Desarrollan un diagnóstico no invasivo de la enfermedad celíaca

En este último grupo los síntomas suelen ser poco claros, por lo que ni ellos mismos ni sus médicos los relacionan con la enfermedad celíaca… hasta que la sintomatología (diarreas, anemia, molestias estomacales, malestar continuo o pérdida de peso) se hace insoportable.

Mientras eso ocurre, el organismo se va deteriorando por tener que asimilar –sin capacidad para hacerlo– los alimentos que contienen gluten (pan, galletas y bollería industrial, cereales para el desayuno, legumbres en conserva, embutidos y carnes enlatadas, salsas, comidas preparadas…).

Además de poner a prueba los órganos, una celiaquía no diagnosticada puede tener consecuencias serias a largo plazo, como un riesgo más elevado de padecer cáncer o linfomas malignos, infertilidad, osteoporosis aumentada o mayor predisposición a sufrir una enfermedad autoinmune.

La necesidad de hacer biopsia

Tanto expertos como autoridades sanitarias o las propias familias con uno o más afectados (porque la enfermedad tiene un componente genético) insisten en la importancia de obtener un diagnóstico precoz.

Pero en muchísimos casos el diagnóstico no es precisamente “precoz” sino que se tarda un tiempo largo, incluso varias décadas, en poner nombre y apellidos a la enfermedad que se padece. Y esas personas deben soportar un largo periplo de consultas y test médicos hasta dar con el diagnóstico.

Hasta el momento, la prueba que se usa para determinar si alguien es o no celíaco es la biopsia de intestino delgado. Consiste en introducir un fino tubo flexible por la boca (endoscopia) hasta la zona intestinal conocida como yeyuno y coger una pequeña muestra de esa mucosa. Algunas personas, y en especial los niños, tiene que recibir sedación o incluso anestesia para poder realizar la prueba, con el consiguiente gasto sanitario y las incomodidades para el paciente.

Si la biopsia es positiva (es decir si mediante ella se ha comprobado que hay lesiones e inflamación en esa zona concreta de la mucosa intestinal) y también lo es la prueba de sangre, se confirma que existe celiaquía.

A un paso de que todo sea más fácil

Cualquier persona daría lo que fuera por no tener que pasar por el trago que acabamos de describir. Y quizá pronto sea posible porque ya existe un nuevo método de detección, indoloro y nada invasivo. La parte negativa del asunto es que no existe financiación para desarrollarlo.

Poder disponer de este nuevo test supondría dar un paso de gigante en la detección precoz de la enfermedad celíaca, ya que evitaría sufrimiento a los pacientes y ahorraría millones de euros al Estado, pero todavía nadie se ha interesado por comprar la patente y fabricar el artilugio, que funciona con una o dos gotas de sangre.

“Se trata de una aparato similar al medidor de glucosa –explica Agustín Costa García, catedrático de Química Analítica de la Universidad de Oviedo y artífice de este gran avance– El aparato funciona con unas tiras reactivas que llevan incorporados, serigrafiados, dos o tres electrodos”. Basta que entren en contacto con una pequeña cantidad de sangre para que, tras introducirlo en el terminal medidor, determinen si los dos anticuerpos “chivatos” de la enfermedad celíaca (la transglutaminasa y la antigliadina) están presentes. Si es así, el test es positivo y esa persona puede considerarse celíaca.

Con esa simpleza funciona el test. Sin anestesia, sin sedación, sin dolor, sin molestias. En tan solo una hora la persona puede tener la información que a otras les ha costado años conocer. Otro detalle a su favor es que tiene una fiabilidad del 98%.

Pese a su aparente sencillez, desarrollar el aparato ha costado varios años y muchas pruebas con avanzadas técnicas basadas en nanoestructuras e inmunoelectroanálisis. El equipo encabezado por el profesor Costa García conoce bien esta terminología porque ya han desarrollado otros sensores similares: para conocer las probabilidades de cáncer prostático (con una medición de PSA), la existencia de una neumonía o para saber si existe daño renal (midiendo, en este caso, la creatinina).

“El sensor que ahora hemos desarrollado y que detecta la enfermedad celíaca – explica Agustín Costa– está pensado para que esté disponible en las farmacias o en los centros de salud, ya que la prueba solo es necesaria hacerla una vez. Aunque la empresa que decida comercializarlo deberá hacer una inversión inicial para fabricar los aparatos y para hacer frente a las licencias y a los trámites burocráticos, en unos cuatro o cinco años sin duda tendrá beneficios porque se distribuiría internacionalmente”.

Son tiempos de contención, pero no todo debería mirarse bajo el prisma del beneficio económico. “Efectivamente es una pena –corrobora el profesor–. Mi ilusión y la de cualquier investigador es que aquello que supone un bien para tanta gente lo sea realmente, y no se limite a quedar plasmado en publicaciones científicas que al final quedan arrinconadas”.

Quizá haya más suerte con el próximo sensor que están desarrollando: el del Alzheimer. “Esperamos tenerlo en un año y medio –aclara el investigador– y con una gota de suero, de sangre, se podría detectar la demencia mucho antes de que se haga notar en los pacientes. Así, se podrían poner los medios oportunos para paliar los efectos de esta terrible enfermedad”.

Otros contenidos del dosier: Enfermedad celíaca

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