Flora intestinal: esas bacterias que nos benefician

Hace poco, la famosa flora intestinal o flora bacteriana, de la que tanto oímos hablar, ha sido rebautizada como microbiota, del sustantivo anglosajón microbiome. La microbiota es la considerable población bacteriana que se encuentra en nuestro organismo, en particular el tubo digestivo. Se estima que hay entre 10 y 100 bacterias por célula, ¡ahí es nada!

La microbiota en cifras

La mayor parte de las bacterias de nuestro sistema digestivo se encuentra en el colon. «¡En total, tenemos 1 kg de bacterias en nuestro tubo digestivo!, señala Gérad Corthier, director de investigaciones del Instituto Francés de Investigación Agronómica (INRA, en sus siglas en francés) (1). Y se concentran especialmente en el colon, puesto que ¡en cada gramo de heces hay millones de bacterias (1)!».

La microflora no se encuentra en nuestro organismo al nacer, no nacemos con ella. El niño constituye su población bacteriana durante los primeros años de vida, a partir de las bacterias que hay en el entorno (por contacto con la microbiota de la piel de los adultos, la alimentación, etc.). Con dos años, todos tenemos una microbiota «adulta».

Después, la flora evoluciona, se renueva y se deteriora con la edad. Cada uno de nosotros, tiene su propia microbiota, su firma bacteriana –por así decirlo– producto de un historial personal determinado por la alimentación, la edad, el sexo, la corpulencia, el estilo de vida… Al final, los 2/3 de las bacterias intestinales son propios de cada uno de nosotros y el otro tercio es común.

¿Para qué sirve la microflora?

Pero ¿para qué sirven estos millones de bacterias que habitan en nuestro organismo? Sus cuatro funciones principales son: la degradación de los compuestos de origen alimentario (las fibras, por ejemplo), la producción de vitaminas (K, B12, B8…), el desarrollo del tubo digestivo y, sobre todo, la defensa inmunitaria.

Según el investigador, ¡« el 90% del sistema inmunitario es digestivo»! La microbiota actúa como barrera antimicrobiana al impedir y prevenir la implantación de bacterias peligrosas. Y, especialmente, nuestras bacterias interactúan con las células del sistema inmunitario para aumentar su capacidad de proporcionar una respuesta eficiente. «Sin la microflora, el sistema inmunitario se atrofia», insiste. Además, esta interacción es esencial para estimular las defensas inmunitarias. «En la primera infancia, un contacto con microorganismos que no sean la microbiota podría tener una influencia positiva en la maduración del sistema inmunitario», confirma Gérard Corthier. Lo cual sigue la idea de la teoría higienista, desarrollada en los ochenta, según la cual unas condiciones higiénicas demasiado estrictas durante la infancia, nos exponen a padecer más enfermedades en la edad adulta. Al final, un poquito de dejadez no le viene mal al niño…

Nuestro historial influye en la microbiota, que evoluciona constantemente y puede deteriorarse. A pesar de que su funcionamiento sigue siendo en parte misterioso, los investigadores en la materia sospechan que una alteración de esta microbiota podría ser la causa de diversas patologías: enfermedades inflamatorias (como la enfermedad de Crohn), el síndrome del intestino irritable (también conocido como síndrome del colon irritable), desórdenes funcionales del intestino, obesidad…

Los antibióticos alteran la microflora

Se ha demostrado que la microflora favorece el almacenamiento de grasas en los ratones (2). Por otro lado, las personas obesas presentan un ratio más importante de Firmicutes/Bacteroidetes (una débil proporción de Bacteroidetes) que las personas delgadas (3). Y se cree que a lo largo de la evolución la microbiota humana adquirió la capacidad de extraer de los alimentos la mayor energía posible. En un momento dado, esta propiedad permitió optimizar el escaso número de alimentos disponible. Pero actualmente, esa propiedad juega en nuestra contra y es uno de los factores que explican la gran incidencia de la obesidad.

Varios factores pueden favorecen estas alteraciones: los antibióticos (que eliminan las bacterias, tal y como indica su denominación, y que, según Gérard Corthier, son «los principales responsables»), una alimentación rica en fibra y las colonoscopias. Pero estos factores no son suficientes para explicarlo todo.

¿Hacia grupos bacterianos?

Los estudios de la microbiota son muy recientes, por lo que estas bacterias aún tienen muchos secretos que revelarnos. «¡Nos queda mucho para identificar todas las especies!, confiesa el investigador. Pero lo más importante es que no sabemos gran cosa acerca de su funcionamiento».

