La agresividad del niño

Un conflicto interno

Estas rabietas son, de hecho, una manifestación del conflicto interno que vive el niño, atrapado entre el deseo de independencia y la necesidad de mantenerse unido a sus padres. No son peligrosas en sí mismas y no significan en absoluto que el niño tenga mal carácter.
Es mejor dejar que el niño exteriorice su malestar. Si se reprime, puede reaparecer más adelante en forma de reacciones de oposición más difíciles de reconocer y de resolver, como los trastornos duraderos del sueño o los problemas escolares. Intente distraer al niño, consolarlo con paciencia y explicarle las presumibles causas de su enojo afirmando que ha comprendido lo que le pasa. Si, a pesar de todo, estas intervenciones resultan ineficaces, lo único que se puede hacer es capear el temporal y oponer a la agitación del niño toda la calma y serenidad que se consigan reunir.

El llanto espasmódico

Evidentemente, es muy difícil conservar la calma cuando el niño, tras una contrariedad, empieza a tener un llanto espasmódico o, más aún, lo que los médicos llaman «apnea del llanto» (apnea significa suspensión de la respiración): llora, grita y contiene la respiración; luego se pone pálido y puede llegar a adquirir una tonalidad casi cianótica (se pone morado). Se le afloja el cuerpo y, a veces, pierde el conocimiento unos segundos; con ello se distiende y luego recupera la respiración normal:
vuelve en sí y pronto recupera el color y el tono normales.
Estos accesos suelen ser frecuentes entre el año y los 3 años. Si se producen de forma muy espectacular, conviene saber que no provocan ninguna secuela, ya que la respiración no se interrumpe nunca por mucho rato y siempre vuelve a iniciarse espontáneamente.
Las crisis de este tipo indican que el niño está sometido a un conflicto interno intenso. Los padres deben, pues, tenerlo en cuenta, pero sin ceder ante todo lo que el niño quiere con la intención de evitar esta clase de reacción extrema. Hay que rodearlo de afecto, mostrarse comprensivos pero sin renunciar a la autoridad, puesto que, para sentirse seguro y reconfortado, el niño también necesita comprobar que los padres le imponen límites.

La agresividad

No todos los niños presentan las citadas crisis de llanto, pero son pocos los que entre los 18 meses y los 3 años no adoptan conductas agresivas hacia los demás: padres, hermanos o compañeros del jardín de infancia. A esta edad lanzan los juguetes y utilizan palabras malsonantes delante de los adultos, dan patadas, golpean y a veces intentan arañar o morder a los niños con los que se codean en el jardín de infancia, en la plaza o en cualquier otro sitio. En estas circunstancias, es imprescindible no responder a la violencia con violencia ni con gestos agresivos. Claro está, es necesario hacer entender al niño que se ha extralimitado, pero sin perder la calma.
Por regla general, estas conductas agresivas cesan al final del tercer año, cuando el niño encuentra otros medios (básicamente, a través del lenguaje) de expresar sus dificultades. Si se manifiestan de forma prolongada e incontrolable, no duden en consultar con un psicólogo.

¿Cómo hay que reaccionar?

El niño dice que «no» a todo, se niega a dormir, sólo quiere comer con su padre, ya no quiere ir al jardín de infancia, tiene rabietas, da puntapiés al gato, muerde a su hermana...
Y muchas veces los padres no saben cómo reaccionar. No existen recetas milagrosas para evitar estas conductas: se trata de manifestaciones inherentes al desarrollo del niño en este período.
Así pues, es necesario dejar que se exprese, pero canalizando sus emociones. Existen tres principios generales que pueden servir de guía para conseguir, si no que desaparezcan los problemas, por lo menos no aumentarlos.
Intenten comprender
El niño, que se siente cada vez más autónomo, se encuentra atrapado entre su necesidad de sentirse reconfortado por la presencia de sus padres y su deseo de escapar de su control. Por sí solo no puede resolver esas contradicciones que lo superan, y necesita sentirse comprendido.
Cuando se muestra violento o se pone tozudo, intenten argumentar con él; no crean que es demasiado pequeño para entender lo que se le dice: simplemente, hablen con él. No podrá indicarles los motivos de su enojo pero, si toman la iniciativa y nombran las dificultades que pueden explicar su agresividad, le será más fácil responder.
Pongan límites
Los conflictos existen siempre.
Si bien es inútil, incluso peligroso, responder a la violencia del niño con la violencia, resulta por otra parte perjudicial limitarse a adoptar una actitud pasiva y dejarlo hacer lo que quiera con la excusa de evitar conflictos. El niño tiene que saber que se le imponen límites. Una libertad demasiado grande lo asusta porque lo deja totalmente solo frente a las elecciones que debe tomar, lo que empuja a querer provocar prohibiciones con acciones extremas, susceptibles de ponerlo en peligro.
Sean coherentes
El niño espera el apoyo, la participación activa y las demostraciones de autoridad de sus padres. Muéstrenle que no aceptan todo lo que hace y manténganse coherentes en sus actitudes hacia él.
Si un día le riñen con severidad por una acción y, al día siguiente, la aceptan sin decir nada, no sabrá a qué atenerse. Lo mismo sucederá si ambos progenitores no adoptan normas idénticas y uno autoriza, por ejemplo, lo que el otro prohíbe.
Además, el niño necesita tener puntos de referencia para sentirse seguro.

Otros contenidos del dosier: Relaciones afectivas del niño

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