El deseo de cambio: ¿evolución o huida?

Nuestros deseos de cambio a veces se instalan en nuestra vida profesional, amorosa o incluso en la cotidianidad. Un atasco infernal para llegar a la oficina o las obras en la casa del vecino un sábado por la mañana bastan para hacernos buscar en la web las ofertas de empleo o de alquiler. Pero la voluntad de cambio, ¿representa una evolución o una huida?

Signos precursores

Cuando traspasamos los límites de la tolerancia, los síntomas del malestar comienzan a multiplicarse. Primero aparecen algunos signos aislados: dolor de espalda, de estómago, migrañas, etc. Luego surgen las modificaciones en el comportamiento: fatiga, falta de entusiasmo… ¡Es el momento de actuar!

Un deseo de evolución

Hoy, el cambio está a la orden del día, tanto más cuanto que la sociedad parece haber alcanzado un único criterio en muchos ámbitos. Cambiar por cambiar no sirve de nada. Hacerse vegetariano o mudarse de ciudad son modificaciones que sólo tienen sentido si responden a una necesidad interior.

“Podemos desear un cambio porque nos hemos topado con ciertos límites que creemos poder hacer retroceder o porque buscamos más experiencias positivas”, explica Vanessa Mielczareck, coach y formadora en recursos humanos. Se trata pues de un cuestionamiento que indica que se ha llegado al final de un ciclo y que no hay más perspectivas. El cambio llega entonces como una llamada a la transformación de uno mismo.

¡Ánimo, huyamos!

Puede suceder también que nuestros deseos de cambio giren en torno a la idea de que “la hierba siempre es más verde al otro lado de la valla”. “Esto es detectable cuando nos sorprendemos queriendo cambiar al otro o al contexto en lugar de a nosotros mismos. Es, de alguna manera, negar la responsabilidad que podemos tener en las situaciones frustrantes en las que nos encontramos”, explica la experta. De modo que culpamos a un tercero, fuente de nuestros problemas. El deseo de cambio se articula alrededor de una huida como reacción a una situación que se percibe como insoportable pero que ha sido elegida. Sin embargo, se corre el riesgo el repetir el mismo guión, ya sea en otro marco de trabajo o de vida, y toparse con las mismas dificultades.

Para identificar las razones que nos empujan al cambio, Mielczareck aconseja “reparar en si se tiene tendencia a criticar o a juzgar todos los aspectos negativos y recordar que el cambio es una puerta que se abre en el interior antes de hacerlo en el exterior”.

Cambiar: las cuatro etapas claves

  • Desarrollar una visión positiva

Los cambios resultan más sencillos cuando se abordan con actitud positiva. Concéntrate en tu necesidad de tener más espacio, más reconocimiento o más vitalidad, en lugar de enfocarte en lo que te falta. Así aumentarás las probabilidades de llevar tu proyecto a buen puerto.

  • Ser creativo

Rechazar en bloque una situación o un trabajo no es necesariamente los más constructivo. Antes es preferible hacerse algunas preguntas, por ejemplo, “¿qué aprendizaje voy a extraer de esta situación?” o “¿qué me enseña esto de mí misma?”. Intenta resaltar las cualidades y los recursos que seguramente has desarrollado en el contexto que ahora deseas abandonar.

  • Superar el miedo a lo desconocido

Muchas personas niegan su deseo de cambio por miedo a lo desconocido. Para superar este obstáculo es preferible preguntarse qué es lo más importante para uno. Pongamos por caso el cambio de casa. ¿Pesa más la eventual mejora en tu relación de pareja al mudarte a un apartamento más grande o el agotamiento que la mudanza va a provocar?

  • Confrontarse al principio de realidad

Para aumentar las posibilidades de éxito de tu proyecto, éste debe ser realizable, es decir, respectar tus valores y responder al principio de factibilidad. Si, por ejemplo, quieres cambiar de sector de actividad, determina qué formación debes adquirir para ello; antes de mudarte, infórmate de las ventajas pero también de los inconvenientes de hacerlo. El camino hacia el cambio requiere de actos pequeños pero concretos para comenzar.

C. Maillard

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