El niño no quiere dormir

Estos problemas son agotadores para los padres, que muchas veces se encuentran desarmados. No existe ninguna receta milagrosa para enfrentarse a ello, pero a continuación les presentamos algunos consejos útiles.

  • Tranquilidad. A partir de las primeras semanas de vida, hay que rodear de tranquilidad el sueño del niño, sin responder de inmediato a sus llantos, y dejar que encuentre el equilibrio por sí solo.
  • Disponibilidad. Se debe procurar disponer de tiempo para ocuparse del niño, y sólo de él, antes de acostarlo. Háblele y acompáñelo en sus ritos para acostarse. Conviene quedarse con él el rato suficiente para que acepte la separación sin sentirse demasiado frustrado.
  • Serenidad. Si grita dormido, no hay que precipitarse: se corre el riesgo de despertarlo del todo.

Le cuesta conciliar el sueño

El niño no quiere dormirse, no se tranquiliza y su llanto resuena en toda la casa. Es una situación difícil de solucionar, que requerirá mucha paciencia de los padres. Hay que intentar acabar con los gritos mediante una especie de reeducación que consiste en reducir las «intervenciones»
de forma progresiva. En primer lugar, es preciso que el niño recupere la confianza: se le deja llorar algunos minutos, se acude para hacerle una caricia de consuelo y vuelta a empezar. Poco a poco, se va aumentando el intervalo de tiempo entre dos gestos cariñosos. Al principio, el niño seguirá llorando pero, al final, comprenderá que no se le abandona en el sueño y que siempre puede contar con la presencia amorosa de los padres. Se trata de que comprenda que éstos lo quieren y que su amor no se detiene con el sueño. Cuando haya comprendido que están ahí si pasa algo, pero que están decididos, firme y tranquilamente, a conseguir que duerma períodos cada vez más largos, acabará por dormir toda la noche.

Los trastornos del sueño

Despertarse de noche puede ser la manifestación de un simple desvelo o tener un carácter más inconsciente: son las pesadillas o los terrores nocturnos, en especial a partir de los 18 meses, la edad de los descubrimientos y de las nuevas adquisiciones. En el niño que goza de buena salud y tiene un comportamiento diario equilibrado, no indican problemas psíquicos. Es preciso saber diferenciarlos, puesto que las medidas que se deben adoptar son distintas si se trata de una pesadilla o de un terror nocturno.

  • Las pesadillas. Son sueños desagradables que ocurren durante el sueño paradójico (véase p. 194), hacia el final de la noche. El niño grita, se despierta asustado. Reconoce a sus padres y, si ya habla, puede contar lo que le ha asustado (por ejemplo, habrá visto un león o un lobo que iba a comérselo). No hay que inquietarse. Tranquilícelo, no pasa nada, aunque en ese momento no distinga entre el sueño y la realidad. Ayúdelo con calma a volverse a dormir. Al día siguiente, vuelva a hablarle del sueño, con sus propias palabras, intentado desdramatizarlo.
  • El terror nocturno. En este período del desarrollo del niño, se producen crisis de terror nocturno con mayor frecuencia que las pesadillas. Ocurren al principio de la noche y provocan un despertar parcial y brusco durante la fase de sueño profundo. Las manifestaciones presentan intensidad variable: desde una ligera agitación (balbuceo, palabras confusas) hasta gritos de terror, acompañados de movimientos desordenados, que pueden llegar incluso al sonambulismo cuando el niño es mayor. El niño no reconoce a sus padres, grita, suda, el corazón le late más deprisa y, después de unos minutos, vuelve a dormirse como si nada hubiera pasado. Una vez más, no hay motivo de alarma. No se debe despertar al niño, lo que aumentaría su malestar y le impediría enlazar de forma natural con la fase de sueño tranquilo. A pesar de las reacciones físicas que ha manifestado, no experimenta una ansiedad real como en el caso de las pesadillas. No se le debe mencionar este episodio al día siguiente, porque no lo recordará.
  • Rechinamiento de dientes y balanceos rítmicos. Si el niño juega y se comporta normalmente durante el día, estas manifestaciones físicas no son un signo de problemas psicológicos. El rechinamiento de dientes (o bruxismo) es inconsciente, se produce durante la fase de sueño lento y ligero, y puede repetirse varias veces en una misma noche. También puede suceder que, en el momento de dormirse, el niño se balancee en la cama. Puede llegar incluso a golpearse la cabeza contra los barrotes. Estas manifestaciones pueden interpretarse como una llamada a los padres para que se ocupen más de él a través de actividades conjuntas más físicas: suele tratarse de un niño varón muy dinámico que posee demasiadas energías acumuladas. En este caso, no se le debe exigir un comportamiento demasiado tranquilo durante el día, y hay que participar con él en actividades más intensas.

Otros contenidos del dosier: Sueño del niño

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