Padres helicóptero: los riesgos de sobreproteger a tu hijo

De camino al colegio, Lucía lleva, de la mano, a su hijo de siete años; en la otra, carga con su mochila. Si le hacemos una pregunta a Enzo, de once años, su madre responde por él la mayoría de las veces. Pablo, de quince, entró a su nuevo instituto bajo la atenta mirada de su padre desde el coche. Los padres helicóptero no quitan un ojo de encima a sus hijos y los acompañan a todas partes. «Lo hacen con la mejor intención», asegura Julie Bazinet, canadiense máster en educación y profesora. Los padres helicóptero desean organizarlo todo para proteger a sus pequeños y ahorrarles las vicisitudes de la vida. Un comportamiento no exento de riesgos para los críos.

Padres que hacen de guardaespaldas

Originaria de Norteamérica, la expresión padre helicóptero designa al progenitor que sobreprotege a sus hijos. «Aunque puedan ir en autobús, los llevan en coche, o no les dejan comer las golosinas que les ofrecen en la fiesta del cole», según ha podido observar nuestra experta. ¿Cómo lo justifican sus padres? Aduciendo la inseguridad en los transportes públicos y la importancia de una alimentación saludable.

Efectivamente, los padres helicóptero vigilan a sus hijos sin descanso y se desviven por evitarles cualquier disgusto. Las nuevas tecnologías, además, favorecen este comportamiento: los móviles y las redes sociales se han convertido en una verdadera atadura que mantiene a padres e hijos permanentemente interconectados.

Otro rasgo característico de este tipo de padres es su tendencia a resolver ellos los problemas de sus hijos, constata Bazinet. Por ejemplo, si el niño tiene dificultades con los deberes, son ellos los que buscan la información. O, si su hijo saca una mala nota, critican sin dudar al profesor.

Todos los esfuerzos del padre helicóptero se concentran en que su hijo triunfe sin tener que superar los obstáculos de la vida ni vérselas con otras personas. La preocupación por sus hijos los lleva a controlarlo todo y a saber mejor que nadie lo que necesitan. «Si el niño tiene un problema, en vez de ayudarle a encontrar una solución, se la proporcionan directamente», observa la experta. Lo cual provoca una consecuencia notable: ¡es el padre el que carga con el problema! «Este comportamiento es, probablemente, la manifestación de una profunda inseguridad», afirma Bazinet. La ansiedad de los tiempos actuales y la monoparentalidad pueden tener algo que ver, «aunque no se puede generalizar».

La autonomía del niño, en riesgo

Con este tipo de actitud, se pone en juego la autonomía del niño. «Aunque se haga con la mejor intención, este comportamiento puede condicionar el desarrollo del pequeño. Para empezar, menoscaba su amor propio, esencial para registrar las emociones positivas», explica Bazinet. Imaginemos, por ejemplo, que una madre ayuda a su hijo con una redacción y acaba haciéndola ella casi entera. En ese caso, la progenitora acaba relegando al pequeño a un papel pasivo. Ocupando su lugar, estos padres se apropian, en cierto modo, del éxito de sus hijos, privándolos de la satisfacción de haber superado una dificultad.

Por otra parte, viviendo en la imagen que los progenitores les envían de ellos, estos niños pueden volverse dependientes de su visto bueno permanente. Además, este comportamiento frena el desarrollo de su capacidad de resistencia, la cual entrenan cuando se ven obligados a buscar sus propios recursos. Es así como se forja su confianza en sí mismos. Si el pequeño crece con un padre que le ayuda a todas horas, cuando llegue a adulto puede sufrir ansiedad y hasta presentar síntomas de depresión, pues, en realidad, sigue siendo frágil.

Cómo dejar de ser un padre helicóptero

En la mayoría de los casos, la manera de educar a los hijos está influenciada por el pasado de uno mismo, desde una perspectiva de reacción o adaptación (que al final vienen a ser lo mismo). La primera etapa consiste en tomar conciencia de que es necesario cambiar. Es importante cuestionar el propio comportamiento. «Querer que nuestro hijo triunfe es lo más natural del mundo. No obstante, la sobreprotección repercute negativamente en su desarrollo y los efectos son perceptibles», asevera nuestra experta. Así, si se deja hablar al niño, es probable que este se exprese. Frases como «déjame en paz» o «déjame a mí» son señales que deben tenerse en cuenta.

Cuando un niño se encuentra con un problema, por ejemplo, un conflicto con otra persona, es preferible ayudarle a asumir su parte de responsabilidad. Así, por un lado, reconocerá sus errores y, por otro, lo animaremos a encontrar nuevas estrategias. Si, por el contrario, el adulto justifica a su hijo y también le resuelve el problema, es posible que más adelante el niño no sepa qué hacer por falta de recursos.

Julie Bazinet propone apoyarse en las herramientas de educación positiva y apostar por la búsqueda de soluciones, por ejemplo, planteando preguntas como: «¿Qué puedes hacer en esta situación?» El niño debe ser capaz de encontrar los recursos para resolver un problema y no esperar a que sus padres lo hagan por él. Desde una perspectiva más amplia, debe definirse un nuevo objetivo educativo para desarrollar el optimismo, que consista en favorecer situaciones donde el niño se vea obligado a cambiar de actitud o de comportamiento y creerse capaz de hacerlo.

Para terminar, nuestra experta invita a los padres a conceder más espacio a sus hijos, de forma que ellos mismos descubran su potencial y su personalidad para que los desarrollen en positivo. Para ello, es imprescindible dejar una distancia mínima, siempre desde una atención benevolente y de apoyo, no de intervención o intromisión. Se trata de un equilibrio que debe mantenerse en todo momento.

C. Maillard

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