La relación del niño con los padres

A los 18 meses, el niño anda: se desplaza solo y toma la iniciativa de alejarse de los padres.
Manipula los objetos con una destreza y una velocidad difíciles de controlar. Quiere tocarlo todo para conocerlo. Además, tiene acceso al lenguaje y expresa cada vez más a menudo lo que quiere. Entre los 18 meses y los 3 años, la personalidad se reafirma de forma clara. Pero el niño está constantemente dividido entre su deseo de autonomía y su sentimiento de dependencia de sus padres. Experimenta a la vez la tentación de escapar de su control y la necesidad de que su presencia lo tranquilice. Vive un período muy agitado.
Todos sus descubrimientos le suponen choques emocionales.
Inmerso en impulsos contradictorios, puede mostrarse agitado, nervioso, y adoptar actitudes de oposición no desprovistas de agresividad. La similitud con las dificultades a las que se enfrentará de nuevo en la adolescencia es sorprendente: dispuesto a lanzarse a la conquista del mundo, quiere librarse de la autoridad de los padres pero debe admitir que los necesita. El niño expresa este conflicto interior con conductas a veces violentas. Los padres deberán prepararse para abordar este período agitado.

Mostrar comprensión

Entre el año y los 3 años de edad, el niño vive conflictos afectivos importantes. Durante esta etapa fundamental de su desarrollo, se le debe animar a expresarse, incitándolo a hablar, a jugar. Se le debe ayudar también a vivir experiencias nuevas y a continuar sus progresos: cuando empiece, por ejemplo, a explorar un lugar de la casa o del jardín, permítale tomar la iniciativa, sin dejar de velar discretamente por su seguridad. Se le puede enseñar con paciencia a usar un juguete nuevo, pero sin impedirle que lo utilice también a su manera.
Si se muestran tolerantes y comprensivos, a la vez que demuestran una autoridad firme y tranquilizadora, podrán ayudar al niño a superar las dificultades a las que se enfrente.

La negativa como provocación

El no, que el niño sabe usar desde el año de edad, ¡se convierte en una palabra fundamental de su vocabulario entre los 2 y los 3 años! Para reafirmarse, necesita contradecir. Así pues, muchas veces responde sistemáticamente «no» a las preguntas o a las propuestas que se le hacen.
Cuando le dicen «vamos a pasear», si le preguntan «¿quieres jugar con la muñeca?» o le dicen «a comer»...
siempre responde «no», incluso cuando le hubiera gustado contestar de forma afirmativa. Al decir «no» a priori, el niño gana tiempo para tomar una decisión, para reflexionar antes de elegir. De este modo, también provoca a sus padres, para poner a prueba su autoridad. Quiere obligarlos a reaccionar, a repetirse, a amenazar e, incluso, si es preciso, a reñirlo: al acaparar de este modo toda su atención, él siente intensamente que existe.
Esta actitud de negativa no se debe interpretar como un fracaso por parte de los padres. Al contrario, confirma que el niño va construyendo su personalidad, que se está convirtiendo en un individuo completo y que está consiguiendo separarse de su madre.

Situaciones delicadas

Aun así, un comportamiento de este tipo no suele resultar fácil de soportar, ya que puede manifestarse en casi todos los ámbitos de la vida diaria: en los juegos, al vestirse y, en especial, en lo que se refiere a la hora de dormir y a la alimentación.
- Se niega a dormir. Un niño que, desde hacía varios meses, había encontrado sus ritmos de sueño, se niega a ir a la cama y, de golpe, vuelve a despertarse por la noche. Al llamar ruidosamente por la noche, al no querer dormirse, intenta comprobar el poder que ejerce sobre sus padres.
- Se vuelve difícil en la mesa. Puede que el niño exprese también su oposición en las comidas: se niega a tomar cierto tipo de alimentos, vuelve a querer el biberón que había abandonado mucho tiempo atrás o selecciona con cuidado las escasas personas con las que acepta comer. Muy pronto, comprende que su negativa a comer desestabiliza a los padres. Si éstos se enfrentan a él abiertamente para obligarle a comer, corren el riesgo de que se obstine. El niño reivindica el derecho a elegir los alimentos y a dejar de comer cuando ya está lleno, y los padres ya no pueden controlar lo que come. En este terreno, como en los demás, se debe aceptar que adquiera mayor autonomía. Hay que confiar en su instinto de vivir (¡no se dejará morir de hambre!) e intentar tomarse sus variaciones de apetito, si no con humor, sí por lo menos con un cierto distanciamiento y un despliegue de imaginación.

Otros contenidos del dosier: Relaciones afectivas del niño

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