Catherine L’Ecuyer apuesta por "Educar en el asombro"

"Educar en el asombro" se sitúa en el ranking de libros de educación más vendidos en Amazon. ¿Cuáles cree que son las claves del éxito del libro?

La verdad es que me ha sorprendido a mí también, no me lo esperaba. Pensaba que me lo iban a comprar mis 40 amigos y que no iba a pasar de la primera edición. Lo que me dicen los lectores, es que les he confirmado lo que siempre han pensado pero que nadie se atreve nunca a decir. Dicen que el libro ha documentado científicamente su intuición y su sentido común de padres y de educadores.  El libro va a contracorriente del sistema educativo actual, en ese sentido puede considerarse revolucionario. Pero a la vez defiende “lo de siempre”. Y por eso quizás es original, en el sentido de que “vuelve a los orígenes”, como decía Gaudi.

¿De qué trata “Educar en el asombro”?

El asombro es el deseo de conocer, decía Tomás de Aquino. Hoy en día estamos muy preocupados porque los niños no aprenden al ritmo esperado y porque están “desmotivados”.  En ese sentido, el “deseo” “para conocer” debería tener muchísima importancia en el sistema educativo. Todos nacemos con asombro. El asombro se respeta, no se inculca. Por lo tanto, “educar en el asombro” se entiende como cuidar, respetar ese proceso natural, rodeando al niño de oportunidades para poder asombrarse. 

¿A qué se refiere cuando habla del "mundo frenético" en el que vivimos?

Muchas veces decimos que los niños “ya no son como eran antes”. La naturaleza de los niños no es distinta de la que era hace 50 o 500 años. Lo que ha cambiado no son los niños, sino el entorno en el que se encuentran: hay cada vez más consumo de pantallas (¡una media de 8 horas al día!), unos contenidos audiovisuales extremadamente rápidos y a menudo muy violentos, agendas llenas de extraescolares, juguetes y libros que hablan, etc. Un estudio americano nos indica que las series de dibujos infantiles tienen 7,5 cambios abruptos de imágenes por minuto. Cuando los niños vuelven a la realidad, todo les parece demasiado lento y aburrido. Y entonces pierden el asombro y no alcanzan motivarse “desde dentro”. Dependen cada vez más de los estímulos externos para “motivarse”. Ese es el momento en el que pueden surgir conductas adictivas. 

¿Cómo "salvamos" al niño/hijo/alumno de este mundo frenético? ¿Cuál es el modo correcto de enseñarles a afrontarlo?

Respetando su asombro. En el libro, hacemos una propuesta en positivo de cómo se puede hacer. Respetando los ritmos del niño, las etapas de la infancia, el orden en el aprendizaje, rodeándolo de belleza y de misterio, huyendo del consumismo, fomentando el contacto con la naturaleza, potenciando el juego, etc. 

¿De qué depende el desarrollo social y emocional del niño?

El primer vínculo social del niño ocurre con su principal cuidador, que normalmente es su madre, a través de la formación del vínculo de apego. El apego es el vínculo de confianza que se desarrolla cuando el primer cuidador es sensible a las necesidades del niño y atienden esas con prontitud. El apego seguro está reconocido por los estudios como el mejor indicador del buen desarrollo de la personalidad del niño. 

Rachel Carson decía que los niños se asombran en compañía de un adulto que se asombran con ellos. Esa frase tiene mucha profundidad. Lo primero que un niño hace cuando descubre algo nuevo es enseñárselo a su primer cuidador, a la persona con quien tiene apego. “Mira, máma”, es una de las frases más repetida en los parques infantiles. Los niños triangulan continuamente entre el mundo que descubren y la persona que les cuida (su base de exploración). En ese sentido, el asombro y el apego trabajan juntos. En mi artículo “The Wonder approach to learning” en la revista Frontiers in Human Neuroscience, hablo del “triángulo del asombro” como una forma de aprendizaje en los niños. 

¿Qué estamos haciendo mal y cuál es su propuesta?

Hemos de dejar de consumir libros que nos dan recetas hechas. “Cómo hacer para que los niños coman”, “cómo hacer para que obedezcan”, “para que duerman”, etc. ¡Estos libros están escritos por personas que ni siquiera conocen a nuestros hijos! Nos hemos perdido en los “cómos” y nos hemos olvidado de los “por qué” y de los “para qué” de la educación. Nos alejamos de la naturaleza de nuestros hijos. Hemos de volver a reconectar y recuperar nuestra sensibilidad de padres y de educadores (¡que la tenemos!) y olvidarnos de todas esas “recetas” educativas que nos alejan de los fines verdaderos de la educación. 

