De la química a la terapia génica: la revolución de las bioterapias

En menos de un siglo, los medicamentos derivados de la química han dado lugar a las bioterapias a partir de seres vivos. Estas terapias especializadas han conseguido especialmente que los cánceres se conviertan en crónicos. Pero en un futuro relativamente cercano deberían dar lugar a nuevos enfoques terapéuticos, las terapias génicas.

Un avance en la comprensión del funcionamiento de las células

Los progresos realizados desde hace 30 años en el ámbito terapéutico son básicamente el fruto de un avance considerable en la comprensión de los mecanismos que rigen el funcionamiento de las células. Ahora ya se conocen las enzimas y proteínas que participan en la replicación de las células, y hemos entendido por qué determinadas células expresan ciertos factores y no otros, explica el Prof. Jean-Pierre Reynier, jefe del servicio del laboratorio farmacéutico industrial y cosmetología de Marsella, y jefe del servicio central de farmacia y medicamentos del Hospital de Asistencia Pública de Marsella.

Desde los años ochenta, estas proteínas se obtenían a partir de sangre humana “pero el tema de la sangre contaminada ha cambiado la situación”. La crisis de las vacas locas y el escándalo de la hormona de crecimiento también han llevado a los fabricantes a plantear un enfoque diferente, más seguro, que elimine cualquier riesgo vírico o de infección por parte del prión. La producción de estas proteínas mediante la química ha resultado bastante compleja, por lo que los investigadores han decidido utilizar organismos vivos para fabricar la proteína deseada, los denominados microorganismos “recombinantes”. Y así nació el concepto de bioterapia. La primera proteína creada de este modo fue la insulina.

Las bioterapias han modificado el desenlace clínico de algunos cánceres

El interés de los tratamientos especializados ha adquirido un sentido particular en oncología, con la llegada del Glivec® y el Herceptin®, que, por un lado, han revolucionado el tratamiento de las leucemias mieloides crónicas y, por el otro, el cáncer de mama. Hasta ahora uno de los más mortíferos, hoy en día el cáncer de mama es, en cambio, el cáncer que ofrece el mejor pronóstico, recalca el Prof. Reynier.

El concepto después se ha extendido al tratamiento de las enfermedades inflamatorias crónicas como la espondilartritis anquilosante, la poliartritis reumatoide, la enfermedad de Crohn, la psoriasis... que se basan en el mismo principio: estas enfermedades se deben al mal funcionamiento de una de las proteínas o enzimas que hemos identificado. Las primeras bioterapias utilizadas han conseguido el TNF alfa pero después se han identificado otros objetivos, especialmente las interleucinas, y se han descubierto otras bioterapias, subraya el Prof. Reynier.

Los anticuerpos monoclonales deberían extenderse progresivamente a otras enfermedades. Se ha avanzado mucho en osteoporosis, donde actúan al nivel de las proteínas que intervienen en la destrucción de las células óseas, así como en la artrosis, donde atacan las proteínas implicadas en la degeneración del cartílago, explica el especialista. En cambio, añade, no existe ninguna pista sobre su desarrollo en el ámbito de las enfermedades neurodegenerativas (Alzheimer, Parkinson, etc.). Por muy revolucionarios que sean sus avances, no están exentos de riesgos. “Cuando el organismo fabrica una proteína, la fabrica con un objetivo; y si se bloquea su funcionamiento, probablemente puede que se induzcan, en última instancia, otras patologías”, advierte el Prof. Reynier. En caso de enfermedades como la osteoporosis, será necesario que la relación riesgo/beneficio sea muy importante y que la soporten los pacientes que no responden a ningún tratamiento. Lo mismo sucede en el caso de la psoriasis, para la cual los anticuerpos monoclonales sólo se indican en las formas más graves. “En cambio, para el cáncer, se plantean menos cuestiones ya que no hay alternativas. Por ello, se utiliza el Avastin® para tratar el glioblastoma, sin autorización para introducirse en el mercado pero con el consentimiento de las autoridades sanitarias, aunque sólo en los centros hospitalarios universitarios y centros de lucha contra el cáncer”, precisa el especialista.

Una elaboración muy compleja… y costosa

Además de muy compleja, la elaboración de estos tratamientos es extremadamente costosa. Al año, un tratamiento con bioterapia puede elevarse a 20.000 ó 30.000 €, pero puede llegar a alcanzar los 200.000 € en el caso de enfermedades raras. Cuando se sabe que las nuevas estrategias terapéuticas, especialmente en el cáncer, consisten en asociar diversas bioterapias, se entiende el problema económico que supone su democratización. No obstante, se supone que estos costes pueden reducirse con el desarrollo de copias, denominadas biosimilares. “Se trata de productos de los que se ha demostrado la actividad terapéutica y se ha validado la seguridad, pero que no son sustituibles por genéricos” explica el Prof. Reynier. Las proteínas no son medicamentos en el propio sentido de la palabra, puesto que aunque su composición de aminoácidos es exacta, su secuencia (orden de los aminoácidos) o su estructura espacial no es forzosamente la buena. En ese caso, no podemos correr el riesgo de sustituir una bioterapia por un biosimilar, excepto en los pacientes naives para los que las bioterapias constituyen una alternativa eficaz a los biosimilares en caso de fracaso de estos últimos”. Además del interés terapéutico, el especialista también ve un interés financiero, la creación de un mercado competitivo que favorece la bajada de los precios.

La próxima etapa terapéutica será la entrada de la terapia génica, predice el Prof. Reynier. Sin embargo, todavía queda un camino muy largo, puesto que de los casi 8.000 estudios iniciados desde la década de los noventa, sólo 25 ó 30 han llegado a la fase 3. Y para el especialista, “los costes serán realmente tan elevados que los laboratorios tendrán que asociarse para poder correr con ellos”.

Las bioterapias reagrupan:

  • Hormonas como la insulina y la hormona del crecimiento
  • Factores sanguíneos de coagulación (indicados en el tratamiento de la hemofilia)
  • El interferón (cáncer, hepatitis)
  • Factores de crecimiento (eritropoyetina, más conocida con el acrónimo EPO, destinada a estimular la fabricación de hematíes, o su homólogo el granocito, que estimula la fabricación de glóbulos blancos)
  • Enzimas (principalmente utilizadas para el tratamiento de las enfermedades genéticas raras debidas a un déficit enzimático)
  • Inhibidores de las enzimas
  • Anticuerpos monoclonales, cuyo objetivo específico es una proteína que interviene en el mecanismo patológico de la enfermedad (utilizados con éxito en ciertos cánceres y enfermedades crónicas).

A. Pelletier

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