Otras complicaciones, segundo y tercer trimestre

Amenaza de parto prematuro

Cuando aparecen contracciones uterinas acompañadas de alteraciones del cuello uterino antes del final del octavo mes (o 37 semanas de amenorrea), existe una amenaza de parto prematuro. A partir de las 37 semanas, el bebé ya no se considera prematuro.
Signos de alerta Las contracciones son algo normal durante el embarazo, pero cuando se vuelven más frecuentes (más de diez al día) y dolorosas, es necesario acudir de inmediato al médico. El principal signo de alerta es un dolor intermitente que dura un minuto, remite durante unos minutos y vuelve a empezar. Algunas contracciones uterinas también provocan dolor de espalda. Ante la más mínima duda, lo mejor es consultar al médico. La comadrona y el médico son los únicos que pueden determinar si el cuello del útero presenta alteraciones desde la última visita. Observarán su longitud, su abertura, su consistencia y su posición, y buscarán la posición de la cabeza del bebé para saber si está demasiado abajo y si se apoya en el cuello del útero. Para confirmar la amenaza de parto prematuro, el médico realizará una ecografía vaginal que permitirá medir la longitud exacta del cuello uterino: si es inferior a 25 mm, existe un riesgo y la hospitalización es necesaria. A continuación, es necesario un chequeo para determinar las causas: hiperactividad, embarazos múltiples, infecciones, exposición al dietilestilbestrol, antecedentes de conización (extirpación de una parte del cuello uterino)… Tratamiento y reposo
Si la amenaza es real, antes de las 34 semanas se administran corticoides para acelerar la maduración pulmonar del feto y tocolíticos para inhibir las contracciones. El tratamiento es importante para evitar las contracciones y detener el proceso de abertura del cuello. Sin embargo, sigue siendo obligatorio y esencial guardar reposo absoluto.
El objetivo es mantener el embarazo el máximo de tiempo posible y prevenir el riesgo de gran prematuridad. Por lo general, si las contracciones remiten, si se han tomado todas las medidas necesarias y el cuello del útero no está abierto, es posible volver a casa siempre que se cuente con la ayuda de alguien y se haga reposo hasta las 36 semanas de amenorrea. En este caso, un médico o una comadrona pueden visitarte regularmente a domicilio. Si existe un alto riesgo de parto prematuro y tu seguimiento hasta el momento ha tenido lugar en una maternidad de nivel I, deberás ser transferida a otra de nivel II o III, dependiendo del estadio del embarazo.

Anomalías de la placenta

Un embarazo a veces se complica debido a una mala inserción de la placenta, que puede cubrir y obstruir el cuello del útero (de forma parcial o total). También es posible que se produzca un desprendimiento de placenta antes del parto.
Placenta previa En caso de que la placenta se interponga entre el feto y el cuello del útero, no es posible un parto por vía natural. Además, existe el riesgo de hemorragia, ya que los grandes vasos de la placenta pueden romperse y sangrar. Cuando la ecografía revela esta anomalía, conocida como «placenta previa», es necesario tomar varias precauciones: conviene hacer reposo y guardar abstinencia sexual, y deben evitarse las exploraciones vaginales. La hospitalización puede ser necesaria hacia el final del embarazo, y el parto sólo es posible por cesárea.
Hematoma retroplacentario Un desprendimiento (total o parcial) de la placenta en los últimos meses del embarazo suele provocar sangrados que van acompañados de una contractura uterina dolorosa y permanente. Las embarazadas hipertensas están más expuestas que las demás a este problema, que puede provocar la muerte del feto y una hemorragia grave en la madre.
Con el fin de prevenir estos riesgos, y siempre que el feto sea viable, debe realizarse una cesárea urgente. El hematoma retroplacentario podría reaparecer en un embarazo posterior. En la mitad de los casos no es posible determinar la razón, por lo que el embarazo siguiente requiere un estricto seguimiento.

Hipertensión arterial y preeclampsia

En algunos casos aparece hipertensión arterial durante el embarazo, ya sea de forma aislada o asociada a edemas (en la cara, las manos y las piernas) y proteinuria (presencia de proteínas en la orina), que son signos de preeclampsia (o toxemia del embarazo). Este trastorno se asocia a una insuficiencia placentaria que puede provocar crecimiento retardado, sufrimiento fetal e incluso muerte in utero. En estos casos es necesaria la hospitalización. Las gestantes afectadas de preeclampsia requieren un
estricto seguimiento, ya que existe el riesgo de que aparezcan complicaciones graves de forma súbita: hematoma retroplacentario y eclampsia. Esta última consiste en un estado convulsivo acompañado de un coma más o menos profundo, y puede ir precedida de dolores de cabeza, trastornos visuales, zumbidos en los oídos o dolores abdominales que deben alertarte y que requieren una visita urgente al hospital. El objetivo del tratamiento es estabilizar la tensión arterial y evitar las convulsiones. El equipo médico puede decidir realizar una cesárea en función del término del embarazo, de la gravedad de los síntomas y de los resultados de las pruebas. Después del parto, la enfermedad deja de desarrollarse, pero es necesario controlar la tensión arterial hasta su normalización. En embarazos posteriores, se recomienda un tratamiento preventivo y un control estricto para detectar una posible reaparición de la enfermedad, aunque esto ocurre en muy pocos casos.

