Escuchar a los demás para entendernos mejor

Si bien las técnicas modernas han desarrollado situaciones y medios para comunicarnos, nuestra capacidad de escuchar a los demás no ha mejorado, sino más bien todo lo contrario.
La falta de tiempo, el estrés sonoro y la proliferación de informaciones de todo tipo han convertido nuestro oído en un parásito. Este tipo de parásitos puede generar grandes problemas de comunicación en parejas, familias, o incluso en un entorno laboral…

Así pues, los espacios de escucha se han multiplicado y la mayoría toma el atajo del teléfono: casi todo el mundo habla y escucha por teléfono, adolescentes, padres, mujeres… Cada vez son más los centros de estudios que imparten cursos de formación sobre el tema y hoy en día hay muchos profesionales de la escucha, al igual que trabajadores sociales o psicoterapeutas.
Ya hayamos perdido nuestro “oído” natural, o no seamos capaces de escuchar, tal y como el señor Jourdain solía decir, debemos intentar escuchar con total inocencia.  

Qué nos impide “escuchar bien”

Además de los factores propios de la evolución de nuestra sociedad, hay otros elementos que pueden afectar a la calidad de nuestro oído.

Por ejemplo, es difícil prestar atención a alguien:

  • Si nos preocupan nuestros problemas personales,
  • Si estamos impacientes, distraídos o incluso si el tema nos fastidia,
  • Si tenemos algún malestar físico, como hambre o cansancio,
  • Si tenemos algún prejuicio o sentimos antipatía por la persona con quien charlamos.

Por último, no hay nada más perjudicial para el oído que querer imponer de forma sistemática un punto de vista propio.

El entorno también puede alterar nuestra escucha (el calor o la incomodidad, por ejemplo), e incluso el modo en que el otro se dirige a nosotros: si está confundido, si habla por los codos, si nos proporciona demasiada información al mismo tiempo, si el tono de voz es monótono, sin carece de expresión…

A pesar de todos estos obstáculos, ¿existe algún modo de mejorar nuestra forma de escuchar?

¿Cómo cultivar “el arte de escuchar”?

Sea quien sea la persona que se dirige a nosotros, escucharla nos exige movilizarnos, dejar a un lado todo lo que nos pasa por la cabeza y estar por la persona que nos está hablando.

Escuchar es a la vez acto y presencia. Acto porque hay que vigilar y prestar atención: el verbo escuchar proviene del latín “auscultare”, que significar “estar atento a”, lo que se podría traducir por escuchar y comprender.

Acto porque también implica una intención, precisamente la de escuchar y comprender lo que el otro quiere decirnos. Ahora bien, para poder seguir el hilo de la conversación y asimilar el mensaje, también es necesario saber dónde estamos, con quién estamos y adaptarnos a la situación. Por ejemplo, no escuchamos del mismo modo a nuestro jefe que al amor de nuestra vida.

Escuchar también es presencia porque si tenemos la mente en otro sitio, el otro hablará solo. Prestar atención a alguien implica estar ahí, disponible (tanto física como psíquicamente), dispuesto a escuchar la palabra del otro, dispuesto a dejarle el tiempo y espacio suficientes para que sea sí mismo, para existir. En este espacio, no solo es básico que haya alguien, sino que podamos dejar a un lado nuestras preocupaciones, nuestras certezas, nuestros prejuicios, nuestros temores, e incluso nuestros tabúes si es necesario.

Silencio para escuchar

Escuchar a alguien supone adaptarse a su forma de ver las cosas, de sentirlas, y de silenciar nuestra opinión. Pero no se trata de cualquier silencio… Hay silencios que implican ausencia o desaprobación, pero también hay silencios que dan a entender que escuchamos lo que nos están diciendo: quien habla jamás se equivocará.

Una escucha atenta e inteligente no siempre ayudará a descifrar los misterios del otro, desde luego. Pero puede mejorar considerablemente nuestras relaciones. Ya sea íntima o solo ocasional, una “buena” escucha tiene el poder de acercarnos los unos a los otros, de resolver los conflictos y las angustias, de humanizarnos al fin y al cabo. Y es que el sufrimiento nace del hecho de no poder expresarse.

Así pues, ¡a escuchar se ha dicho! Escuchemos al menos a las personas que más queremos, concedámosles su “espacio de hospitalidad”… ¡Y no dudemos en reclamar lo mismo!

D. Pir

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