El despertar del bebé

En el interior del útero, el bebé se alimentaba y recibía el oxígeno a través del cordón umbilical conectado con la placenta. Cuando llega al mundo y le cortan el cordón umbilical, el niño respira espontáneamente por los pulmones y busca alimento. No puede alimentarse sin ayuda, pero sabe mamar. Es capaz de reconocer el olor de la leche materna y se dirige hacia el seno, abre la boca frente al pezón y empieza a mamar respirando por la nariz. Sabe manifestar que tiene apetito y deja de comer cuando lo ha saciado. En pocas semanas, encuentra los ritmos del sueño, que es preciso respetar. Cuando está despierto, adquiere conocimiento del mundo al que acaba de llegar gracias a los cinco sentidos que ha adquirido durante el embarazo. A través de ellos, establecerá también la relación con sus padres, así como los lazos afectivos indispensables para el desarrollo de su personalidad.

El despertar de los sentidos

Durante el embarazo, el feto es capaz de reconocer sabores distintos, de percibir la luz y de oír sonidos (véase p. 36). Los sentidos ya están activos. Después de nacer se desarrollarán aún más y se convertirán en instrumentos de descubrimiento y de conocimiento del entorno.

La vista

Durante mucho tiempo, se creía que los bebés nacían ciegos y no empezaban a ver hasta mucho después del parto. Hoy en día, se sabe que eso no es cierto. El recién nacido puede seguir con los ojos la luz que emite una lámpara y distinguir un objeto contrastado (como un disco de cartón con círculos negros y blancos). Se ha observado también que, muy a menudo, los objetos que más le atraen son aquellos que poseen una forma parecida a la de una cara humana: con los ojos brillantes y la boca. Cuando ese rostro expresa sentimientos, la excitación del niño aumenta y, desde las primeras semanas, el recién nacido reconoce la cara de su madre y, después, la de su padre. Pero su campo visual es muy reducido (no puede ver más allá de los 30 cm, aproximadamente) y muchas veces sufre problemas de acomodación, que pueden provocarle un bizqueo intermitente. Poco a poco, el globo ocular se vuelve más redondo y flexible. A los 3 meses de edad, el bebé ya ve más allá de los 2,50 m y, generalmente, sus facultades visuales son totales a los 6 meses. Al principio, mantenga la cara del niño a menos de 30 cm de la suya: el niño podrá observarla y seguir los movimientos de su cabeza. Pero para responder, el bebé debe encontrarse en un «estado de vigilia» favorable. En primer lugar, es necesario que quiera abrir los ojos, lo que no suele producirse siempre en los primeros días. Si está nervioso o cansado, no mantendrá la mirada. Se impone, pues, la paciencia y no forzar las cosas. Los períodos de vigilia del recién nacido son muy cortos. Los padres aprenderán rápidamente a reconocerlos (véase p. 194), lo que les permitirá encontrar el momento ideal para intercambiar miradas con el niño.

El oído

Puesto que ya ha oído la voz de sus padres durante el embarazo, el recién nacido suele mostrarse muy atento cuando les oye hablar a ambos. Utiliza ciertos signos (una expresión, una sonrisa, un gesto) para manifestar que le gusta la entonación y la modulación de sus palabras. Al igual que sucede con la capacidad visual, el pediatra, en el hospital, ha verificado las facultades auditivas del niño. Mediante el estudio de las reacciones del cerebro, del ritmo cardíaco, de la respiración y del ritmo de succión frente a estímulos auditivos (ruido ligero, voz), los médicos han observado que el recién nacido es más sensible a ciertas frecuencias sonoras, en particular las de la voz humana y, muy especialmente, la voz femenina. Pero la capacidad de escuchar del bebé es muy frágil, por lo que no se debe ser demasiado exigente. No intente comprobar la audición del niño mediante ruidos fuertes y violentos: podría encerrarse en sí mismo. Es preciso esperar el momento propicio para hablarle o que escuche música. Su voz puede tanto estimularlo como calmarlo cuando está agitado.

