El pene a través de la historia

Los murales prehistóricos y los objetos esculpidos en torno al 30 000 a.C son testigo de un periodo en el que las representaciones de las vulvas femeninas comienzan a competir con los penes en erección.

Los egipcios hicieron que predominara el culto al sexo con el dios Osiris, cuyo símbolo es un pene desproporcionado. Los antiguos hebreos tuvieron dificultades para abandonar los cultos fálicos, que sus padres compartían con las civilizaciones de Oriente Medio: desde que Moisés se aleja comienzan a fabricar sexos en oro, los olisbos, para su propio placer.

La omnipresencia del pene en erección

Los griegos se dieron a conocer como adeptos pasionales del culto fálico: las vasijas de barro están cubiertas de pinturas que recrean sexos en erección, hacia los cuales se inclinan mujeres y hombres, bacantes (adoradoras del dios Baco) y sátiros (criaturas masculinas relacionadas con el apetito sexual) o que penetran cuerpos en todas las posiciones posibles… Las pinturas mostraban asimismo objetos esculpidos en forma de pene, de todos los tamaños (a veces enormes, del tamaño de una persona), disponibles para que los personajes los utilizaran en ceremonias, procesiones, ofrendas o, simplemente, para su propio placer. La representación del sexo masculino está presente en todas partes, tanto en la vida cotidiana como en las ceremonias.

Los romanos mantuvieron el culto fálico, encarnado por el dios Príapo, con sexo gigante y en erección perpetua. Su imagen es omnipresente, aparece en estatuas decorativas en los jardines y en las casas, en accesorios como lámparas, vasijas, amuletos y hecho en terracota, metal, cerámica… Las joyas adquirían la forma de un sexo erecto, el cual invadía pendientes, collares, broches, colgantes, anillos… En la calle, las batientes de las puertas y las flechas de dirección eran falos.

El culto a la fecundidad mediante representaciones de penes en erección se encuentra en todas las civilizaciones y en todas las épocas, desde las estatuillas peruanas a las estampas japonesas, pasando por las estatuas eróticas de las tumbas en Madagascar y las de los templos indios. En multitud de lugares, las piedras verticales fueron objeto de peregrinaciones por parte de mujeres deseosas de concebir y que acudían a besar y abrazar esta suerte de falos gigantes. En algunas partes de Europa existen, aún hoy, fiestas en las que se presentan panes u objetos trenzados en forma de sexo.

De la invención de la bragueta a la inquebrantable supremacía fálica

Los humanos también han buscado resaltar el valor del sexo masculino. Los hombres de algunos pueblos desnudos esconden sus sexos en reposo en fundas muy voluminosas que atraen todas las miradas. Durante la Edad Media se inventa en Europa la bragueta. Al comienzo era una tela muy colorida, a menudo con relleno, que indicaba el lugar de aquello que permanecía escondido pero cuya presencia, sin embargo, era imposible ignorar.

En el siglo XIX comienza a provocar risa la manía de ver falos en cualquier objeto alargado, lo cual llevó a Freud a teorizar sobre la omnipresencia del falo y su relación con el poder masculino. En el siglo XX seguimos valorando los penes triunfantes y asociándolos a la masculinidad.

Sin embargo los romanos ya sabían que la fecundación dependía de los testículos y no del pene; de hecho, los nobles castraban a sus esclavos para impedir que dejaran descendencia. Hoy, a pesar de los conocimientos genéticos y sobre el funcionamiento de las hormonas, es la presencia de un pene lo suficientemente grande como para que no pueda confundirse con un clítoris lo que permite elegir el sexo del bebé en caso de ambigüedad sexual.

Históricamente, el sexo ha triunfado por sobre la vulva, que ha quedado relegada a un segundo plano. La evolución reciente de la condición de la mujer ha servido para que el órgano masculino recobre el lugar que merece, como uno de los elementos de placer y fecundación, roles que debe aprender a compartir. Los nuevos medicamentos contra los problemas de erección amenazan con darle al pene demasiada confianza, devolviéndole su afán dominador.

Dr. Y. Ferroul

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