Dismorfofobia: ¡la fealdad imaginaria!

¿Te sientes horroroso y, a pesar de las artimañas y las estrategias desplegadas, te resulta imposible aumentar tu autoestima? ¿Y si todo está en tu cabeza?

Miedo de uno mismo

Tal y como su nombre indica, la dismorfofobia es una fobia, pero no tiene nada que ver con el vértigo, las serpientes o las arañas. Aquí, lo que te aterra de forma irracional es tu propio cuerpo. En efecto, todos nosotros tenemos, en algún momento u otro, ciertos complejos con los pies, la cintura, la nariz, los pechos… Pero el problema sucede cuando esto se convierte en una obsesión. Aquella o tal parte del cuerpo se convertirá en deforme cuando tú la mires, ya sea la nariz, las nalgas, los pechos… Y esto se transformará en la sensación que los demás sólo ven eso de ti y cuchichean sobre ello a tus espaldas. No habrá un día que pase sin que pienses en esa parte de tu cuerpo que te resulta “vergonzosa”. Llegados a este punto, el problema se convierte en un verdadero obstáculo social.
La anorexia es, por otro lado, una forma extrema de la dismorfofobia: sea cual sea su peso, el anoréxico o anoréxica siempre cree que está demasiado gordo o gorda y siente que tiene que adelgazar.

Adolescentes en primera línea

¿A quién le afecta este trastorno sobre sí mismo? No se conoce con exactitud la proporción de la población afectada por este mal, pero algunos estudios norteamericanos avanzan que una persona entre 50 tiene especial fijación sobre su físico. Esta enfermedad afecta especialmente a las adolescentes y a las jóvenes adultas.
Las causas de este trastorno se desconocen. Se trata de una ansiedad que se expresa en una focalización de una parte del cuerpo.
La dismorfofobia suele asociarse con otros trastornos psicológicos: depresión, trastornos del comportamiento alimenticio, trastornos maniaco-depresivos, ansiedad, trastornos obsesivos compulsivos y otras fobias (agorafobia sobre todo).

Un tratamiento adecuado

No, el principal tratamiento de la dismorfofobia no es la cirugía estética. Ya que el problema está en el interior, cambiar el exterior no resolverá nada. En el peor de los casos, la persona aún se verá más horrible que antes; en el mejor, desplazará el problema a otra parte del cuerpo. El tratamiento de referencia es, sin duda, la psicoterapia. Pero la principal preocupación es convencer al enfermo de que necesita acudir a un psicólogo. Para él, el problema físico es real y no imaginario.
Pedir ayuda al médico de cabecera para facilitar la toma de conciencia a veces puede resultar útil. Una vez esta etapa ya esté superada, la terapia te permitirá abordar la raíz del problema. En este caso, las terapias comportamentales y cognitivas han demostrado su eficacia. Los tratamientos médicos (antidepresivos) pueden recetarse en algunos casos concretos.
Al cabo de unos meses, la autoestima volverá a aparecer y los defectos imaginarios habrán desaparecido.
A. Sousa

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