Plantarle cara a la infertilidad

La asistencia médica a la procreación (AMP) representa una de las mayores revoluciones en el tratamiento contra la infertilidad. No obstante, aunque los tratamientos han avanzado a ritmos vertiginosos, la infertilidad constituye un problema de gravedad capital para muchas pareja y suele desencadenar crisis importantes que con frecuencia requieren de apoyo psicológico.

La toma de conciencia de la infertilidad

La mayoría de las parejas que se topan con dificultades para tener hijos se muestran al principio muy sorprendidas. En efecto, muchas creen que el embarazo llegará de manera natural una vez que suspendan el tratamiento anticonceptivo. Pero cuando no es el caso hay cuestionar algunos elementos: la familia, el sentido de la vida, el matrimonio…

Es habitual que se subestimen las consecuencias psicológicas que provoca el descubrimiento de la esterilidad. Cuando traer un hijo a este mundo se vuelve una obsesión, cuando la herida narcisista se alía con un sentimiento de culpabilidad y de impotencia, la persona se siente diferentes a los demás, excluida. Así le sucede a Bárbara, 32 años, que admite sentirse muy deprimida cada vez que alguna amiga se queda embarazada. “Lo encuentro profundamente injusto”, asegura. Descubrir que una función natural en los demás se vuelve difícil en uno provoca mucha conmoción. Sea cual sea el diagnóstico médico –infertilidad del hombre o de la mujer–, lo mejor es consultar juntos. Una opinión que comparte la doctora Anne de Kervasdoué en su libro Cuestiones de mujeres (Alianza Editorial). “La primera vez debéis ir juntos al médico, sabiendo que las exploraciones y los tratamientos seguramente serán compartidos”.

Los exámenes médicos de la infertilidad

Los avances en la AMP han permitido aumentar la diversidad y la disponibilidad de las intervenciones destinadas a asistir a las parejas que buscan un embarazo. Gracias a un conjunto de exámenes que brindan información al médico, éste puede identificar el problema y proponer el tratamiento más adecuado. Sin embargo, se trata de exámenes tediosos, a menudo estresantes y que pueden volverse muy invasivos. Pero pese a su carácter intrusivo, este fase es primordial. Y es importante saber que puede venir acompañada de culpabilidad, rabia, vergüenza… Sentimientos todos legítimos. Pero viéndolo de manera positiva, más identificación significa mayor adecuación del tratamiento. Sea gracias a la inseminación artificial con esperma del cónyuge, fecundación in vitro o inyección intracitoplasmática de espermatozoides, la perspectiva de encontrar un solución suele ser muy reafirmarte. La decisión acerca de qué tratamiento seguir será tomada entre los miembros de la pareja y el médico.

Ahora bien, existe un 10 por ciento de las parejas cuya infertilidad no tiene motivos aparentes y la ausencia de un motivo concreto provoca mucho estrés. En estos casos no hay que dudar en consultar con un médico. “Ante una infertilidad, se aconseja reflexionar acerca de un mismo”, propone Kervasdoué. De manera inconsciente, puede suceder –aunque es raro– que algunas mujeres se sientan divididas entre el deseo de tener un hijo y un cierto rechazo al embarazo. Si éste fuera el caso, lo mejor es frenar los exámenes y los tratamientos cada tres o seis meses. Es frecuente que una mujer, durante los intervalos, se quede embarazada.

Acompañar el tratamiento de la infertilidad

Los tratamientos contra la infertilidad suelen suscitar muchas esperanzas. Sin embargo, y sin ánimo de ser fatalistas pero sí realistas, pueden igualmente comportar muchos fracasos, los cuales desestabilizan a la pareja

enormemente. “Hay que ser muy sólidos para soportar los fracasos repetidos y comenzar el mismo recorrido una y otra vez”, previene Haddou. Y menciona que el proceso de pruebas puede unir a la pareja o desintegrarla. Evaluaciones, tests, verificaciones… La vida termina girando en torno a los resultados; una situación que puede dañar el vínculo entre los dos cónyuges. Desde el hospital Paule de Viguier de Toulouse, Francia, que comprende un centro de asistencia médica a la procreación, recomiendan consultar con un psicólogo que pueda ayudar a vivir mejor el tratamiento. “Hemos hecho seis sesiones de inseminación artificial”, admite Katia, 37 años. “Hemos reído durante las sesiones de masturbación en el laboratorio y llorado cada vez que no funcionaba. A la sexta vez, la vencida, bebimos champán”. Es importante escuchar a la pareja, ser paciente y documentarse. Mantenerse informado permite sobrellevar los momentos de duda o desánimo.

C. Maillard

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