¿Te hierve la sangre con facilidad? ¡Mejor!

Hoy en día, emociones como la alegría, la tristeza o el miedo se aceptan sin inconveniente, mientras que el enfado tiende a disimularse porque molesta. Si demostramos la ira, los que nos rodean muy probablemente nos tacharán de histéricos. Así que la reprimimos. Y sin embargo, la vida está llena de situaciones que nos cabrean.

Las razones de la ira

Cogierse una rabieta es una emoción excelente, afirman los psicoterapeutas. Es, a la vez, una señal de alarma y un límite que debe ser respetado. Indica, en definitiva, un deseo de cambio. Según la psicóloga americana Harrite Goldhor Lerner, “la ira es una reacción fuerte de descontento, consecuencia de una frustración, de una situación que se juzga injusta”. Es decir, aparece cuando las necesidades o los deseos no se ven satisfechos. Escuchar el enfado propio es un impulso de vitalidad, sobre todo porque ocultarlo puede salirnos caro. Enfadarse en silencio es malo para la salud. Cuando almacenamos ira corremos el riesgo de vernos desbordados por el estrés y, en última instancia, deprimirnos. Expresándola liberamos montones de hormonas, entre ellas adrenalina, que favorece la acción.

Pagarlo con los demás

Guardarse la ira para uno mismo puede tener otra consecuencia: sacarla en situaciones poco justificadas (con un amigo que se retrasa unos minutos o con un colega de la oficina que bloquea la fotocopiadora, etc). Una conducta que tu entorno no tardará en etiquetar de agresiva o insensata. Con frecuencia, la persona se verá tentada a adoptar la estrategia del “triángulo”, sobre todo en las empresas. Lo que sucederá entonces es que descargará en Gema su malestar con Carla, en lugar de comunicárselo a ésta directamente.

Expresar la agresividad

Correr, meditar, morderse la lengua o contar hasta diez… Cualquier acción sirve para controlar la ira. La dificultad consiste en encontrar el justo medio entre contenerse y resultar agresivo. Hemos de saber que expresar la cólera requiere aprendizaje.

Reflexiona mucho, muévete poco

Cuando nos enfadamos, lo mejor –antes de proferir una sarta de improperios­– es reflexionar bien acerca de la nueva situación que queremos establecer. Por su naturaleza impulsiva, la iranos empuja a actuar rápidamente, lo que no siempre es aconsejable. De manera que antes de montar una escena, jerarquicemos las quejas y preguntémonos: ¿qué es lo que de verdad nos enfada?, ¿qué deseamos?

Haz partícipe de tus quejas a la persona que las provoca

¿Estás enfadada con alguien? Díselo. Pero antes, sé franca. En lugar de sonreír y lanzar indirectas, enuncia tus quejas y hazlo siempre en primera persona. Utiliza el “yo” y, sobre todo, no metas a un tercero. En vez de decirle a tu colega de oficina que el ruido que hace en la reuniones “es desquiciante”, dile que “no soportas su comportamiento”. Las críticas anónimas no hacen más que aumentar el sentimiento de frustración.

C. Maillard

Otros contenidos del dosier: Controlar las emociones

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