La motivación de los campeones

La mayoría de los deportistas se conforman con una práctica que les permita llegar al podio en competiciones locales; otros, en cambio, deciden ser los mejores. Así, se someten a entrenamientos exigentes, vigilan su alimentación, dejan de salir y ponen toda su energía al servicio de su destreza.

El placer de la propia superación

La motivación aparentemente más sana es la que Hubert Ripoll califica de “intrínseca”. Los deportistas van más allá gracias a esa motivación y han elegido su práctica por las sensaciones que les procura (resistencia, velocidad, agilidad, etc.). Lo que les satisface es superarse a sí mismos, más a que sus adversarios.

Ripoll apunta que los deportistas que funcionan por pasión están, por lo general, más protegidos contra el estrés, menos sujetos a la desmoralización: “Analizan sus fracasos de manera racional, aunque para alcanzar niveles muy competitivos deben igualmente desarrollar el deseo de superar a los demás”.

En algunos campeones, el placer vinculado al deporte fluctúa y a menudo lo reemplaza el sufrimiento. Como consecuencia de las sensaciones físicas y psicológicas que procura, la actividad física permite sentirse vivo, evacuar energía acumulada e incluso rabia contra uno mismo. Pero estar siempre en acción, agotado físicamente, puede constituir una manera de huir de los problemas, evitando pensar en ellos. En esos casos, el deportista corre el riesgo de desarrollar una dependencia, que puede derivar en una fatiga crónica y en heridas susceptibles de acortarle la carrera.

La obtención de cierto reconocimiento

La segunda fuente más importante de motivación es la “extrínseca”. Es decir, cuando el deporte en sí no es lo más importante, sino que lo que cuenta es ganar premios y medallas, aparecer en la prensa y suscitar la admiración de familiares, amigos, colegas e incluso de toda la población. Una vez que se ha alcanzado el más alto nivel, las victorias permiten progresar socialmente gracias a las ganancias económicas y a los encuentros con personalidades importantes.

“La motivación extrínseca suele nacer de un ego herido en la infancia”, destaca Ripoll. Cuando eran niños, esos deportistas pudieron haberse sentido poco queridos, no integrados en el colegio o en el medio social. Han sufrido burlas como consecuencia de su carácter o de ciertos rasgos físicos. Ya de adultos, sus victorias son como revanchas que permiten reparar las heridas psicológicas: de ahí surge la motivación que les lleva a alcanzar los niveles más altos. Estos campeones hacen todo lo que sea posible para ser los mejores. Sin embargo, son más frágiles y están más sujetos al estrés. Deben aprender a relativizar sus fracasos y a encontrar otras fuentes de motivación para poder perdurar”.

Algunos admiten que el éxito les ha ayudado a hacerse respetar y a sentirse más seguros de sí mismos. Sin embargo, es interesante resaltar que, al mismo tiempo, estos deportistas se sienten incómodos cuando están en el centro de los focos, porque son inseguros. Creen que sus victorias no son merecidas y tienen tendencia a provocar el fracaso.

Luchar por una causa

Muchos deportistas utilizan su notoriedad para defender sus convicciones, su religión, su país u hacer honor a la memoria de un familiar o ser querido desaparecido.

El boxeador norteamericano Mohamed Ali destacó por su activismo político a favor de la causa negra. Campeón olímpico en Roma en 1960, con tan sólo 18 años, Ali seguía siendo un afroamericano en un país donde la segregación aún existía. En una ocasión le fue negado el servicio en un restaurante de Louisville, su ciudad natal, a lo que reaccionó tirando la medalla en el río Ohio. Poco a poco fue comprometiéndose con sus propias convicciones hasta unirse al movimiento Nation of Islam (Nación del islam), dirigido por el carismático Malcom X. De hecho, Ali adoptó el nombre de Cassius X en honor a su mentor, antes de abrazar definitivamente el de Mohamed Ali. En 1966 se declaró objetor de conciencia y se negó a servir en el ejército, implicado en la guerra de Vietnam.

Entrenador para restablecer el equilibrio
Una de las misiones del entrenador es equilibrar las fuentes de motivación y servirse de ellas para hacer avanzar al campeón. Cuando el motor principal del deportista es el ego, es necesario ayudarle a mantener la confianza, organizarse para que acumule victorias (objetivos reales durante los entrenamientos, competiciones más fáciles), enseñarle a transformar sus derrotas en experiencias constructivas, pensar en términos de progreso cuando no termina el primero y mostrarle que puede encontrar otras fuentes de interés y realizarse a través del deporte de otra manera.

Complacer a alguien cercano

Al menos al principio de la carrera, la motivación de los grandes deportistas suele estar relacionada con el deseo de querer complacer a algún familiar (padre, madre, tío, etc.), que, a menudo, también hace de entrenador.

El riesgo es que el buen entendimiento termine en la adolescencia o cuando el deportista, ya adulto, sienta el deseo de vivir de manera más acorde con sus propios gustos. Existen algunos casos de deportistas que han dejado la competición para desarrollar otras actividades. Es el caso del jugador de fútbol español Javi Poves (Madrid, 1986), que tras jugar dos temporadas en Segunda División B con el filial del Sporting de Gijón y debutar en Primera en la última jornada de la Liga 2010-2011, decidió colgar los botines definitivamente y volver a los estudios (cursa Historia por la UNED). ¿El motivo? Mucho descontento con la profesión. "Cuando era pequeño, jugaba por amor al deporte, pero cuanto más conoces el fútbol más te das cuenta de que todo es dinero, de que está podrido, y se te quita un poco la ilusión", explicaba el jugador a mediados de 2011 tras anunciar su retirada.

A. Plessis

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