Escuelas constructivistas: el aprendizaje con sentido

El trabajo por proyectos, que tan de moda se ha puesto en los colegios, no es algo nuevo, sino que constituye uno de los pilares fundamentales de las llamadas escuelas constructivistas. Estas siguen en gran medida la teoría del aprendizaje que desarrolló, a mediados del siglo XX, el biólogo y psicólogo suizo Jean Piaget. Como enfoque pedagógico, el constructivismo defiende que el aprendizaje debe partir del propio sujeto, de ahí que se empleen metodologías más participativas y dinámicas. No hay asignaturas ni libros del texto. El alumno no memoriza, sino que debe relacionar la información nueva con la que ya posee. De ese modo, favorece el llamado aprendizaje significativo y construye una estructura cognitiva sólida que le permitirá seguir aprendiendo por sí mismo.

Piaget expuso la existencia de cuatro etapas en el desarrollo cognitivo de los niños, cada una de las cuales presenta unas características concretas. Las escuelas constructivistas “adaptan las metodologías de trabajo a las particularidades cognitivas de cada estadio, para que el aprendizaje resulte más provechoso”, explica Carmen López, pedagoga con experiencia en escuelas constructivistas y especialista universitaria en Educación infantil.En la primera etapa, la sensoriomotora, los bebés obtienen conocimiento a partir de su relación con el medio y, por tanto, debe ofrecérseles juegos de experimentación. “Se les suele dar materiales que puedan tocar, chupar o incluso comer, dado que su fuente principal de exploración es la boca”, detalla. A partir de los dos años, cuando los niños empiezan a interactuar y a adquirir el lenguaje, cobran relevancia los proyectos, que pueden implementarse en cualquier nivel educativo y que permiten trabajar en grupo y de un modo más dinámico.

Los proyectos y sus etapas

Estos surgen a partir de los intereses, las inquietudes y las dificultades de los alumnos. “Ellos proponen y marcan el ritmo de la clase; nosotros les proporcionamos el espacio y los materiales necesarios para que puedan moverse libremente”, comenta la pedagoga. Para ella, esta manera de trabajar es la que mejor encaja con la visión del niño que ha ido desarrollando a lo largo de los años: la de un ser activo, autónomo y lleno de potencial. Una concepción que comparten las escuelas constructivistas pero que no siempre es la norma en las tradicionales.

Los proyectos se realizan en diferentes etapas. La primera es la observación: conocer bien a los niños para adecuar las propuestas a sus intereses. Después, reunidos en asamblea, los alumnos eligen un proyecto. “En una ocasión, decidieron que querían construir una lavadora para su rincón de juego simbólico”, recuerda López. Este primer paso va acompañado de la recogida de ideas acerca del trabajo en cuestión. ¿Qué es una lavadora?, ¿para qué sirve? “Aquí entran en juego las dos categorías de las que hablaba Piaget, la asimilación y la acomodación. Los niños asimilan nueva información, pero deben acomodarla a sus ideas previas para que el aprendizaje sea significativo”, explica.

La tercera fase es la documentación. Se buscan fotos, se consultan libros, etc. Finalmente, se decide cómo será el proyecto –forma, dimensiones, colores…–, se eligen los materiales y se dividen las tareas.

“Trabajar así tiene muchas ventajas –asegura López-. Los alumnos aprenden a través del ensayo, el error y la experiencia y esto los hace más autónomos. El trabajo en equipo les ayuda a socializar; aprenden, asimismo, a repartir tareas, ser responsables, tomar decisiones, resolver conflictos y tolerar mejor las frustraciones”.

Las experiencias de aprendizaje y la lectoescritura

En las escuelas constructivistas la lectoescritura comienza a trabajarse desde muy temprano, porque, tal y como expuso el también teórico constructivista Lev Vigotsky, las experiencias que el niño va adquiriendo de su entorno –las llamadas experiencias de aprendizaje– le son fundamentales a la hora de asimilar cualquier saber. Así pues, siguiendo las recomendaciones del autor ruso, “empezamos mostrándoles a los niños algunas palabras, normalmente sus nombres, en torno a los tres años”, apunta López. Después comienzan a ejercitar la grafomotricidad, sin cuadernos ni fichas: cada cual traza en el papel aquello que quiere y puede. “En general todos atraviesan los mismos pasos: primero hacen la culebrilla; después escriben solo con vocales, en lo que es la fase silábica; después van introduciendo las consonantes más sonoras, y, finalmente, el resto de las letras. Utilizamos las mayúsculas porque al no estar unidas se identifican mejor y se dibujan más fácilmente”, explica. Una vez que han aprendido a escribir y, por tanto, “interiorizado el código de los adultos”, aprenden a leer.

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