La principal dificultad es el acceso a las bacterias intestinales, puesto que el 80% de la microbiota no se puede cultivar in vitro (la mayoría muere al entrar en contacto con el oxígeno). A principios de siglo, hubo que buscar una alternativa al cultivo bacteriano para poder determinar con precisión la microbiota intestinal (determinación de las especies existentes, cantidad, etc.). Desde entonces se han inventado varios sistemas de cultivo sin oxígeno (anaeróbicos), pero aún así no se han podido identificar todas las bacterias. Para caracterizarlas, la secuencia del genoma no nos sirve. Pero gracias especialmente a un nuevo enfoque, la metagenómica (secuencia la totalidad del genoma bacteriano de una microbiota), los investigadores podrán ampliar los conocimientos en la materia. 

A fin de caracterizar el conjunto de ese «genoma-BIS» que alberga nuestro organismo, dos proyectos han visto la luz a ambos lados del Atlántico: en Europa, el proyecto MetaHIT (Metagenómica del tracto intestinal humano), coordinado por el Dr. Francisco Guarner en España, y en Estados Unidos, el proyecto Human Micribiome Project (4).

La firma bacteriana de nuestros intestinos

Los equipos de investigación del proyecto MetaHIT han logrado determinar la existencia de tres «grupos bacterianos» o enterotipos que caracterizan a cada individuo (5). Al final, la población humana podría dividirse en tres grupos de flora distintos, con independencia del lugar de residencia, estado de salud, sexo o edad de los individuos. Para llegar a esta conclusión, los investigadores han examinado las bacterias intestinales de más de 39 personas de origen europeo, norteamericano y asiático. De tal forma, pudieron identificar la existencia del enterotipo 1, en el que predominan las bacterias Bacteroides, el del grupo 2, en el que domina la Prevotella y el grupo 3, con el Rominococcus. Según los autores, tales resultados podrían desembocar en una clasificación que abriese la puerta a nuevas herramientas de diagnóstico, e incluso a tratamientos para las patologías vinculadas a la microbiota, tales como la obesidad y la enfermedad de Crohn (6).

Microbiota y probióticos

Según Gérard Corthier, «la alimentación es la primera aliada de nuestra microbiota». Las bacterias presentes de forma natural en los yogures y otros productos fermentados son beneficiosas para nuestra salud. En particular, «parece que ciertos bifidus presentes en la leche fermentada influyen en la velocidad del tránsito intestinal, en los gases intestinales y en las diarreas infantiles», concreta el investigador. Estas bacterias vivas coinciden exactamente con la definición oficial de los probióticos que ofrece la Organización Mundial de la Salud (OMS): «microorganismos vivos que, cuando se consumen en cantidades apropiadas, confieren al huésped efectos saludables».

Atención, los probióticos no pueden restaurar la flora intestinal, al contrario de lo que podría hacer creer la publicidad de ciertos alimentos. La mayoría de géneros de probióticos son los lactobacilos y las bifidobacterias, que pueden puntualmente contribuir a combatir algunos trastornos digestivos y a reforzar la interacción de la microbiota con el sistema inmunitario.

Si se conociera mejor la microbiota, incrementarían los mecanismos idóneos para tratar numerosas patologías (obesidad, enfermedades inflamatorias crónicas, etc.). Por lo tanto, su comprensión puede abrir nuevas perspectivas terapéuticas.

Y. Saïdj

Fuentes:

1 – Buenas bacterias y buena salud, de Gérard Corthier/Conferencia de prensa del 3 de mayo de 2011, con motivo del lanzamiento del libro Ces bactéries qui nous veulent du bien, realizado en colaboración con Danone Research y Nestlé.

 2 - An obesity-associated gut microbiome with increased capacity for energy harvest, P.J. Turnbaugh et al., Nature, 444, 1027, 2006.
3- Obesity alters gut microbial ecology, PNAS, 2005

4 – Tanto en uno como en otro caso, el proyecto no ha tenido la repercusión de la que gozó en su momento el proyecto de desciframiento del genoma humano; no obstante, este proyecto de secuenciación de la microbiota no puede ser más ambicioso. 
Mientas que en Europa, MetaHit se focaliza en los vínculos entre la microbiota intestinal y las patologías, al comparar el genoma bacteriano de las personas en buen estado de salud, con el de personas enfermas (obesidad, enfermedades inflamatorias crónicas como la enfermedad de Crohn…), la ambición del Human Microbiome Project es mucho más pragmática, es decir, pretende secuenciar el genoma bacteriano de forma más general (microbiota intestinal, pero también cutánea, vaginal o nasal). Más adelante, los datos recogidos podrían nutrir la investigación referente a su funcionamiento.

5 - Enterotypes of the human gut microbiome, M Arumugam and al, Nature, 12 May 2011; 473(7346):174-80

6 – Por ejemplo, las Bacteroides liberan, en mayor cantidad que el resto de bacterias, unas enzimas que producen vitamina B7, que sabemos que está implicada en el metabolismo de las grasas.

Otros contenidos del dosier: Sistema inmune y alimentación

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