Tengo un hijo preferido: ¿es normal?

“Cuando se les pregunta a los padres si tienen un hijo favorito, la respuesta suele ser un silencio avergonzado o, por el contrario, risas”, admite Sellenet. ¡Cómo si eso solo pudiera pasarles a los otros! Sin embargo, la pregunta del hijo favorito es recurrente en los foros, y parece rondar en la cabeza de los progenitores, que fluctúan entre la culpa y la negación.

Pese a todo, la preferencia por un hijo existe desde tiempos inmemoriales: en la Biblia, en los mitos o en los cuentos. Entonces, ¿por qué tanta vergüenza? “A partir del siglo XX, la educación se inscribe dentro del principio de igualdad”, precisa Sellenet. Debemos querer a todos los niños por igual, lo que supone eliminar cualquier preferencia.

Hijo preferido: signos sutiles y flagrantes

“El hijo favorito recibe muchos indicios de su posición privilegiada”, reconoce la experta. De manera más o menos consciente, el padre establece una mayor proximidad física con el hijo predilecto, dejándole que se siente más cerca de él en la mesa, acompañándole en sus actividades… La cercanía también es psíquica: es con ese hijo con quien se charla de sus aficiones, de sus compañeros o de lo que le ocurre en el colegio.

Sellenet también señala el uso de palabras cariñosas para referirse al hijo mimado. “No es raro que se lo califique de tesoro o, en el caso de una niña, de princesa”, mientras que al resto se les llama por su nombre.

El preferido ocupa un lugar central y privilegiado. Se le suele tratar de manera más benevolente cuando comete un error y se le valora haga lo que haga.

Distintas preferencias

La preferencia suele basarse en el amor que siente un padre por el hijo que más se le parece. En efecto, “los padres tienen tendencia a preferir al hijo que presenta rasgos semejantes a los suyos, ya sean físicos o psíquicos”, explica la psicóloga. Este último le devuelve una imagen de sí mismo teñida de narcisismo. El hijo es, de alguna manera, una representación en miniatura del padre.

La preferencia también puede estar relacionada con el sexo de los descendientes. “Una niña que llega después de dos varones, por ejemplo, va a cristalizar los sueños de la madre”, reflexiona Sellenet.

Pero hay otros elementos que también pueden entrar en juego, como el orden de nacimiento. “El mayor puede ser el favorito porque es el que ha convertido a sus progenitores en padres por primera vez”, analiza la experta. Y a la inversa, el que pone fin al ciclo procreador puede ser el que más vínculos tenga con los padres.

También están las llamadas preferencias de compensación, como las que se desarrollan por los hijos que son muy vulnerables, a causa de una enfermedad o una minusvalía, por ejemplo.

Ser el favorito, ¿suerte o carga?

Ser el mimado de la familia comporta beneficios, claro, pero también inconvenientes. Desde el punto de vista de los cimientos narcisísticos, el preferido es un privilegiado, “un conquistador”, bromea la experta. Pero este estatuto lleva implícitas ciertas condiciones: cumplir con las expectativas de los padres. Este hijo es el depositario de todas las fantasías de éxito de sus progenitores.

Ser el favorito también puede despertar un sentimiento de “deuda”. Los padres esperan que el hijo al que le han dado todo les devuelva el favor, ya sea siendo su confidente, su bastón en la vejez, etc. Expectativas que pueden entorpecer su autonomía.

La relación con los hermanos también puede resentirse, principalmente por culpa de los celos. Los hermanos pueden cogerle manía al favorito, o utilizarle para obtener favores de los padres. En conclusión: ser el elegido no es fácil.

Lo mejor para el hijo favorito y el equilibrio en su relación fraternal es reconocer la preferencia. “Ir en contra de cierta afinidades naturales me parece difícil”, admite Sellenet, que se vuelca más por una educación centrada en la equidad. Es decir, una educación que tenga en cuenta las necesidades de cada uno. “La preferencia es humana, culpabilizarse no sirve de nada. Sin embargo, cuando es muy manifiesta, restablecer la equidad se vuelve indispensable; de esa manera se evitarán los efectos tóxicos que hemos descrito. Cada hijo es singular”.

C. Maillard

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