Las tres grandes etapas de crecimiento del bebé

Antes del parto, el niño ya ha vivido interacciones recíprocas con la madre, entre las que distinguimos factores congénitos y medioambientales. El niño nace con un potencial de individualidad propio (véase el “utillaje congénito”, de Spitz) compuesto por tres elementos: el bagaje hereditario, las influencias intrauterinas y los accidentes perinatales. Los factores del entorno son fundamentales y el futuro psíquico de un niño depende del ambiente familiar.

La primera infancia, periodo que comprende los tres primeros años de vida, condiciona el desarrollo ulterior de la personalidad. Durante el primer año, el niño establecerá sus primeras relaciones objetales, es decir, relaciones que establece con todos los objetos y sujetos que le rodean. 

Spitz describió dos fases. El estadio preobjetal (desde el nacimiento hasta el segundo mes) representa la simbiosis perfecta en la que vive el recién nacido junto a su madre. No es una fase individualizada y por ello se denomina “preobjetal” porque se vive en función de la madre.

El estadio objetal empieza el tercer mes y se corresponde al periodo de diferenciación del objeto materno. Para el bebé, la madre es el primer objeto y, por tanto, simboliza el mundo exterior. El niño comienza a sonreír al reconocer el rostro de la madre. Entre los seis y ocho meses, empieza a percibir toda manifestación de vida y, según Piaget, la percepción del “movimiento” es la primera de estas manifestaciones. Durante este periodo, la actividad del bebé es básicamente lúdica (actividades de juego).

En el plano psíquico, el periodo desde el nacimiento hasta los tres años se considera prenatal. Consiste en una etapa oral que dura hasta finales del último año y en una etapa anal y uretral que representa un desplazamiento de la zona erógena. Los orificios inferiores se convierten en fuentes de placer, y el control del esfínter (impuesto por los padres) refuerza la calidad de dicho placer. La compleja organización de estas etapas coincide con el final de la primera infancia, donde se distingue un “yo”.

La segunda infancia (de los tres a los seis años) consiste en descubrir la realidad exterior y distinguir el “yo”, una etapa que podría traducirse como una crisis de independencia. El niño hace justo lo contrario de lo que le decimos, grita cuando se le contradice y quiere vestirse y comer solo. Y aparece el complejo de Edipo. En términos de lenguaje, utiliza el “yo”. En el mes 42 ya entiende el discurso adulto y en el 48 (4 años) empieza ese desenfreno verbal caracterizado por preguntas incesantes. Y a los seis años ya empieza la escuela primaria.

La tercera infancia (desde los 6/7 años hasta los 11/12) está marcada por la escolarización, un punto de inflexión en la historia personal de cada niño. Durante esta etapa estallan las relaciones interpersonales intrafamiliares para dar lugar a la organización social. La existencia de un grupo invade la relación consciente del niño. Desde una perspectiva psicoanalítica, este periodo representa una fase de tendencias instructivo-afectivas (fase de latencia) donde el “superego” se organiza de forma definitiva.

La pubertad empieza entre los 12 y 14 años. Acaba el período de latencia y surgen problemas afectivos. Esta fase corresponde a la maduración psicosexual del niño y a la crisis de la adolescencia.

Dr. L. Rossant y Dra. J. Rossant-Lumbroso

Otros contenidos del dosier: Primeros meses del bebé

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