Lo que necesitas saber sobre la vulva

Como para mantener el misterio, la vulva presenta partes claramente visibles que son el monte de Venus y los labios mayores, pero también partes ocultas: los labios menores, el vestíbulo vulvar, que es donde se sitúa el orificio de la uretra y el de la vagina, y el clítoris.

Anatomía de la vulva

El monte de Venus o monte del pubis es un cojín de grasa recubierto de pelos púbicos.

Los labios mayores están recubiertos de pelos en su cara externa. Su cara interna está desprovista de pelo y contiene numerosas glándulas sebáceas. No se unen nunca hacia atrás pero se funden en el perineo, en la zona de la horquilla vulvoanal.

Los labios menores son dos pliegues de piel que se hinchan y enrojecen durante la excitación sexual. Desprovistos de pelos, rosados en su cara externa y oscuros en su cara axial, miden unos 3 cm de largo, pero su tamaño puede variar mucho de una mujer a otra. Sus extremos sobresalen o desbordan la hendidura vulvar. Se unen por arriba y por delante para formar el capuchón y el freno del clítoris, pero no se unen forzosamente por detrás. La cara interna de los labios menores y el vestíbulo pueden presentar, de forma fisiológica, granulaciones y papilas digitiformes rosadas y blandas que no deben confundirse con las heridas de los condilomas, que son una enfermedad de transmisión sexual.

El clítoris, rico en terminaciones nerviosas, constituye un órgano eréctil que, al igual que el pene, posee cuerpos cavernosos pero mucho más pequeños. Está constituido por dos raíces simétricas que se reúnen en un cuerpo cilíndrico de 3 cm doblado en la zona superior y del que sólo es visible su extremo o glande, que queda más o menos oculto por un pliegue cutáneo denominado capuchón. Durante la excitación sexual se producen fenómenos de erección y endurecimiento.

El vestíbulo se sitúa entre los labios menores. Contiene el orificio de las vías urinarias: el orificio de la uretra y, por detrás, el orificio de la vagina.

El himen constituye el límite entre la vulva y la vagina. Se presenta como una membrana flexible introducida en un anillo fibroso que es la frontera entre el vestíbulo y la vagina.
Esta membrana está perforada con un orificio; la forma de dicho orificio es variable: anular, semicircular, con menor frecuencia en puente o perforada con pequeños hoyos. A veces este orificio no existe (se denomina imperforación del himen), por lo que al llegar a la adolescencia se requerirá una intervención para permitir el sangrado durante las reglas. Durante la desfloración (primera relación sexual), el himen se desgarra y estos desgarros, que llegan hasta el anillo de inserción, crean fragmentos separados o carúnculos himeneales. Durante el parto se producen nuevos desgarros.

La pilosidad, que aparece durante la pubertad, se sitúa en el monte de Venus y en la cara interna de los labios mayores.

Las glándulas son numerosas en la zona de la vulva:

  • Las glándulas sudoríparas y sebáceas en los labios mayores.
  • Las glándulas sebáceas en los labios menores.
  • Las glándulas de Skene alrededor de la uretra o en el tabique uretrovaginal.
  • Las glándulas de Bartolini a cada lado de la abertura de la vagina, en la zona posterior de los labios mayores.

Las secreciones de estas glándulas dependen de las hormonas sexuales y de los neurotransmisores secretados durante la excitación sexual. Por lo tanto, son variables en función del ciclo y aumentan con la excitación sexual. Son responsables de los olores sexuales, que pueden ejercer efectos estimulantes en las parejas.

Modificaciones de la vulva asociadas a la edad

En las niñas, la vulva no presenta pelos, los labios mayores pueden ser voluminosos y los labios menores casi no están desarrollados. El envejecimiento y la carencia de estrógenos tras la menopausia comportan un adelgazamiento de la dermis y la epidermis, una disminución de las fibras elásticas y una disminución de la hidratación de la piel y el sebo.

Si no se sigue un tratamiento hormonal, de forma progresiva va apareciendo una atrofia en los labios menores y luego en los mayores, así como una pérdida de la elasticidad, con la aparición de posibles pruritos, dolores durante las relaciones sexuales (dispareunia), sequedad vaginal y una mayor sensibilidad a las infecciones. El tratamiento hormonal local en forma de crema u óvulos, o un tratamiento general podrá evitar dicha pérdida o permitirá restaurar la elasticidad de los tejidos vulvares y vaginales, así como se evitarán las molestias.

Las infecciones vulvares o vaginales

Las infecciones vulvares o vaginales pueden deberse a un germen introducido principalmente durante las relaciones sexuales o un germen normalmente presente que se desarrolla de forma anómala y deviene patógeno debido a las modificaciones de las condiciones locales.
Estas modificaciones del terreno que perturban las defensas locales pueden ser de origen hormonal (embarazo, menopausia), deberse a una irritación local (fricción, suavizante o productos de limpieza que contienen perfumes o colorantes), deberse a un déficit inmunitario (uso de corticoides...) o deberse a una higiene íntima inadecuada, ya sea por insuficiente como por excesiva. 

En efecto, la vulva y la vagina no son entornos estériles y en estas zonas cohabitan diferentes gérmenes. Así pues, el bacilo de Doderlein permite mantener una determinada acidez vaginal e impedir la proliferación de otros gérmenes; la proliferación de este bacilo es necesaria y benéfica.
La administración inoportuna de antibióticos que seleccionan determinados gérmenes o el uso de jabones demasiado fuertes modificarán este ecosistema y favorecerán el desarrollo de determinadas bacterias más resistentes.

Consejos para evitar las infecciones genitales

En lo que a higiene íntima se refiere, se recomienda lavarse una o dos veces al día con un jabón suave sin perfume no alergífero y evitar por completo los lavados intravaginales. Para limpiarse tras defecar, debe hacerse de adelante hacia atrás para evitar el aporte de gérmenes de origen digestivo. Debemos ponernos ropa interior limpia cada día.

Algunas mujeres padecen infecciones o inflamaciones de las vías urinarias (cistitis sin gérmenes o cistalgias con orina clara) de forma repetida, que a veces se ven favorecidas con las relaciones sexuales. Pueden deberse a variaciones anatómicas de la uretra.

Normalmente, para limitar la sintomatología basta con unas sencillas normas de higiene, hidratarse correctamente y miccionar después de tener relaciones sexuales. En otros casos, quizás será necesario recurrir a un tratamiento antibiótico profiláctico a largo plazo. En caso de infecciones tras las relaciones, se recomienda utilizar preservativos y evitar las relaciones de riesgo, como el sexo anal.

Dra. N. Carlotti

Otros contenidos del dosier: Genitales femeninos

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