El despertar de la sexualidad del niño

Estos manoseos son naturales: no vale la pena prohibirlos, aunque parezcan demasiado frecuentes o excesivos, ya que sólo serviría para reforzar el sentimiento de atracción que siente el niño y aumentaría su sentimiento de culpa en relación con la sexualidad. Es preferible distraerlo con algo y llamar su atención hacia otros centros de interés: se evitará así que se aísle prolongadamente en estas prácticas.

Niño o niña

También a principios del segundo año de edad, cada niño confirma su identidad sexual. Ha comprendido las diferencias anatómicas entre hombre y mujer y ha percibido asimismo que su entorno se dirige a él como a un «niño» o como a una «niña». Desde que empieza a hablar, sabe expresar rápidamente si es un niño o una niña. Comienza también a imitar el comportamiento que se considera característico de su sexo. La niña suele adoptar gestos bastante dulces, muestra su encanto, habla mucho y le gusta jugar a las mamás con su muñeca.
El niño se muestra más proclive a los ejercicios físicos, se siente orgulloso de mostrar su fuerza, de hacer rodar su camión o de jugar a la pelota.
¿Esta diferencia de actitudes se explica por la estructura biológica de cada sexo, o bien se debe básicamente a la influencia familiar y social, que distingue claramente la identidad de la niña de la del niño? Hoy en día, no existen respuestas demasiado precisas a esta pregunta, a pesar de que parece evidente que los gustos y las conductas del niño o la niña están muy sujetos a las características de su personalidad, que sus allegados animan y valoran. Además, el niño se identifica necesariamente con el progenitor de su mismo sexo, imita sus gestos, su voz, su forma de andar; intenta, de este modo, seducir al progenitor del sexo opuesto.

El complejo de Edipo

La leyenda de Edipo procede de la antigua Grecia.
Cuenta la historia de un niño abandonado por sus padres al nacer. Ya adulto, este niño, llamado Edipo, mata a raíz de una disputa a un hombre, sin saber que es su padre y, después, se casa con la mujer de este hombre, es decir, con su propia madre. Cuando, más tarde, descubre lo que ha pasado, Edipo no soporta lo que ha hecho y se arranca los ojos. Freud se sirvió del mito de Edipo para ilustrar las relaciones triangulares que se establecen entre un niño y sus padres en el plano afectivo en el inconsciente. Según Freud, estas relaciones son la base de un conflicto de orden sexual: el niño alimenta sentimientos amorosos hacia el progenitor del sexo opuesto al suyo y experimenta sentimientos de rivalidad, de hostilidad, hacia el del mismo sexo.
Para todos los bebés, niña o niño, la madre representa el primer «objeto amoroso». Antes de cumplir los 3 años, el niño varón busca las caricias de su madre y le gusta demostrarle su fuerza. Su padre le parece un rival que le inspira sentimientos contradictorios: admiración pero también celos, puesto que siempre le quita a su madre. La niña, por su parte, busca también las caricias de su madre pero se opone con facilidad a que ésta se dirija al padre, que ella quiere conquistar y acaparar.
Este conflicto es especialmente difícil para la niña, que no quiere renunciar a los cuidados amorosos prodigados por su madre. Para resolver el conflicto de Edipo, cada niño busca identificarse con el progenitor del mismo sexo y se esfuerza por parecerse a él. Espera así seducir al progenitor del sexo opuesto, con la aprobación del progenitor del mismo sexo.

La risa y la alegría de vivir del niño

Es verdad que el niño llora y tiene rabietas, pero también ríe mucho. Vale la pena tomarse cierto tiempo para compartir estos momentos de alegría con él. Desde muy pequeño, empieza a sonreír hacia las cuatro o cinco semanas y se muestra capaz de unas carcajadas formidables a partir del tercer o cuarto mes. A partir del año de edad, no sólo le gusta reírse sino que, además, le complace provocar la risa de los demás haciendo el «payaso».
A esta edad, domina mucho mejor sus movimientos, sus expresiones, y le gusta imitar a los adultos, hacer muecas o gracias, que suelen ser muy cómicas.
Su capacidad de reír demuestra que se desarrolla armoniosamente en el plano psicológico y que goza de buena salud física. Un niño gravemente enfermo deja enseguida de jugar y de divertirse. La risa, además, es a la vez prueba y factor de buena salud, puesto que actualmente se sabe que favorece la secreción de sustancias químicas que ayudan al organismo a combatir las enfermedades.
Si el niño mantiene buenas relaciones con su entorno familiar, puede expresar plenamente su alegría. Por este motivo, es una lástima ver cómo ciertos padres riñen sistemáticamente al niño cuando ríe («¡A ver cuándo dejas de dar la lata!») o que se divierte («¿No tienes nada mejor que hacer?»). Los adultos pecan a menudo de querer convencer al niño de que la vida es una cosa muy grave y muy seria. Pero, para un niño lo más importante es estar feliz de existir.
Cuanto más divertida le parezca la vida, más sabrá, en el futuro, enfrentarse con calma a los problemas.
Así pues, conviene comunicarse con el niño a través del humor. Hay que saber provocarlo con gracia y también reírse de uno mismo en ciertas situaciones, bromear con él y aprender a valorar sus gracias. Con la risa, los padres podrán exorcizar muchos de los temores del hijo y establecer con él unos lazos de complicidad muy estrechos, que ayudarán sin duda alguna a superar los inevitables conflictos.

Masculino y femenino

El bebé sabe decir muy pronto si es una niña o un niño y su personalidad se reafirma también en función de su identidad sexual. Aun así, una niña revoltosa e intrépida no tiene nada de extraño; del mismo modo, un niño varón puede ser muy dulce, a veces más que su hermana. Si la niña quiere jugar con coches o el niño, con una muñeca, ¿por qué van a prohibírselo? No afectará en nada ni a su feminidad ni a su virilidad en el futuro.

Otros contenidos del dosier: Relaciones afectivas del niño

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