Ruptura de aguas: el primer signo de alerta

 En el vientre materno, el feto está protegido por dos membranas que forman una bolsa de agua, la cual contiene líquido amniótico, compuesto esencialmente por la orina del bebé una vez que sus riñones comienzan a funcionar (en torno al tercer mes de gestación).

Un medio aséptico

“La bolsa de agua es un lugar aséptico cuyo “cerrojo” es el cuello del útero”, analiza el ginecólogo y obstetra Michel Dreyfus, del Hospital Universitario de Caen, Francia. Y a la inversa, la vagina está plagada de gérmenes. Durante el parto, las contracciones se intensifican, el cuello del útero se expande y las membranas se rompen como consecuencia de la presión. De manera que el agua que cae es el líquido amniótico, que se renueva constantemente hasta el nacimiento.

“Romper aguas indica que hay que acudir al hospital, no importa en qué momento del embarazo se esté ni si hay o no contracciones”, exhorta el experto.“Cuando la bolsa se rompe el bebé deja de estar en un medio aséptico y corre el riesgo contraer infecciones”, agrega.

¿Orina o líquido amniótico?

Pero ¿cómo diferenciar las pérdidas de orina, frecuentes al final del embarazo, del líquido amniótico? A diferencia de la orina, el líquido amniótico es incoloro e inodoro, parece agua, pero a una temperatura de 37°C. Si el líquido cae en gran cantidad es evidente que se trata de líquido amniótico; pero si es un hilo que cae de manera discontinuada el médico puede aconsejar utilizar una protección. “Si ésta se humedece regularmente sin haber hecho ningún tipo de esfuerzo, conviene consultar”, alerta el obstetra.

Tampoco hay que confundir la ruptura de aguas con las pérdidas vaginales, que son de color blancuzco y más espesas. En cuanto al moco cervical, éste es de color amarronado y a veces contiene restos de sangre, pero no está relacionado con la ruptura de las membranas y por lo tanto no anuncia el parto.

Al llegar al hospital, la comadrona obtiene una muestra vaginal para verificar la ausencia de bacterias perjudiciales para el bebé. Si se diagnostica que ha habido una ruptura de aguas se hospitaliza a la mujer; si no, se la envía a casa.

En el 80 por ciento de los casos, cuando el bebé está a término –esto es, a partir de la semana 37– el parto se produce de forma espontánea dentro de las 24 horas siguientes a la ruptura de aguas. Este acontecimiento libera una sustancia llamada protaglandina que estimula las contracciones.

“Se espera un máximo de 48 horas y una media de 24, según los centros, para provocar el parto de manera artificial si éste no se desencadena espontáneamente”, explica Dreyfus. En cambio, se lo inducirá sin demora si hay signos de infección tales como fiebre, cambio en el color del líquido amniótico, exceso de glóbulos blancos detectados en el análisis de sangre, presencia del estreptococo de tipo B, taquicardia o latido cardiaco anormal en el bebé.

Ruptura artificial de la bolsa

Cuando el parto no progresa, la comadrona puede romper la bolsa de manera artificial con ayuda de un perforador de membranas -una especie de varilla con un espolón al final-. Dado que éstas carecen de nervios, la mujer no siente dolor, sólo el paso del líquido caliente. Al intensificar las contracciones, la ruptura artificial de la bolsa permite reducir la duración del parto.

Ruptura prematura

Antes de la semana 37, la ruptura de aguas comporta dos riesgos: el del parto prematuro y el de una infección fetal; esto sin contar que la infección puede igualmente precipitar el parto.

Si la bolsa se rompe antes de la semana 33, la futura mamá será transferida a una sala de maternidad de nivel III ( para partos de riesgo alto que requieren otras especialidades en forma constante). “Por principio –explica Dreyfus–, es mejor conducir a este tipo de sala a la mujer embarazada en lugar de llevar al bebé una vez haya nacido; el vientre materno es la mejor incubadora. Después, se busca ganar tiempo para que los pulmones del bebé terminen de desarrollarse pero sin que él o la madre corran riesgo de infección, al menos hasta la semana 34”.

Se puede acelerar la maduración de los pulmones aplicándole a la madre, de manera intramuscular, dos inyecciones de corticoides. Cada día se revalúa su estado y el del bebé para detectar cualquier signo de infección. En caso de que lo hubiera, se precipita el parto. Es igualmente posible administrarle a la madre antibióticos durante uno o dos días, pero no serán suficientes para el feto.

Entre las semanas 33 y 36 el bebé no suele necesitar asistencia respiratoria, y la madre puede entonces dar a luz en una sala de maternidad de nivel II (para partos de riesgo alto que no requieren especialistas en forma constante), dotada de una unidad de neonatología o de pediatras y enfermeras que se ocuparán de los cuidados del bebé.

S. Gravier-Jettot

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