Mi madre, modelo de feminidad

Muchas de vosotras habréis vivido ese momento en que vuestra madre os dice: «Cuando seas mujer...» sin saber muy bien de qué os está hablando. Sin embargo, el memorable día termina por llegar. En la pubertad, tras las primeras reglas, se permitirá un «ya eres mujer», sin que por ello consigamos desvelar el misterio de la feminidad.

En su obra dedicada a las relaciones madre/hija, la psicoanalista Malvine Zalcberg nos descubre el camino que toda niña tendrá que recorrer para que esta atribución de la feminidad adquiera sentido. Un camino no tan fácil para la madre.

El pudor, una transmisión inconsciente

Por mucho que avancemos en la batalla de la igualidad entre mujeres y hombres, Freud ha marcado nuestra psique tal y como nos lo explica a continuación la psicoanalista Malvine Zalcberg. Según su teoría de la castración, la inevitable ausencia de falo conlleva una carencia que es necesario «suplir». Este es el sentido que se le atribuye al pudor, un sentimiento básicamente femenino cuya finalidad es ocultar el cuerpo de la mujer o, al menos, una parte. Es, asimismo, la razón de que a la mujer se le exija alimentar ese misterio para ser objeto de deseo.

Aparentemente, el mayor exhibicionismo de la sociedad actual hace que los códigos cambien, llegando incluso a declarar el impudor como símbolo de una feminidad libre. Sin embargo, la  realidad es que la feminidad sigue siendo un enigma transmitido por las madres. Y en una sociedad occidental con grandes rasgos masculinos (con sus espacios reservados, la lucha por los derechos sociales...) no es del todo fácil transmitir la esencia de lo femenino, considerablemente reprimido aún.

Curiosear a escondidas, necesario para la exploración del universo femenino

Es totalmente natural que una niña sienta la necesidad de penetrar en el mundo femenino de su madre. Que se sienta atraída por curiosear a escondidas los cajones, los armarios o cualquier otro sitio susceptible de encerrar objetos personales de su madre. Perfumes, telas, joyas... son muchos los elementos que pueden provocar interés dentro del enigmático universo femenino. Según Malvine Zalcberg, «lo mejor que puede hacer la madre es acompañar a su hija en el gusto e interés hacia dichos objetos mostrándole cómo ella misma los utiliza. Incitar a su hija a adoptar una determinada forma de coquetería. Eso sí, estableciedo límites y de manera estructurada».

Sin embargo, no siempre es posible. Algunas madres no han experimentado nunca la exteriorización de su feminidad ni alimentan ese gusto hacia el universo «femenino». Puede ocurrir, igualmente, que la niña reavive rivalidades entre hermanas... Son numerosos los elementos que confunden las pistas de la feminidad para la niña.

La adolescencia: los límites a imponer

Los años anteriores a la adolescencia son una fuente de encantamiento... Sin embargo, los cambios son inevitables. Con el tiempo, la joven buscará diferenciar su cuerpo del de su madre. ¿Su nuevo objetivo? Apropiarse de su feminidad y acceder a su propio cuerpo, ese que despierta el deseo masculino. Llegados a este punto, le quedará todavía superar lo que Freud llama «la catástrofe» de la separación de la madre. Una adolescente puede encontrarse con ciertas dificultades a la hora de desvincularse de la protección materna, lo que la llevará a buscarla inconscientemente en sus relaciones.

La psicoanalista Malvine Zalchberg es rotunda: «Para ayudar a su hija, la madre debe estar preparada para el duelo ante la pérdida del cuerpo infantil de su niña en el momento en el que esta desee convertirse en mujer». La joven suele generalmente mostrar el deseo de dejar de ser la niña de mamá para ser ella misma una mujer durante la adolescencia.

El fenómeno de culto de los valores juveniles puede complicar este proceso, sobre todo si la madre se conserva bien físicamente. Lo realmente importante es que exista una diferenciación entre ambas para que la hija pueda encontrarse.

Madre incómoda con su feminidad

La feminidad no es innata como lo demuestra el hecho de que muchas mujeres/madres no se sienten cómodas con la suya propia, lo que dificulta su transmisión. Sin embargo, una simple concesión puede abrir las puertas al desarrollo interior de la niña. La clave: proporcionarle otros modelos diferentes. Modelos que no necesariamente tienen que ser los que nos venden todos los días. La psicoanalista France Schott-Billmann, autora de una obra dedicada a lo femenino del ser, nos da algunas pistas. «Cuando la sociedad nos proponga exhibición, refugiémonos en lo íntimo. Buscar nuestro interior podría acercarnos a la esencia de lo femenino».

Se trata precisamente de llegar a la edad adulta pudiendo desarrollar la presencia de sí misma, reservar tiempo a la contracultura, cambiar lo rentable por aquello que nos emociona, poetizar el mundo, sentirse en conexión con los ciclos naturales. La feminidad se adquiere a medida que exploramos nuestro cuerpo y nuestro interior.

C. Maillard

Otros contenidos del dosier: Psicología en la adolescencia

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