Rotura prematura de membranas

La rotura de membranas consiste en una abertura de la bolsa de las aguas a través de la cual sale el líquido amniótico. Por lo general, se produce en el momento del nacimiento (antes de que aparezcan las contracciones o durante el parto). Sin embargo, es posible que debido a una infección o a contracciones uterinas precoces, la bolsa se rompa de forma precoz (antes del noveno mes o de las 37 semanas). En algunos casos no existe ningún factor desencadenante, pero la rotura siempre es angustiosa para la madre, ya que indica una complicación y un parto necesariamente prematuro. Cuando se pierde líquido amniótico, es importante acudir lo antes posible al hospital, donde la comadrona o el médico realizarán varias pruebas. Con el espéculo comprobarán si se trata efectivamente de una pérdida de líquido amniótico y tomarán una muestra vaginal para buscar una posible infección. Comprobarán si tienes contracciones uterinas, determinarán la posición del feto y realizarán una monitorización (registro de los latidos del corazón del bebé y de las contracciones uterinas).
Necesidad de hospitalización En caso de pérdida de líquido amniótico, es necesaria una hospitalización sistemática hasta el final del embarazo. El equipo médico realiza un examen completo y, en la mitad de los casos, el parto tiene lugar durante la semana siguiente. La embarazada debe permanecer en cama y levantarse únicamente para ir al baño. Entre otros, se le administra una inyección de corticoides por vía intramuscular dos días seguidos para acelerar la maduración pulmonar del feto y ayudarle a respirar mejor después del nacimiento. La comadrona o el médico comprueban diariamente la temperatura y el color del líquido que sale y realizan una monitorización para valorar el estado del bebé. En caso de que aparezcan contracciones uterinas antes del sexto o séptimo mes del embarazo, el ginecólogo puede decidir bloquearlas con una perfusión, siempre que esté seguro de que no existe una infección subyacente: es mejor que un niño nazca de forma prematura y sin infección que prolongar el embarazo con una infección que le pondría en peligro. En caso de infección, es necesario proceder al parto lo antes posible. Si el seguimiento se realiza en una maternidad de niveles I o II, en función del término del embarazo, la mujer deberá ser transferida a una maternidad de nivel III .

Retraso del crecimiento intrauterino o hipotrofia

El retraso del crecimiento intrauterino (RCIU), como su nombre indica, es una insuficiencia en el crecimiento del feto. También se conoce como hipotrofia. A lo largo del embarazo, el crecimiento del feto se controla a través de las revisiones mensuales, en las que se mide la altura del útero (distancia entre el pubis y el fondo uterino), y sobre todo gracias a las tres ecografías rutinarias. La ecografía más orientada al crecimiento del feto es la tercera, practicada a los 7 meses o 32 semanas de amenorrea, pues la mayoría de retrasos en el crecimiento aparecen durante el tercer trimestre. Cuando se diagnostica este tipo de retraso, pueden darse dos situaciones, dependiendo de si el retraso en el crecimiento es moderado o grave. Cuando el retraso es moderado, la embarazada se somete cada quince días a un control y a una ecografía para comprobar el crecimiento del bebé. El médico recomienda reposo y prescribe la interrupción de toda actividad profesional. Éste es el único tratamiento posible, además del abandono del tabaco en el caso de las fumadoras. Si el retraso es grave, la gestante debe ser hospitalizada hasta el momento del parto para que el bebé, que es más delicado, pueda ser objeto de un estricto control. Es necesario hacer reposo y tomar corticoides antes de las 34 semanas (o siete meses y medio) con vistas a un parto prematuro (los corticoides favorecen la respiración en el recién nacido). Con el fin de determinar la causa de este retraso, el equipo médico busca otros signos a través de la ecografía y del Doppler, además de realizar un examen completo. Las causas pueden ser muy diversas: malformación del feto, infección, preeclampsia (hipertensión arterial y presencia de proteínas en la orina), tabaquismo y alcoholismo, anomalías de la placenta o del cordón… Cada dos o tres días se comprueba la evolución del feto a través de la monitorización, la ecografía y el Doppler. Cuando el RCIU no empeora, el embarazo puede seguir hasta las 37 semanas de amenorrea (u ocho meses), fecha en la que se provocará el parto. Si, por el contrario, el retraso aumenta, el futuro bebé dejará de crecer, lo cual se reflejará en las anomalías detectadas por el monitor y la ecografía.
Ha llegado el momento de que nazca el bebé, que seguirá creciendo en la incubadora.
Es muy probable que el parto sea por cesárea.

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