Agorafobia: el miedo a los lugares públicos y sitios aislados

La agorafobia, o el miedo a los lugares abarrotados de gente, cerrados o por el contrario, vastos y desérticos, se podría resumir como el temor a perder el control de una situación, a no poder escapar con cierta facilidad de un lugar. La agorafobia no solo puede atañer a ciertos lugares, en circunstancias precisas, sino también a cualquier sitio lejos del domicilio, lo cual puede llegar a ser un verdadero problema.

“Empecé por evitar el transporte público en hora punta. Al final, acabé evitándolo a cualquier hora del día”, recuerda Catherine, de 34 años. “También dejé de conducir el coche por los atascos. Ahora, hago los recados a primera hora de la mañana, cuando abren las tiendas, para acabar rápido, y no me atrevo a salir de mi barrio”. Al igual que Catherine, entre un 2 y un 3% de la población sufre agorafobia en algún momento de su vida, con grados distintos. Los problemas suelen empezar entre los 20 y 30 años, pero también pueden afectar a personas de avanzada edad. Esta enfermedad afecta al doble de mujeres que de hombres. 

Agorafobia, no solo una fobia a las multitudes

Si bien la agorafobia tiende a entenderse como un miedo a los lugares públicos y, por extensión, a las multitudes, no hay que olvidar que la realidad es más compleja, tal y como explica el Profesor Antoine Pelissolo, psiquiatra parisino: “La persona agorafóbica no tiene miedo a las multitudes, sino a hallarse rodeada de una multitud. Y, en concreto, de lo que podría pasarle si se siente mal en mitad de una multitud o en cualquier lugar del cual no pueda salir rápidamente”.

Así pues, las situaciones que suscitan los miedos de los agorafóbicos pueden ser muy distintas. Suele tratarse de lugares muy frecuentados y/o cercados (manifestaciones, atascos, ascensores, grandes almacenes, transporte público, reuniones laborales “a puerta cerrada”), pero al mismo tiempo, aunque pueda parecer paradójico, lugares abiertos sin presencia humana (una planicie desértica, un paisaje nevado, un puente muy largo, un túnel…). El Profesor Pelissolo remarca: “La claustrofobia, o el miedo a los lugares cerrados, es una forma de agorafobia. La acrofobia, el miedo al vacío y a la altura, también. Por el contrario, no se debe confundir la agorafobia con una fobia social ya que, aunque pueda generar un comportamiento parecido (evitar las multitudes, encerrarse en casa), la última consiste en un temor a ser juzgado por el otro”. Sin embargo, algunos agorafóbicos pueden sufrir algún tipo de ansiedad social.

Al principio, la agorafobia se limita a ciertas circunstancias: los trayectos eternos en metro, la cola interminable del supermercado… No obstante, las situaciones que desatan todos los miedos del agorafóbico pueden multiplicarse. En ese caso, la agorafobia se convierte en un verdadero problema, ya que obliga a la persona a aislarse socialmente. “No puedo salir de casa sin tener una sensación de ahogo, así que en cuanto cruzo la calle, doy media vuelta y entro en casa aterrorizada”, explica Lyly, de 22 años. “Mi prometido me ha propuesto irme a vivir con él, pero su casa está a 40 Km., y no me veo capaz de soportar ese trayecto”. 

Ataques de pánico habituales, pero sin peligro

Lyly tenía la impresión de que se ahogaba. A otros agorafóbicos les tiemblan las piernas, sufren vértigos, sofocos, palpitaciones, retortijones… Les aterroriza caerse, padecer una crisis cardíaca, un accidente vascular cerebral, o incluso volverse “loco”. En otras palabra, les asusta “perder el control”.

Cuando las reacciones físicas son desproporcionadas, pueden desembocar en verdaderos ataques de pánico. De hecho, es así como empieza la agorafobia. “Los síntomas aparecen sin razón aparente. Muchas veces, la persona acude al médico porque cree sufrir un problema físico, pero el profesional no encuentra nada extraño en el plano orgánico”, comenta el Profesor Pelissolo.

