Entrevista a Boris Cyrulnik: “Todos reordenamos, en menor o mayor medida, nuestros recuerdos”

Acaba de publicar su libro más íntimo, en cuyo comienzo evoca su segundo nacimiento… En 1944, durante el Gobierno de Vichy, consiguió escapar de una redada y esconderse. ¿Qué motivó esa acción? ¿En qué se diferencia usted de los demás?

No estoy seguro de ser realmente distinto. En realidad, lo que marcó la diferencia fue el sentimiento de confianza primitiva que me dio mi madre. Los otros niños del centro de acogida (de origen judío, Cyrulnik perdió a sus padres en el Holocausto) se sentaban sobre una manta, junto a una mujer que les daba leche condensada. Mi reacción fue distinta, no me dejé atraer por una muerte segura. El profundo amor que sentía mi madre por mí y ese sentimiento de confianza primitiva que me otorgaba su presencia, me permitieron tomar las decisiones correctas para seguir viviendo.

Para construir su historia debió buscar en su memoria, cuyos mecanismos usted analiza bajo el prisma de la neurobiología. ¿Qué descubrió acerca de la memoria y sus representaciones?

En realidad, todos reordenamos, en menor o mayor medida, nuestros recuerdos. Descubrí que había ordenado mis recuerdos para que fueran coherentes con la representación que había hecho de mi propio pasado. Los había ordenado para soportar sin angustia eventos extremadamente traumáticos.

La memoria no es solamente una vuelta al pasado, sino también un proceso de representación de lo acontecido. Buscamos recuerdos en nuestra memoria de manera activa e intencional. Es esta intencionalidad “no consciente” la que me permitió modificar la representación de los eventos pasados, a fin de hacerlos soportables y evitar sentirlos como una condena inexorable. De modo que la memoria es un proceso intencional, muy parecido al de la imaginación. En ambos casos se ponen en marcha los mismos circuitos cerebrales. Eso no quiere decir que mintamos, porque todas las imágenes de la memoria son verdaderas, sino que en el proceso de recomposición los recuerdos se ordenan para crear una nueva historia, una representación coherente con el propio pasado.

Usted menciona los efectos que ejerce un trauma en la memoria, ¿cuáles son?

Me gustaría precisar que cuando una memoria está sana, lo normal es que construya una representación coherente y tranquilizante, en torno a recuerdos armoniosos de la familia, de los amigos, de sensaciones agradables… Y viceversa: una memoria traumática devuelve a la consciencia una imagen dolorosa. Muchas personas que han padecido traumas son prisioneros de esos recuerdos, quedan como aturdidos y parecen sentir indiferencia ante el mundo que les rodea. Son incapaces de retener nueva información y presentan lagunas en la memoria, la llamada amnesia postraumática. A otras personas la memoria traumática les provoca un estado de alerta constante, como les sucede a los niños heridos o a los que han vivido en países en guerra, que se sobresaltan al mínimo ruido, aunque en la actualidad vivan en un país en paz. El niño queda fascinado por la agresión sufrida y guarda de ella un recuerdo extremadamente preciso; en cambio, todos los elementos exteriores se vuelven difusos. Fue en ese desconcierto que logré reorganizar los eventos, para darles coherencia. Por ejemplo, cuando me escapé de la redada me subí a un coche, en el que había una enfermera y una persona muriéndose y que en mi memoria era una ambulancia. Reordené mi memoria para hacerla soportable, entonces hasta el horror terminó por convertirse en algo bello: el soldado nazi me dejaba escapar, la enfermera se volvía guapa…Todos los recuerdos reordenados me ayudaron a no sufrir por el pasado.

Usted declara no haber sufrido los efectos del estrés postraumático; para lograrlo recurrió a “factores de protección”, pero ¿en qué consisten?

De manera esquemática, los factores de protección se ponen en funcionamiento antes del evento traumático y suponen la adquisición de un apego que dé seguridad y de una capacidad de verbalización. Estos dos factores permiten adquirir una suerte de confianza primitiva, sobre la que hablaba al principio de la entrevista. Cuando tiene lugar un acontecimiento traumático, esos factores permiten a la persona actuar de manera sana y activar el proceso de resiliencia.

La historia que cuenta en su libro, además de la suya, es la de todos los niños que en la actualidad sufren traumas. De hecho, trabaja con niños de la calle y con niños soldados que han padecido la guerra. ¿Cómo trabaja con ellos?

Guerra, violencia sexual… Hoy en día son muchos los niños que sufren traumas. Cuando a éstos les sigue un aislamiento afectivo y sensitivo, las células cerebrales no reciben estímulo y el niño desarrolla mucha fragilidad emocional. Yo viví esa situación y, a través de mi experiencia, pude observar que el apoyo afectivo, verbal y cultural puede “salvar” a un niño. Ése es el tipo de trabajado que desarrollo con ellos.

Si comparar una situación con otra, quisiera destacar cuán graves resultan para un niño el aislamiento sensorial y los eventos insidiosos –es decir, graduales– con valor traumático. En nuestra sociedad, muchos niños reciben poco refugio sensorial. La sobrecarga laboral y el estrés hacen que muchos padres estén menos disponibles. Por otra parte, la atracción que ejercen los televisores y los ordenadores priva a unos y otros de ritos relacionales importantes.

La tecnología abre el campo de la comunicación informativa pero no de la relacional. La comunicación que se establece a través de una pantalla carece de afecto. En una relación el lenguaje sensorial es primordial. La manera de reír, los movimientos de la cabeza, los gestos, etc. participan en la relación afectiva y enseñan a vivir de manera colectiva. Quizá le parezca exagerado, pero insisto en que el empobrecimiento sensorial y relacional podría provocar un traumatismo gradual –pero real– en los países occidentales. Ser conscientes de ello es primordial, porque las dimensiones sensorial y relacional son fundamentales en la construcción de una memoria sana.

C. Maillard

Otros contenidos del dosier: Preservar la memoria

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