La huella que deja la relación fraternal en la edad adulta

"¿Alguna vez has observado a los niños que juegan en la arena?”, pregunta, muy seria, la psicoanalista Lisbeth von Benedek. La mayoría de veces, el niño construye un castillo sin perder la concentración. De repente, aparece otro niño que quiere quitarle el sitio, lo cual provoca un ataque de cólera o llanto en el primero. Mientras, un tercero sigue absorto en su tarea y un cuarto acude al auxilio del constructor de castillos. “Todos somos como esos niños”, afirma la psicoanalista. Estas interacciones múltiples también se crean en el mundo profesional y con nuestros amigos, aunque de una forma más sofisticada, desde luego. En realidad, el papel que tomamos los unos con los otros deriva de la relación con nuestros y hermanos y hermanas. ¡De la arena a la oficina! He aquí las explicaciones.

La huella de la fraternidad en nuestra identidad

Nuestra identidad se construye sobre dos ejes, uno vertical, donde estarían los padres, y otro horizontal, donde se situarían los hermanos y hermanas. Se trata de un tema que el psicoanálisis no ha querido abordar y que, sin embargo, es fundamental. En efecto, la llegada de un hermanito o hermanita nos permite tomar conciencia de nuestra identidad. Al principio, se percibe como un intruso, después como un semejante y al final como “un otro”. Es un proceso que puede aplicarse a cualquier otra persona, tal y como explicaremos a continuación, una vez alcanzada la edad adulta. "Nuestras relaciones están marcadas por las vivencias con nuestros hermanos y hermanas en la infancia, teñidas de juego, de rechazo, de solidaridad, y también de emociones primitivas”, comenta Lisbeth von Benedeck. Dicho de otro modo: tanto con nuestros amigos como con nuestros compañeros de trabajo, reviviremos, sin ser conscientes de ello, situaciones de celos, rivalidad o bien de alianza, de solidaridad…

Hermanos, hermanas: un aprendizaje relacional

¿Qué hemos aprendido de niños junto a nuestros hermanos y hermanas? Para saberlo, basta con observar la relación que mantenemos con nuestro entorno. ¿Nos bloqueamos al empezar cualquier relación por miedo al rechazo? ¿O percibimos al otro como un “intruso”? Cuando exigimos al otro que se comporte como nosotros es una señal inequívoca de que buscamos relaciones de tipo fusional, ya que queremos encontrar a nuestro “semejante”. "La etapa de rivalidad, con celos entre hermanos, es inevitable. Nos permite diferenciarnos y subir un peldaño relacional hacia la armonía”, explica la psicoanalista. Es entonces cuando la gestión de conflictos es posible. Los que tienen hermanos y hermanas han aprendido a negociar, a discutir, a reconciliarse… ¡No han tenido alternativa! La fraternidad es ideal para aprender a enfrentarse al otro, a intercambiar ideas, a pelearse, a escucharse, y a forjar un proyecto común.

En cambio, el hijo único no tiene la oportunidad de vivir la competencia y solidaridad entre hermanos y hermanas. Para paliar estas carencias, tendrá tendencia a crear sustitutos fraternales imaginarios, como un animal de compañía o inventándose un amiguito ficticio.

En el caso de las familias reestructuradas, un modelo cada vez más frecuente, los niños se exponen a una nueva situación, la cual favorece sus facultades de adaptación y su capacidad de reafirmarse. La fraternidad “reestructurada” puede dar lugar a nuevos tipos de relaciones basadas en la convivencia.

La importancia del lugar que ocupa cada hermano

El lugar que ocupa cada hermano también influye. "Es más probable que, de adulto, el hermano mayor tome el papel de líder”, precisa Lisbeth von Benedek. De niño, se encarga implícitamente de dar ejemplo a los más pequeños y es él quien, desde muy temprano, participa en la organización del hogar, como poner la mesa, ordenar o incluso cuidar de los hermanos. A veces incluso en detrimento de sus propias necesidades. Más tarde, tendrá tendencia a repetir este esquema relacional y adoptar el papel de director de orquesta.

Por otro lado, el hermano pequeño debe aprender a compartir la atención de los padres. Enseguida se anima a cooperar y le gusta diferenciarse de su modelo, su hermano mayor. Cuando llega un tercero, puede desarrollar la capacidad de compromiso: una cualidad que le hará más transigente y flexible en las relaciones con los demás.

El último en llegar, que suele librarse de las normas más estrictas, de las inquietudes y de las proyecciones de sus padres, disfruta de más libertad. Es indudable que, en un grupo, dependerá mucho menos de cómo le juzguen los demás para ser quien realmente es. "No existe un lugar mejor que otro, pues todos tienen sus ventajas y “colorean” nuestras relaciones de manera distinta”, precisa nuestro experto.

En la sociedad actual, que se encuentra en una mutación profunda, este aprendizaje relacional desde la infancia sienta las bases de una “buena convivencia”, un valor en alza. Si las relaciones fraternales han sido buenas y las distintas etapas de aprendizaje se han integrado bien, nuestras relaciones sociales serán, sin duda, más armoniosas. En caso contrario, nunca es tarde para “reconciliarse” con un hermano o una hermana, aunque seamos adultos… porque, después de todo, seremos hermanos para toda la vida.

C. Maillard

 

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