¿Es usted una enemiga acérrima de las nuevas tecnologías en la infancia? ¿Por qué y a qué edad deben empezar a usarse?

No soy enemiga de nada. Solo expongo estudios que hablan de los efectos nocivos de la pantalla en la infancia. Por motivos que desconozco, esos estudios no llegan a la calle. La Academia Americana de Pediatría (AAP), así como muchas otras asociaciones pediátricas en el mundo, advierte a los padres sobre el uso de las pantallas durante la infancia. Recomienda no exponer a los niños de menos de 2 años a la pantalla, por el posible daño que les puede causar (reducción del vocabulario, déficit de atención más adelante, hiperactividad, etc.). A partir de los 3 años, habla de un consumo de no más de 2 horas al día. Y no se trata de un criterio educativo, sino de un criterio pediátrico. Estamos hablando de mínimo. La AAP también específica la importancia de cuidar la calidad de los contenidos. Es importante que el ritmo se ajuste al orden interior del niño. En cualquier caso, hemos de tener muy claro que esas herramientas no aportan al aprendizaje de nuestros hijos. Los estudios hablan del efecto deficitario del video (“Video Deficit Effect”), según el cual los niños aprenden mejor de una demostración en directo que de una demostración virtual. El tiempo delante de la pantalla es tiempo restado a otras actividades que los niños necesitan para su buen desarrollo (estar con sus seres queridos por ejemplo). Los niños no aprenden a través de la pantalla, sino a través de las personas que les cuidan. Antes hemos dicho que los niños triangulan entre la realidad y su principal cuidador para calibrar la realidad. La pantalla no calibra la realidad. Ahora nos venden que los niños pueden aprender con aplicaciones que permiten una atención supuestamente “personalizadas”. Delante de un ipad, no es el niño quien lleva las riendas, sino la aplicación de la tableta “inteligente”. Para educar, se requiere sensibilidad, cualidad de la que carecen los dispositivos y sus aplicaciones, por muy buenos que sean sus logaritmos. 

¿Un niño sobreestimulado es un niño insano?

Un niño sobreestimulado es un niño que ha perdido el asombro. Y el asombro no solo es el motor para el conocimiento, sino que también es lo que nos hace agradecer todo, porque nos lleva a “no dar nada por supuesto”. Un niño sobreestimulado es un niño sin interés por aprender, desagradecido, “de vuelta de todo”, cínico y desconfiado. 

¿Cuándo comienza a ser nociva la estimulación temprana? Es decir ¿cuándo la estimulación (positiva) se convierte en sobreestimulación (negativa)?

No me gusta hablar de “estimulación”, ni siquiera pienso que esa palabra puede llevar el calificado de “positiva”. Los niños no aprenden siendo “estimulados”, sino descubriendo la realidad, guiados por sus padres y sus maestros. Por lo tanto, más que “estímular”, lo que hemos de preguntarnos es por la calidad de las oportunidades de aprendizaje que les rodean. Rodar al niño de oportunidades de belleza, ¡eso es educar! Los neurobiólogos confirman que los niños necesitan “una cantidad mínima” de estímulos en un entorno “normal”. Eso lo ofrece lo cotidiano. Cuando el niño tiene los sentidos saturados se aburre, deja de sentir, de percibir una sonrisa o de captar el significado de una mirada. Hoy hay pocos niños que miran a la cara cuando hablamos con ellos. Y como dice el proverbio árabe, “quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación”. 

Está ya trabajando en su próximo título: ¿Nos puede avanzar de qué tratará?

Está en la misma línea que Educar en el asombro, pues lo que asombra es la realidad, la belleza de la realidad. Nuestros hijos aprenden en clave de realidad. Para poder captarla, necesitan relaciones interpersonales, belleza y motivos para actuar con sentido. Necesitan sensibilidad, empatía, espíritu atento. Sin embargo, en un mundo en el que las pantallas están cada vez más presentes, pueden padecer un déficit de realidad. 

En ese sentido, educar en la realidad desvela con evidencias una serie de mitos educativos y demuestra que la mejor preparación para utilizar las nuevas tecnologías tiene lugar en la realidad; es decir, que la mejor preparación para el mundo virtual es el mundo real. 

Educar en la realidad es para todos los padres que se preguntan lo que han de hacer para que sus hijos, tanto pequeños como adolescentes, hagan un buen uso de las nuevas tecnologías; da las herramientas para que cada padre, cada madre encuentre respuestas a esas preguntas.

Fuente: Entrevista a Catherine L'Ecuyer

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