Por último, el agorafóbico que sufre ataques de pánico tiene “miedo a tener miedo”. Le asusta la propia crisis de ansiedad, así como también las condiciones que podrían agravar aún más la situación, como por ejemplo un lugar abarrotado de gente o cerrado si tiene la sensación de ahogarse. “A veces intento afrontar mis miedos”, explica Catherine. “Pero enseguida empiezo a encontrarme mal. El corazón me late tan rápido que siempre creo que voy a sufrir un infarto”. El Profesor Pelissolo insiste: “Uno cree que va a morir, pero la amenaza real no existe. Un ataque de pánico no es físicamente peligroso, y todo el mundo consigue controlarlo. Las crisis nerviosas siempre acaban bien”. Sin embargo, las fobias no son miedos “razonables”. Aunque identificar los ataques de pánico y diagnosticar la agorafobia constituyen el primer paso para la recuperación, a veces uno debe ir más lejos.

Tratar la agorafobia: terapias cognitivas y comportamentales

En caso de sufrir agorafobia, el primer paso es consultar con el médico, sobre todo si se producen ataques de pánico, ya que ciertas patologías pueden provocar los mismos síntomas o favorecer su aparición, como problemas en el oído interno (sensación de vértigo), o hipertiroidismo (palpitaciones, nerviosismo). Si se confirma que es agorafobia, el médico pasará el relevo a un psiquiatra o psicólogo.

Pelissolo remienda en especial las terapias cognitivas y comportamentales (TCC): “El objetivo consiste en trabajar las propias conductas, las “falsas creencias” de las que uno se ha convencido. Pero el factor más importante es estar dispuesto a implicarse”. Las terapias más “clásicas”, que invitan a conocerse mejor a uno mismo para explicar sus miedos, pueden ayudar pero “los resultados son más inciertos”.

Algunos agorafóbicos consiguen superar esta enfermedad creando su propio “programa de TCC” gracias a toda la información publicada en Internet. En la práctica, es conveniente identificar las situaciones que generan esa ansiedad, clasificarlas de más simple a más difícil y encontrar modos de afrontarlas de una forma progresiva. “Al principio, el agorafóbico puede estar acompañado por un familiar, o incluso llevar su cajita de ansiolíticos en la mano. La idea es proceder de forma gradual manteniendo un cierto nivel de incomodidad pero evitando grandes crisis”, explica el Profesor Pelissolo. 

¿Existen otros tratamientos posibles para la agorafobia?

¿Qué piensa de los medicamentos? “No tienen ningún interés”, responde el Profesor Pelissolo. “Los ansiolíticos, básicamente compuestos de benzodiazepeinas (Lexomil, Lysanxia, Temesta, Xanax…) pueden ser muy útiles para aliviar las crisis, pero no a largo plazo, ya que comportan un riesgo de dependencia y tienen efectos secundarios. Tomar ansiolíticos no puede convertirse en un hábito, porque las crisis pueden pasar solas”.

Los antidepresivos que atenúan la intensidad de las emociones (Seroplex, Deroxat…) suelen recetarse como tratamiento de fondo. “Solo funcionan si existe una depresión subyacente y/o ataques de pánico”, precisa el especialista.

La hospitalización no sirve de nada a menos que exista una depresión muy fuerte o un riesgo de dependencia al alcohol u otras drogas que puedan utilizarse para afrontar los miedos. Sin embargo, ciertos establecimientos proponen un seguimiento hospitalario para someterse a un TCC intensivo. Algunos especialistas aceptan desplazarse al domicilio del paciente cuando la agorafobia le impide acudir a la consulta.

A. Plessis

Fuente: Entrevista con el Profesor Antoine Pelissolo, mayo de 2013. Antoine Pelissolo es psiquiatra en el hospital de la Pitié-Salpêtrière (París), profesor en la universidad Pierre et Marie Curie (Paris 6) y autor de "Les phobies : faut-il en avoir peur ? - Idées reçues sur ces angoisses qui paralysent" [Fobias: ¿es necesario tener miedo? – Ideas preconcebidas sobre las angustias que paralizan al ser humano], Éditions Le cavalier bleu, 2012. También es miembro de la fundación FondaMental.

Otros contenidos del dosier: Fobias y miedos

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