómago, hormona que viaja hasta el centro regulador del apetito para activarlo y hacer posible la entrada de energía y su depósito en el organismo. Por otra parte, la grelina disminuye el gasto calórico en reposo para equilibrar el balance.

Un balance positivo, tras ingesta reciente o crónica, libera leptina (hormona de la saciedad) por parte del tejido adiposo, a través de la insulina. Hay receptores de la leptina distribuidos por todo el cuerpo. Cuando llega al hipotálamo, la leptina frena esa sensación placentera de la comida. En los órganos periféricos, la leptina eleva el gasto energético en reposo (a través de las hormonas tiroideas). Con el ayuno prolongado disminuyen los niveles de leptina y aumenta de nuevo el apetito.

La leptina es la hormona de la saciedad pero sus niveles correlacionan mejor con la adiposidad que con la saciedad inmediata y son más altos de noche que de día. Dormir poco o mal altera el balance grelina-leptina y aumenta el apetito. La rara deficiencia congénita de leptina origina una obesidad severa.

Este ciclo continuo entre apetito y saciedad, apetito y saciedad.... que persigue el equilibrio nutricional, se regula asimismo mediante este balance energético y de nutrientes. Sin embargo, algunos alimentos muy sabrosos y palatables (comida rápida, sal, azúcar, grasa) “desatan” las ganas de seguir comiendo para perpetuar la conducta placentera, gratificante (centro de la recompensa, vía sistema límbico), y boicotean el pacto dialogado neuroendocrinológico entre el tejido adiposo y el centro regulador. De ahí que los pediatras siempre estemos recordando que los alimentos no deben ser objeto de castigo o de recompensa para evitar problemas futuros de vinculación con la comida.

Ahora ya saben lo que significa "aperitivo": alimento que abre literalmente el apetito. 

Por su parte, la insulina liberada tras la ingesta de glúcidos ayuda a detener la ingesta en un principio gracias a la acción de la leptina (que actúa a nivel hipotalámico), pero cuando acaba la digestión y cae la glucemia bruscamente aparecen nuevos deseos de dulce. ¡Además, el azúcar es de estos alimentos que induce a comer a pesar del balance energético positivo!

Por otro lado, algunos alimentos dan pistas que actúan de predictores del contenido nutricional, como son la textura gruesa o la consistencia cremosa y el sabor umami (a proteínas) que inducirían efectos saciantes al ser interpretados como vehículos ricos de nutrientes, señala el profesor Martin Yeomans, de Psicología Experimental, de la Universidad de Sussex, UK.

Ahora ya conocen como modifican el apetito algunos alimentos.

Vemos pues que el control del apetito es un fenómeno complejo que articula varias señales en relación a la ingesta de un alimento: sensoriales (color del helado, aroma de fresas, sabor dulce del caramelo...), cognitivas y emocionales (he jugado un partido, llevo horas sin comer, es el pastel de mamá) y fisiológicas, derivadas del balance energético (me noto flojo, vacío, nervioso... o por el contrario, lleno y satisfecho).

El apetito se manifiesta con la incómoda sensación de hambre, que mueve a buscar comida, o bien con el sentimiento subjetivo de plenitud primero y luego de saciedad, que ha de disminuir la motivación para comer.

La plenitud es la reacción inmediata a la ingesta de comida, la sensación que te manda parar de comer. La saciedad es la respuesta tardía del organismo a la disponibilidad de nutrientes procedentes del alimento, una vez procesado, digerido y absorbido.

En un niño sano, en ausencia de enfermedades o trastornos psicológicos, alimentado con “sensatez nutricional”, donde el apetito funciona normalmente, la plenitud es un buen predictor de la saciedad. La combinación de las señales de hambre y las señales de satisfacción (plenitud y saciedad) da como resultado un balance de energía y nutrientes con un peso y una composición corporal saludables.

¿Por qué crece la obesidad infantil al margen de esta autorregulación?

Pues bien, existen multitud de factores que actúan de disruptores. Mientras que al adulto se le presupone una capacidad aprendida para ajustar el tamaño, composición y frecuencia de las comidas, asumiendo que ha madurado la regulación del ciclo apetito-saciedad propios, los niños están a merced de los adultos responsables, y a pesar de su dotación  fisiológica para la autorregulación -de lo cual dan buena cuenta los bebés alimentados con lactancia materna, que inducen con la intensidad y frecuencia de sus tomas, la cantidad global “precisa” que necesitan- , están expuestos a una serie de condicionantes externos como el impacto potencial de la publicidad alimentaria y la influencia de sus iguales, el criterio de sus cuidadores.
Pero también están sujetos a condicionantes internos: hay gustos que son innatos como el sabor dulce o el salado, por pura supervivencia, para poder aceptar rápidamente la leche humana y reponer la pérdida de sal y de líquido. Pero su paleta de gustos está aún por estrenar, por crear y fortalecer: la diversidad gastronómica necesaria para acometer una rica variedad nutricional se aprende precisamente practicando... 

Y todo este entramado les hace vulnerables ante la oferta más dulce o el ofrecimiento más precoz: se comerán el cestillo del pan mientras esperan los macarrones, por no haber aprendido aún a demorar el placer de la ingesta, ni siquiera brevemente, para añadir ventajas nutricionales. Esto les corresponde aún a los cuidadores, como parte necesaria e imprescindible de la educación, ¡y no se admiten abdicaciones!

No en vano, “los niños son niños” y deben aprender por imitación a seleccionar lo que comen y cuando. Para lo que sí llegan bien equipados y programados es para decir cuando han comido suficiente, o mejor dicho, evidenciar que ya están saciados.
En efecto, es preferible atender globalmente todas las señales de plenitud y saciedad que da el niño y que todos podemos dibujar mentalmente y no ceñirse a sus frases hechas o aprendidas para deshacerse de lo que no les De ahí que los pediatras siempre estemos recordando que los alimentos no deben ser objeto de castigo o de recompensa porque de esa forma se abonan problemas futuros de vinculación con la comida gusta... La familia decide qué, cuándo y dónde, el niño actúa, señala cuando tiene suficiente.

Bibliografía:

  • Qué cómo y por qué. Nueve claves para una alimentación familiar saludable. Susana Domínguez Rovira. RBA edit.
  • IUNS 20th International Congres of Nutrition. Granada , septiembre 15-20, 2013

Otros contenidos del dosier: Alimentación infantil de 1 a 3 años

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