Acabar con el miedo a los terrores nocturnos

Hacia la medianoche, Blanca se despierta sobresaltada por los gritos de su hija Lola, de cuatro años. Se la encuentra sentada en la cama, pálida y bañada en sudor, con la mirada perdida; la pequeña no la reconoce y no es capaz de explicar el motivo de sus llantos. Ni las palabras de consuelo, ni los besos, nada parece tranquilizarla. De repente se calma, deja de llorar y se vuelve a acostar en su cama, dejando a su madre aliviada pero desconcertada al mismo tiempo. 

No confundir con las pesadillas

Gritos, mirada aterrorizada, el corazón que late a toda velocidad, respiración acelerada, sudores… El niño que sufre un “terror nocturno” presenta todos los síntomas del pánico. Esta conducta alucinatoria nocturna, más común en niños de entre tres y seis años de edad, tiene lugar en la primera mitad de la noche (durante las tres primeras horas después de quedarse dormido). En ese momento el niño se encuentra en la última fase (conocida como fase IV) del sueño No REM: está profundamente dormido y va a pasar a la fase del sueño REM (la de los sueños). Esta transición, por razones desconocidas, se articula mal, de ahí el estado de gran agitación. El niño no se despierta e, incluso si abre los ojos, sigue durmiendo y no se acordará de nada al día siguiente. Aquí la culpa no la tienen ni los monstruos, ni las brujas malvadas, ni los secuestradores de niños como pasa, en cambio, con las pesadillas (que, además, tienen lugar en la segunda mitad de la noche, despertando al niño y causándole problemas para recuperar el sueño).

¿Qué hacer?

Nada. Deja que el niño se vaya tranquilizando y recuperando el sueño poco a poco. Ante todo, no intentes despertarlo para calmarlo, lo único que conseguirías es causarle más angustia y confusión. Estas manifestaciones suelen darse en niños que necesitan dormir mucho y en etapas de su vida ricas en aprendizaje, por eso es importante que intentes que tu hijo descanse lo suficiente y lleve un ritmo de vida regular. Por ejemplo, intenta acostarle siempre a una hora prudente.

¿Cuándo debemos preocuparnos?

Aunque los terrores nocturnos consiguen preocupar hasta a los más tranquilos de los padres, por lo general no tienen mayor importancia y, afortunadamente, carecen de gravedad, desapareciendo hacia los seis o siete años de edad. Si el fenómeno se vuelve frecuente (varias veces por semana) y parece instalarse en el niño (pasados varios meses) será mejor consultar con el pediatra, que decidirá la conducta a seguir.

I. Delaleu

Otros contenidos del dosier: Sueño del niño

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