El papel del animal en las relaciones no verbales

Estas relaciones no verbales (posturas, gestos, mímicas, vocalizaciones, etc.) desempeñan un papel importante en la tolerancia mutua y la creación de vínculos privilegiados entre dos o más niños. Los animales pueden ayudar en el desarrollo de su gestualidad, lo cual le sirve de medio de comunicación antes del 4º año.

Una complicidad innata

Al observar el comportamiento del animal, el niño descubre el baño, el juego, las actitudes y las posiciones del cuerpo. Muy dulcemente, el niño percibe su esquema corporal a través de la imagen reenviada por su compañero de cuatro patas.

El niño se comunica con el animal mediante los contactos, el olor, la sensualidad y los ritmos del ser. Parece que esta propensión a comprender el animal sea innata en el niño. La investigación fundamental estudia los mecanismos de comunicación que se establecen entre el hombre y el animal de compañía, así como los efectos fisiológicos y psicológicos de esta relación. En este campo, el equipo del Profesor Hubert Montagner (director del Laboratorio de Psicofisiología de la Universidad de Montpellier, INSERM, Unidad 70) ha avanzado mucho.

La comunicación es uno de los problemas sociales más grandes de la humanidad desde el mito de la Torre de Babel. La comunicación a menudo sólo se entiende dentro de la dimensión verbal, nos olvidamos de que existen otros modos de comunicación, especialmente los gestuales.

En el ámbito afectivo, las inhibiciones reducen el vocabulario y dan lugar a restricciones que empobrecen. Los animales permiten una expresión ampliada ya que se sitúan más allá de las inhibiciones sociales y aquel niño que parece incapaz de mostrar afección, desborda ternura con su perro y lo manifiesta con palabras, caricias y abrazos. El niño y el cachorro consiguen comunicarse perfectamente, el niño descodificando sin problema las señales (como los gestos, ladridos, posturas, miradas expresivas...) del animal y a la inversa. Un niño que carece de confianza puede mantener largos monólogos con su compañero de cuatro patas. El animal, a pesar de que no puede entender el contenido de estos monólogos, sí que puede sentir la tristeza o la felicidad, y consigue adaptarse a ello perfectamente.

El desarrollo sensorial

La necesidad de mimar al joven animal parece innata en el hombre. El individuo, por más egoísta, menos sensible y más grosero que sea, siempre se verá afectado por un perrito o gatito desamparados.

El contacto físico resulta primordial para estos dos seres. Furtivo y efímero, el tacto autoriza al bebé a construir una imagen de los seres vivos. Los intercambios táctiles progresan dulcemente y a los manoseos exploratorios les suceden las caricias afectuosas.

Al crecer, el bebé busca con más frecuencia al animal, quien le procura un doble sentimiento de amor y protección. Esto todavía es más frecuente cuando el niño afronta el difícil periodo del destete. La separación de la madre se ve suavizada por el discreto consuelo que el animal aporta al bebé. Sus angustias disminuyen al estar en contacto con el animal en el momento en el que el niño tiene miedo de perder, con el seno maternal, a su propia madre. Pero la ternura del gato o el perro tiene sus límites cuando las exploraciones infantiles le molestan. Por ello, la percepción de los contornos de un ser vivo y la existencia de la personalidad se desarrollan progresivamente en el niño.

Durante el periodo preoperatorio (Piaget), el animal vivo ya no aparece como un oso de peluche, sino que es un ser autónomo y dotado de reacciones. El 40% de los niños de uno a cuatro años, el 16% de los de cinco a ocho y el 9% de los de nueve a doce tienen sueños regulares que están llenos de animales. La dosis de animalidad es más fuerte cuando el niño es joven.

La afectividad es primordial en la relación entre el animal y el niño, y la relación táctil con el animal dirige la afección y la seguridad.

Dr. Lyonel Rossant

Dra. Jacqueline Rossant-Lumbroso

Otros contenidos del dosier: Todo sobre el bebé de 6 meses a 1 año

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