El gusto y el olfato

Cuando nace, el bebé ya tiene desarrollados el gusto y el olfato. Reconoce el olor de sus padres y, muy rápidamente, el de la cuna y el hogar. Ésa es la causa de que el olor de un objeto familiar sirva para tranquilizarlo cuando se encuentra lejos de casa.
Reacciona con cuatro expresiones distintas a los cuatro sabores básicos (salado, dulce, ácido y amargo) y manifiesta casi siempre una clara preferencia por el dulce. Sin embargo, la sensibilidad gustativa es distinta para cada lactante. Resulta fácil aprender a interpretar las reacciones de placer o de rechazo del niño en cuestiones alimenticias.
De ese modo, se puede satisfacer sus gustos en la medida de lo posible, así como empezar a «educarle el paladar» a través de variaciones en la alimentación (véase p.
212 y siguientes).

El tacto

La madre necesita tocar al niño y acariciarlo y éste, por su parte, busca también ese contacto, que puede despertarlo y tranquilizarlo al mismo tiempo. El contacto físico entre madre e hijo es esencial. En nuestra civilización, en la que los niños van vestidos y están protegidos del frío, tenemos mucha tendencia a olvidar la importancia del tacto. Por ello, resulta instructivo observar los gestos de las madres africanas o indias, por ejemplo, que «saben» tocar a sus hijos y llevarlos. El niño necesita también el contacto físico con su padre. Aunque éste tenga la impresión de ser un poco patoso, no debe temer tocar, acariciar y coger a su hijo en brazos: los gestos del padre, distintos y complementarios a los intercambiados con la madre, suelen ser más rápidos y más dinámicos, y estimulan el despertar y el desarrollo motor del niño.

Las relaciones y la comunicación

Hasta las 6 semanas, el niño depende totalmente de su madre para vivir y forma un todo con ella. Pero, entre el segundo y el tercer mes, se desarrolla de forma bastante espectacular y se convierte en un ser «social»: responde con una sonrisa o con vocalizaciones a las expresiones faciales que se le dirigen y puede prolongar o interrumpir una mirada a su antojo. Uno o dos meses más tarde, sabe tomar la iniciativa de una caricia o de un juego con un objeto que ya puede coger. El conocimiento del mundo que lo rodea ha progresado mucho y se vuelve claramente consciente de la presencia o de la ausencia de sus padres; también empieza a darse cuenta de la desaparición de un objeto. Pronto percibirá que es un ser diferenciado, independiente, más autónomo. Es necesario aceptar esta evolución y dejar que, en adelante, elija libremente cuándo quiere iniciar o terminar un intercambio, por ejemplo, llamando la atención con vocalizaciones o, a la inversa, apartando la mirada.

El lugar y el papel del padre

El niño necesita ver que su padre y su madre son dos seres distintos. El padre tiene un modo particular de comunicarse con su hijo y su papel no se confunde con el de la madre. Ayuda a su compañera a permanecer en contacto con el mundo exterior y ofrece al bebé una relación de un tipo distinto al lazo maternal: una relación física más dinámica, más estimulante. El padre suele sostener al niño en el aire y mecerlo verticalmente y con movimientos rápidos; estos intercambios adquieren pronto la forma de juegos, algunas veces con un toque de cierta brusquedad, que servirán para desarrollar las facultades motoras del bebé. El recién nacido no es tan frágil como parece y le gustan mucho estos contactos, así que, ¡adelante! El niño necesita tener un padre distinto a su madre y mantener con cada uno de los dos una relación diferente.
El entendimiento de la pareja resulta determinante en el comportamiento de cada uno en relación a su hijo. El padre se ocupa más y mejor del niño si se siente animado en este sentido por su compañera, mientras que ésta necesita también apoyo y reconocimiento en su papel de madre.

