Entre la alegría y el baby blues

¿Qué me sucede?

Una nueva realidad El cansancio del embarazo y del parto y los trastornos hormonales no lo explican todo.
La ansiedad ante el bebé puede dar lugar a pensamientos confusos y contradictorios que, por tanto, te debilitan. Los psicólogos hablan de la dificultad de aceptar el nuevo estatus de madre y la pérdida del hijo ideal (tienes derecho a sentirte decepcionada por su sexo o por su aspecto). Además, al convertirte en madre cambias de estatus social.
No siempre es una etapa fácil de franquear, no se improvisa de un día para otro, y puede generar interrogantes y dudas.
Ser madre se construye Para muchas mujeres, el estado de felicidad es inmediato y trasciende al cansancio.
Pese al agotamiento, muchas madres tienen ganas de tomar al bebé en sus brazos, mirarlo y ocuparse de él. Otras, durante estos primeros días oscilan entre las sonrisas y las lágrimas: la alegría ante una mirada del niño y los primeros momentos de descubrimiento mutuo y de admiración que se sienten pueden dejar paso bruscamente a un estado de desasosiego. Y en otras, la felicidad apenas puede aflorar de forma espontánea. Esta etapa de «postnacimiento», sobre todo si se trata de un primer hijo, puede ser incluso un período vivido como una pérdida, incluso como un adiós. Así, el estado de plenitud del embarazo, en que la madre y el bebé eran uno solo, ahora pertenece al pasado. Y las atenciones dirigidas a la madre durante nueve meses a partir
de ahora se centrarán en el recién nacido. No obstante, este recién nacido sin duda es un bebé que llora, que tiene hambre, que se ensucia y del que es preciso ocuparse día y noche. Te imaginabas como una madre ideal, paciente, sonriente, sin dudas ni preocupaciones, y ahora te ves abrumada por esta súbita responsabilidad. Una puede dudar de sí misma, de su capacidad para ser madre ante un pequeño ser totalmente dependiente. Estos sentimientos te desestabilizan un poco, sobre todo porque tu estado general todavía es precario. Y crees, y también temes, que van a durar.

El tiempo, un aliado valioso

Una vez más, todo esto es normal. Algunas mujeres necesitan un poco de tiempo para abordar su nuevo estado de madre. Aunque hayas llevado a este niño nueve meses, ¡es imposible entenderle enseguida, en unas horas o unos días! Para ti es una persona nueva, a la que vas a descubrir con el paso de los días. Poco a poco, distinguirás sus distintos llantos, conocerás mejor que nadie los ritmos de vida y adivinarás lo que él espera. Este «gusto por ofrecer cuidados», muy femenino, está en ti y se irá confirmando con el tiempo. Simplemente es distinto en cada mujer. Así pues, da tiempo a tu hijo y, también, date tiempo a ti misma. Haz las cosas como las sientas, a tu manera, sin dejarte influir necesariamente por los consejos de tu entorno al pie de la letra… A su debido tiempo, esta alegría que esperabas llegará, y seguramente con más intensidad de lo que imaginabas.

El baby blues, o tristeza puerperal, y el llanto incontrolado

No hay nada más desconcertante que lo que se denomina el baby blues. Se supone que estás viviendo el momento más bello de tu vida, todo ha ido bien, el bebé está en plena forma, el padre está radiante… y se te llenan los ojos de lágrimas sin ningún motivo aparente. Este síndrome, que normalmente llega al tercer día después del parto, afecta a una gran mayoría de madres (pero no a todas). A menudo sólo dura unos días, y a veces no pasa de unas horas, como una especie de «crisis de tristeza». Para la madre, este período depresivo es difícil de aceptar porque le resulta inexplicable. Los médicos han observado que se produce en un momento particular, el de la bajada súbita de la concentración de hormonas progestativas, unas hormonas cuyo índice es muy elevado durante el embarazo. Algunos también hablan de una reacción debida a toda la angustia que ha precedido al parto. Sobre todo, no consideres las lágrimas como una señal de debilidad. Llegan (¡o no!) sin que lo esperes, y el equipo de la maternidad, acostumbrado a estos momentos de melancolía, está ahí para ayudarte. Más tarde te reirás de ello, al ver a otras mujeres (a las que habías visto el día anterior sonrientes y alegres con sus bebés) por los pasillos de la maternidad andando como fantasmas y con los ojos hinchados.
Bien rodeada Y si, como puede sucederte, aún estás en la maternidad cuando eso te ocurra, no dudes en comentarlo a la enfermera o a las puericultoras. Te calmará oírles decir que es algo normal, ¡y que muchas otras han pasado por lo mismo! Confía también en tu
compañero: háblale de tu ansiedad, de tus dudas, de tu confusión. Aunque ello le perturbe un poco, apreciará poder prestarte apoyo. Si lo deseas, también puedes compartir ese momento con una amiga próxima, ya madre, que te contará su experiencia y te tranquilizará. Esta pequeña «depre» pasajera no debe confundirse con la verdadera depresión posparto, que es mucho más rara y dura varios meses. Sin embargo, si tu ansiedad y tus crisis de llanto se prolongan, si te asalta un sentimiento de culpabilidad intenso o si estás convencida de que eres incapaz de ocuparte de tu hijo, no te encierres en ti misma. Háblalo enseguida con alguien para que te atienda pronto un especialista. Si se conocen y se siguen bien, estas depresiones posparto pueden tratarse.

El miedo al regreso a casa

Aún estás en la maternidad, en cierto modo segura de saber que si hay algún problema el equipo médico está ahí. Pero, ¿y después? ¿Cómo lo harás una vez sola en casa? Estas preguntas asaltan a muchas madres jóvenes, aterrorizadas por la idea de «no saber». Para empezar, no estás sola. Tu compañero estará contigo por la noche y los fines de semana, y durante su permiso de paternidad, tanto si lo toma cuando nace el niño como un poco más tarde. Entre los dos es más fácil. Por otra parte, el equipo que te ha acompañado seguramente estará disponible para responder a tus preguntas, por teléfono, por ejemplo. Te conoce y conoce a tu bebé, y podrá serte útil en los momentos de duda, o incluso para abordar aspectos prácticos. Antes de irte de la maternidad, pregunta si puedes llamarles. A menudo es reconfortante saber que puedes contar con su asesoramiento, pese a que en la mayoría de casos no se hace. Si pese a todo no consigues calmarte y tus temores están demasiado presentes o son demasiado fuertes, puedes plantearte la posibilidad de tener compañía en tu domicilio (por ejemplo, una comadrona que trabaje por su cuenta) durante los primeros días, o también puedes pedir a una amiga que ya sea madre que pase a verte de vez en cuando.

Otros contenidos del dosier: Postparto

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