Cuidados para tus pies

Descalzarse

Cuando tenemos ocasión de descalzarnos, experimentamos lo cómodo que es, siempre y cuando estemos en el sitio adecuado, claro. Es un descanso y un placer. Al estar en contacto con la tierra o el suelo percibimos algo muy realista y auténtico, tanto como nuestra propia biología: estamos diseñados para ir descalzos.

Nos sentimos más libres y relajados, volvemos por unos momentos a una sencillez que nos hace incluso respirar mejor y hasta cambiar de humor. Esta sensación es mucho mayor si lo hacemos en un suelo sinuoso que incite al pie amoldarse, como la arena de la playa, mejor que una superficie lisa y artificial.

Múltiples beneficios

En las plantas de los pies hay muchas terminaciones nerviosas, que al ser estimuladas de esta forma y en mayor cantidad, dan, además de impulso de vuelta hacia el sistema nervioso en general, una nueva activación de éste y por lo tanto de todos los órganos y demás sistemas, ya que están todos interrelacionados.

Asimismo se ponen en marcha otras cadenas musculares antes adormecidas que se ven fortalecidas, favoreciendo a la vez el sistema óseo y repercutiendo a la larga en una mejor postura.   

Un termostato natural

Gracias a estas terminaciones nerviosas disponemos de unos buenos sensores ambientales, ya que al percibir directamente la tierra detectamos además de las texturas y su dureza o suavidad en todas las gamas, las temperaturas: el frescor o frío, el calor o la calidez. Estas percepciones repercuten en la respuesta de todo el organismo, abriéndolo por un rato a regulaciones térmicas distintas de las habituales, activando la circulación, y también el sistema de defensas.

¿Cumpliría igual sus funciones un termostato cubierto con una manta para resguardarlo del polvo y otra capa más de otro tejido más fuerte para amortiguar los golpes? No, por lo que de vez en cuando es saludable andar descalzo.

Señales de que algo no anda bien

A parte del dolor en los pies, hay síntomas de que algo no estamos haciendo bien. Las durezas, los juanetes, o los callos en ellos nos indican que los pies no trabajan bien. Las causas pueden ser múltiples: desde un calzado incorrecto a cuestiones óseas, articulares, o músculo-tendinosas, por traumatismos, enfermedades degenerativas o costumbres posturales. El hecho de que caminemos más con el puente o con el lado externo también influye a su vez en las estructuras óseas y musculares de la pierna, ocasionando dolores y rampas.

La propensión a los hongos, problemas con las uñas, descamaciones o bolsas de líquido son debidas mayormente a la humedad excesiva o la utilización de calcetines o calzados de composiciones que no dejan transpirar.

Cuidemos los pies

No esperemos a que nos duelan para cuidarlos: baños, cremas, masajes, pedicuras, calzado correcto, ejercicios, etc.… Simplemente aprendamos a no torturarlos y a darles todo eso que necesitan.

Si no tenemos ocasión de andar por lugares naturales como la arena, césped, o roca fina, podemos sustituirlos por elementos irregulares a pisar. Éstos pueden ser: un tronco de alcornoque, sobre el que dar pequeños pasos, una cuerda echada al suelo de cualquier manera y pasearse por ella, o el clásico cojín relleno de piedrecitas de la playa.

Otra manera de dar elasticidad a los numerosos músculos y tendones de la planta es con ayuda de una pelota pequeña, jugando con ella sobre el suelo sin despegarla. También la podemos presionar dos o tres veces contra el talón, por ejemplo, e ir subiendo por el centro y luego por los laterales.

Ejercicio de enraizamiento

Para tomar conciencia de los pies en la tierra, basta colocarlos paralelos, sin tensar las rodillas y llevar el peso hacia delante, hacia el cojinete, y hacia detrás, el talón. Una vez “pegados” estos extremos en el suelo, imaginar cómo un tornillo gigante en el centro de la planta se enrosca suelo a fondo y aparecen miles de raíces que nos hacen sentir como un árbol. Cuando volvemos a andar, colocamos mejor los pies en el suelo.

Otros contenidos del dosier: Masajes

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