Los primeros balbuceos

Durante el primer mes de vida, el bebé emite sobre todo gritos y llantos, que sirven tanto para expresar apetito, como dolor o placer. Hacia el segundo mes, empieza a emitir sonidos, entre los que siempre predominan las vocales (la a y la e): son los primeros balbuceos. Luego, hacia el 4.º o 5.º mes, asocia ciertos sonidos, ciertas palabras, a personas o a objetos. A partir del sexto mes, las consonantes se incorporan a su «vocabulario» y pronuncia sílabas como ba o pa que, a menudo, repite. Este balbuceo constituye, a la vez, un juego y un diálogo. A veces, cuando está tranquilo y atento, el niño emite sonidos por placer. Si el adulto responde a sus balbuceos, él puede, a su vez, responder al adulto. Desde una edad muy temprana, el niño es sensible a las entonaciones (suaves o violentas) de la voz de los adultos. Un poco más adelante, empezará a comprender ciertas palabras pronunciadas en un contexto particular y acompañadas de un gesto: ven, toma, no y sí, papá, mamá.

Un despertar progresivo

Deje que el niño se despierte poco a poco al mundo que lo rodea. Para comunicarse con él a través de la palabra, el gesto o la mirada, se elegirán aquellos momentos en los que esté disponible, sin olvidar que su capacidad de atención, al principio, es de muy corta duración. No dude en acariciar al niño, darle masajes y dejar que él también la toque. Para el bebé, este contacto físico es tranquilizador y estimulante. Haga un esfuerzo para ponerse en el lugar del bebé: comprenderá mejor sus sentimientos, sensaciones y comportamientos. La relación con el niño es recíproca: usted reacciona en función de lo que adivina que quiere expresar; él reacciona en función de lo que comprende que usted le indica.

La importancia de los lazos afectivos

Gracias a los cinco sentidos, el recién nacido podrá comunicarse con el mundo que lo rodea y, en especial, con sus padres. Pero necesita sentirse bien recibido para que se establezcan lazos amorosos que le ayudarán a vivir. Donald W. Winnicott, pediatra y psicoanalista británico (1896-1971), llegó a afirmar que «el recién nacido existe solamente a través de los lazos afectivos que establece a su alrededor».

La memoria y las relaciones

Actualmente, se sabe que la infancia se mantiene muy anclada en la memoria del individuo. El bebé almacena experiencias que olvidará enseguida pero que permanecerán grabadas en su inconsciente y que forjarán la personalidad del niño, del adolescente y del adulto. El bebé posee una memoria con la que asocia los acontecimientos y las percepciones, y retiene con mayor facilidad las situaciones que se reproducen de forma regular. Durante las primeras semanas posteriores al nacimiento, la madre querrá estar siempre disponible para el niño. Quizá tienda a concentrar toda su atención en él. Es una reacción natural que Winnicott denomina «la preocupación maternal primaria». Por su parte, el recién nacido está ya dotado de un temperamento propio, que va a influir necesariamente en la relación con su madre.
Ésta también cuenta con una personalidad y una historia propias. Todos los padres proyectan sobre su hijo episodios de su existencia. Entre ellos y el niño se establece una relación basada en la reciprocidad. La actitud de padres e hijo se ajustará en función de lo que cada uno habrá comprendido del otro a lo largo de los distintos intercambios que se producen.

Sonrisas y caricias

El intercambio de miradas, de gestos y de expresiones permite al niño adquirir conciencia de su existencia y darse cuenta de que los demás pueden compartir sus sentimientos y responderle. Es importante, por lo tanto, que las madres respondan al bebé, con una inclinación de la cabeza, una caricia o una palabra; porque, gracias a esta comunicación, se podrá establecer entre madre e hijo un profundo entendimiento, que el psicólogo alemán Daniel Stern denominó «armonización afectiva». Del mismo modo, el padre debe también establecer sus propias relaciones con el niño. Así, ambos progenitores mantendrán una relación muy íntima con el niño, lo que les ayudará en adelante a comprender mejor sus comportamientos.

Los gritos, la voz

Hay que procurar reaccionar con conocimiento de causa a los gritos y a los lloros del niño: se ha comprobado que cuando la madre, o el padre, responde con discernimiento a los lamentos del niño, éste grita menos y aprende antes a hacerse comprender de otro modo. Hable con el niño a partir del momento en que se dé cuenta de que le gusta escucharla o responderle. No se deben evitar esas entonaciones y expresiones especiales que utilizan los adultos cuando se dirigen a un niño pequeño. Estas actitudes son muy expresivas y captan la atención del bebé.

Otros contenidos del dosier: Primeros meses del bebé

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