Dispuesta a todo por complacer

"Todos somos más o menos dependientes afectivos", afirma la psicoterapeuta Sylvie Tenenbaum. Ser conscientes de esta necesidad obsesiva es un paso hacia relaciones más armoniosas, empezando por la relación con uno mismo.

El punto de partida de la dependencia afectiva

Por supuesto, la dependencia afectiva no sobreviene por casualidad. «En principio, se trata fundamentalmente de niños que no han recibido suficientes manifestaciones de afecto», señala la terapeuta. A menudo, cuando son pequeños no les falta nada, claro que desde un punto de vista material. Por otra parte, probablemente han integrado mensajes del tipo «sé amable, ya sabes que mami está cansada» o «deja a tu padre tranquilo, ha tenido un día difícil». Resultado: el niño aprende a lo largo del tiempo a quedar siempre relegado a un segundo plano. De joven, se acostumbra a tener en cuenta el cansancio de su madre, las preocupaciones de su padre, e incluso el sueño de su hermana pequeña…

Cuando es adulto sigue creyendo que, para que lo quieran, debe satisfacer las necesidades de los demás; esa es su prioridad. Incluso acaba por confundirlas con las suyas. Resultado: ¡depende considerablemente de lo que piensen los demás!

Miedo de estar solo

Carmen es soltera. Su pasión es escribir, una actividad solitaria que sustituye por los chats en los foros o por largas conversaciones al teléfono con sus amigos. «La dependencia efectiva va acompañada de una verdadera dificultad de estar solo», explica Sylvie Tenenbaum... ¡La atención de los demás es vital! Ir solo al cine o a un restaurante es una posibilidad que no se plantea. En su día a día, estas personas recurren con mayor frecuencia que las demás a las nuevas herramientas informáticas de comunicación (en otras palabras, a las redes sociales).

En el trabajo, necesitan solicitar la opinión de los demás con demasiada frecuencia, o bien dedican su tiempo a intentar ayudar a los demás. A menudo bajo el pretexto de la amabilidad. En realidad, buscan constantemente demostraciones de afecto y gratitud. 

La angustia de la discordia

Jaime no sabe decir no. Su ex lo llama cuando tiene un problema, un amigo se presenta de improviso y él responde «¡aquí me tienes!». Y, por supuesto, la mayor parte de las veces en perjuicio de sus necesidades. «Los dependientes afectivos no se toman en cuenta. Dispuestos a todo por complacer, tienen una capacidad de adaptación muy elevada. ¡Son auténticos camaleones!», explica la psicoterapeuta. «Como quieras» podría ser su credo relacional; su existencia se supedita a los deseos de los demás.

Esta es la razón por la que responden ante la mínima desavenencia en tono dramático, lo que va añadido al sentimiento de que han perdido el afecto del otro. Al final, no saben quiénes son realmente, lo que les gusta, y lo que necesitan.

Expectativas jamás satisfechas

El drama del dependiente afectivo es que nunca está satisfecho con lo que le damos. «Siempre está decepcionado, porque no recibe tanto afecto como le gustaría», declara Sylvie Tenenbaum. Con independencia de las manifestaciones de afecto que reciba, o bien nunca son las buenas, o bien nunca son suficientes. Dispuesto a todo por complacer, nunca se siente valorado en su justa medida; él que hace tanto por los demás…

Resultado: su insatisfacción crónica lo obliga de un momento a otro a comportarse de una forma totalmente distinta, llena de reproches. Así, desconcierta completamente a una amiga, a la persona amada o a un compañero de trabajo, hasta entonces acostumbrados a su extrema amabilidad. Sorprendidos, estos últimos pueden distanciarse, lo que, aunque sea momentáneo, contribuye a sembrar el desconcierto en el dependiente afectivo, quien se siente rechazado… En realidad es un círculo vicioso.

Escapar de la dependencia afectiva

En terapia, es obvio que los dependientes afectivos no suelen definirse como tal. En general, la problemática gira en torno a la dificultad de hacer amigos, de trabar amistad con los compañeros de trabajo o de entablar relaciones amorosas. Siempre se quejan de que nadie los valora suficientemente, o peor, ¡de que no gustan a nadie! «Hay que hacerles entender que son amables y que no tienen que hacer tantos esfuerzos», añade la psicoterapeuta.

Conocerse mejor les va a ayudar a saber cuáles son sus propias necesidades, a permitirse satisfacerlas, así como a elevar la autoestima. Con cierta frecuencia, un seguimiento terapéutico es necesario para que sean conscientes de que, al fin y al cabo, ellos mismos son los responsables de su felicidad, y de que la felicidad no depende de la atención o no que les presten los demás.

C. Maillard

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