Tartamudez: cuando las palabras no fluyen

La película “El discurso del rey”, con Colin Firth en el papel del rey Jorge VI, retrata el problema de tartamudeo del monarca británico, descorazonado ante la perspectiva de tener que pronunciar un discurso radiofónico sin poder articular tres palabras seguidas. Pero su suerte cambia cuando conoce a Lionel Logue (Geoffrey Rush), un logopeda australiano de métodos nada ortodoxos con los que gana confianza en sí mismo y supera su dificultad.

Como el rey, 800.000 personas sufren en España tartamudez, “una disfunción del habla que se manifiesta en la comunicación con otras personas y que suele aparecer entre los 2 y los 4 años de edad”, explica la logopeda y psicóloga conductual Anna Bagó. Y agrega que “quienes tartamudean no suelen hacerlo cuando hablan con animales, solas o cuando cantan”.

Es cierto, porque quienes hayan visto el film recordarán que cuando Logue obliga a su paciente a leer sobre una grabación –es decir, sin oírse a sí mismo– su voz suena uniforme, clara y sin signo alguno de tartamudeo. Sin embargo, y aunque la escena pueda inducir a error, la tartamudez no sólo es consecuencia del estrés o los nervios, sino que responde a “la intervención y combinación de muchos factores, tanto biológicos como psicológicos”, aclara Bagó.

En el plano biológico, se cree que podría existir algún tipo de malfuncionamiento en el lóbulo frontal del cerebro. Aunque “todavía hay poca información al respecto”, precisa Bagó. Lo que sí es cierto es que el niño comete “fallos de coordinación”, conocidos como disfluencias, que surgen cuando “empieza a combinar palabras para formar las primeras frases”, puntualiza la logopeda. Ahora bien, hay factores que pueden agravar las interrupciones del discurso, a saber, la reacción que éstas provocan en el pequeño, el estrés y los nervios.

Como resultado de todos estos elementos, el niño repite sílabas, partes de éstas, hace pausas, se bloquea, prolonga los sonidos o muestra signos de esfuerzo, etc. Pero aunque la tartamudez es una condición que sobreviene y suele remitir en la niñez con ayuda de un tratamiento, hay adultos –como Jorge VI– que también la sufren. En estos casos se trata de personas cuyas disfluencias de la infancia “se han instaurado y cronificado”, explica Bagó. Si la disfunción surge de manera espontánea, “lo cual ocurre rara vez” –apostilla la especialista–, es como consecuencia de accidentes, lesiones cerebrales o acontecimientos estresantes.

Las disfluencias se cronifican por varios factores, entre ellos las condiciones psicosociales, entre las que figura el nivel de exigencia del entorno familiar. Y arrastrar la tartamudez en la edad adulta puede repercutir de manera muy negativa en la vida social, afectiva, cognitiva y, como en el caso de Jorge VI –para quien haberse convertido en rey siendo tartamudo es casi una maldición–, en lo profesional. “La persona puede entonces adoptar conductas de evitación, experimentar fobia social o aumento de la ansiedad e incluso dejar de hablar. Hay niños que pueden dejar de ir a la escuela”, advierte Bagó.

Pero la mayoría de las veces, las disfluencias, que afectan a un cuatro por ciento de los niños en edad preescolar, no trascienden. De hecho, “cuatro de cada cinco niños las superan con un tratamiento dentro de los dos primeros años”, señala la psicóloga. Es decir, que sólo empeoran y se cronifican en un uno por ciento de los casos.

La importancia del tratamiento

De manera que el tratamiento es crucial. Por ello, Bagó recomienda acudir a un profesional especializado (un logopeda o un psicólogo con formación en problemas del lenguaje) en cuanto se detecte la más mínima anormalidad en la manera de hablar del niño. “El profesional valorará si las disfluencias son de tipo evolutivo o si pueden cronificarse, es decir, desembocar en tartamudez; también recomendará pautas de actuación”, explica la experta. Esto último es clave, ya que “hay conductas que ayudan al niño a favorecer la fluidez –hablarle con naturalidad–, mientras que otras –reírse de él o terminarle las frases– favorecen las disfluencias y su cronificación”, agrega la logopeda.

¿Y qué técnica se utiliza en el tratamiento? En los niños pequeños, el llamado método Lidcombe. Mediante esta técnica, creada por el profesor Mark Onslow, de la Universidad de Sydney, “los padres aplican en casa los tratamientos que ellos mismos han aprendido durante sus visitas semanales a un profesional del lenguaje”, explica Claudia Groesman, secretaria general de la Fundación Española de la Tartamudez. El método en sí se basa en comentarios que el niño recibe en casa, principalmente positivos, pues la mayoría de las veces se hacen cuando el pequeño habla con fluidez y sólo ocasionalmente cuando repite sonidos o se bloquea.

Junto con la retroalimentación, los padres aprenden a “medir” el nivel de tartamudeo y a otorgarle una puntuación, “que cada día comienza con 10, donde 10 es muy grave y 0 es no tartamudeo”, detalla Groesman. Esta medición es lo que permite al especialista establecer resultados fuera de la clínica, “en general, satisfactorios”.

Y a los adultos, ¿cómo se los trata?

Además de en el control de las disfluencias, el tratamiento de estos pacientes se centra en que aprendan a regular la ansiedad y el miedo a hablar, dos grandes enemigos del tartamudeo. La psicoterapia cumple aquí una función primordial, porque, tal y como recuerda Bagó, “ayuda a que la persona acepte el problema y a que modifique sentimientos y actitudes que tiene en relación a sí mismo, a sus disfluencias y a los demás”.

Cuando estas trabas se vencen, todo es posible, también dar discursos…

¿Cómo actuar ante una persona que tartamudea?

La Fundación Española de la Tartamudez recomienda:

  • Evitar hacer comentarios tales como "habla más despacio", "no te pongas nervioso", etc., ya que hacen que la situación de habla se torne más tensa y desagradable.
  • No "ayudar" a la persona que tartamudea completándole la frase.
  • Mantener el contacto visual y no avergonzarse, burlarse ni reírse de la situación. Al hablar, debe adoptarse un ritmo pausado y tranquilo que transmita a la persona que lo importante es lo que dice y no cómo lo dice.
  • No decir frases como "lo has hecho bien" o "te felicito, estás hablando mucho mejor" cuando la persona comienza a hablar fluidamente. Esta actitud hace que se sienta evaluado cada vez que habla.
  • Hablar y comportarse igual que se haría con cualquier otra persona, con respecto.

Paloma Gil Estrada

Para más información: www.ttm-espana.com

Otros contenidos del dosier: Trastornos del lenguaje

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