El miedo a ser como nuestros padres

«Las actitudes de mi madre me ponen de los nervios, pero, cuando lo pienso con perspectiva, me doy cuenta de que yo actúo de la misma manera. Lo intento todo para no ser como ella», nos explica Sarah, dependienta en una tienda de Estrasburgo (Francia). «Mis padres tenían un restaurante, trabajaban sin descanso y no tenían tiempo de hablar […]. Yo no sé lo que son las comidas en familia. Después, vendieron el negocio y mi madre quiso empezar a organizar encuentros familiares, pero yo no quise responder a sus invitaciones. En cambio, siempre la he admirado por su vida profesional. Con los años, me he dado cuenta de que tengo la misma devoción que ella por el trabajo», analiza la joven.

El comportamiento de los padres forja la personalidad de los hijos

«En lo que nos cuenta Sarah, existe una ambivalencia muy marcada. Quizás había momentos de buena disposición por parte de sus padres que alternaban con los momentos de rechazo. Así pues, ella no se ha construido dentro de una continuidad. Puede que, en el ámbito social, el progenitor reciba aprecio y se lo valore y que, en el círculo familiar, no tenga buena voluntad. Para el hijo, puede ser difícil separarse del vínculo con su progenitor porque lo admira por su trabajo y, a la vez, lo teme por su falta de disposición», analiza Hélène Romero.

«Para crecer bien, un hijo necesita un padre que lo proteja, le proporcione seguridad y lo ayude a desarrollar su autoestima. No basta con querer al hijo. Los padres que abusan de sus hijos los quieren, igual que aquellos que los sobrecargan de actividades extraescolares. Por tanto, no es tanto el amor como la seguridad psíquica lo que permite a un niño crecer en armonía y serenidad consigo mismo, los demás y su entorno», añade la psicopatóloga.

Vínculo con los padres: admirar o rechazar su modelo

«Si el hijo ha crecido bajo la protección de padres atentos, orgullosos de él, que valoran lo que hace y lo quieren, no experimentará dificultades en el tránsito a la vida adulta identificándose con esta imagen positiva de sus padres. Por el contrario, si no le han prestado la debida atención o lo han maltratado, uno o ambos han traicionado los lazos de confianza […], la imagen parental se conllevará como un peso, un sufrimiento del que se puede tardar años en liberarse», explica la especialista.

Al alcanzar la edad adulta, la calidad de los vínculos que se han establecido o no con los padres se ven sometidos a una prueba, sobre todo en ciertos momentos de la vida. «Las relaciones sentimentales, el nacimiento de un hijo, una enfermedad, un duelo, el envejecimiento de los padres son periodos en el que el individuo busca referencia en lo que conoce: referencias que le han proporcionado los que lo cuidaron de niño, es decir, sus padres. En situaciones así, el parecerse físicamente o en la personalidad a los padres puede convertirse en una auténtica herida e hipotecar el futuro del hijo, sobre todo cuando los padres que no han sabido comportarse como tal gozan de una imagen social positiva», detalla Hélène Romano.

El miedo a sufrir como los padres

Se puede tener miedo de ser como el padre joven, pero también de ser como el padre que envejece y tiende a ponerse enfermo. Cada miedo presenta implicaciones diferentes. «Algunas personas tienen miedo a ser como sus padres en las actividades de la vida, mientras que otras lo tienen a acabar su vida como ellos. En este último caso, nos encontramos ante cuestiones de las condiciones en las que transcurre el final de la vida. Esas personas temen sufrir los mismos males. Tener miedo a ser como una persona cascarrabias no es lo mismo que el de aquellos que han sufrido un trauma con padres maltratadores. Cuanto antes de exprese el temor, mayor significa que es el sufrimiento en el vínculo padre-hijo», destaca nuestra especialista.

Según Hélène Romano, el miedo a ser como nuestros padres no es más típico en hombres que en mujeres. Paul, encargado de mantenimiento de 32 años, nos cuenta: «Por lo general, no tengo miedo a parecerme a mi padre, pero se manifiesta en ciertos detalles, como ordenar las herramientas. Mi padre es desordenado, por lo que yo procuro mantener el orden, a veces al extremo, porque me doy cuenta de que lo que la naturaleza da nadie lo borra. Es como si fuera hereditario […]. Físicamente me parezco a él, salta a la vista cuando veo las fotos de él con mi edad. Sin embargo, quiero mantener la estatura que tengo ahora, ya que él está empezando a encoger con los años».

Crear un modelo propio seleccionando referencias positivas

«En terapia, se enseña a ser uno mismo, a no depender de modelos pasados, lo que implica construirse para sí mismo y hacer el duelo de un padre abusador o maltratador. Ser actor de la vida de uno mismo significa decidir lo que queremos conservar y lo que no de las referencias positivas y negativas. Es inevitable proceder a una selección. De lo contrario, los hijos serían clones de sus padres», aclara la doctora Romero. Hablar con el progenitor, independientemente de su edad, puede servir para deshacer los lazos de sufrimiento. «No obstante, solo funcionará si el padre no niega el sufrimiento del hijo y es capaz de escucharlo, oír su desamparo, mostrar un mínimo de autocrítica, disculparse y pedir perdón, lo cual no es muy común», añade Hélène Romero.

Por lo general, el hijo, ya adulto, que no consigue hacerse escuchar y entender por su progenitor […] no encuentra otra solución que despedirse de ese padre tan esperado. En algunos casos, este duelo implica una ruptura con la familia que evita las falsas apariencias y las mentiras. No es el niño el que tiene que atraer el amor de su progenitor, no ha pedido nacer. Corresponde al padre saber ponerse al nivel de su hijo y amarlo toda la vida, en cualquier circunstancia. De lo contrario, el hijo se vuelve huérfano, con lo que ser como quien no ha sabido quererlo es una prueba vital insoportable», concluye la doctora Romano.

C. Clémentz

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