Mal perder: aprender a aceptar la derrota

Siempre se repite la misma historia después de una partida de cartas: si pierde, Juan sufre una crisis de histeria, da patadas a todos los objetos que se encuentra por el camino, grita y pasa varias horas enfurruñado. Un momento difícil de gestionar, tanto para él como para su entorno. Para un niño, perder suele ser una experiencia complicada.
“A cualquier edad una derrota resulta amarga, y esa reacción es normal, pero también es cierto que a ciertas edades perder puede ser más doloroso que a otras”, subraya Sophie Jacob, psicóloga y profesora. Hasta los cinco años, el niño todavía no es lo suficiente maduro como para aceptar la derrota. No contempla que puede perder.
A partir de los seis y siete años, cuando empieza a socializarse, se compara con sus compañeros: “La competición le permitirá madurar y aceptar que no puede ser el mejor en todos los aspectos: ser bueno en matemáticas y además ser un manitas, ser un experto nadador y escalar árboles”, explica la psicóloga.

Un mal perder… pero con perfiles distintos

Hay adultos que tampoco saben perder. Si bien comprendemos que a un niño le cuesta aceptar la derrota, ¿qué pensar de todos esos adultos que tienen un mal perder? “Es una reacción normal relacionada al grado de implicación que está en juego”, explica la psicóloga.
Julia, una madrileña de treinta años, se define como una mala perdedora: “Siempre he sido así. Cuando tenía cinco años recuerdo estirar del mantel y tirar todo lo que había sobre la mesa al suelo, y todo por no haber conseguido el haba del roscón de reyes. Ahora que soy una mujer adulta, me encanta jugar a Time’s up. Cuando pierdo, no puedo controlarme. Ya no tengo explosiones de cólera como cuando era niña, sino todo lo contrario, me enfado y me callo”.

Hay quien tiene un mal perder en cualquier contexto y con todo el mundo. Este es el caso de Julia: “Da lo mismo si juego sola, me pongo nerviosa cuando pierdo. Me meto de lleno en el juego. Perder es acabar fatal pero cuando gano, ¡me pongo eufórica!”.
Otros, en cambio, reaccionan mal depende de la situación: “Es muy habitual encontrarse con mujeres que aceptan perder con sus amigas pero que reaccionan mal cuando pierden con su pareja”, recuerda Sophie Jacob.

Todo depende de las motivaciones en juego

¿Por qué ciertas personas aceptan la derrota más fácilmente que otras? ¿Esta actitud está ligada a una personalidad? ¿Corresponde a una representación particular del mundo o de la propia existencia? En realidad, cada jugador es distinto, y se implica en el juego de diversas maneras.
En la edad adulta, algunas personas prefieren los momentos de distensión, de sociabilidad y risas relacionados con el juego, y no les importa el resultado final. Otras, en cambio, se preocupan mucho por el resultado y ansían ganar. “Si colocamos cuatro jugadores alrededor de una mesa tendremos cuatro motivaciones distintas”.

Para la mayoría de gente, el mal perder se reduce al ámbito del juego. Se trata de un momento a parte que no guarda relación alguna con nuestra vida cotidiana. El tiempo de juego representa un momento de convivencia particular. Pero para otras el juego también representa el estado de ánimo.
“No existe un perfil del mal perdedor, pero podemos afirmar que son personas que invierten mucha energía en lo que hacen y se implican mucho”, recuerda Sophie Jacob. Así, Julia muestra esta actitud en todos los aspectos de su vida cotidiana. Los desafíos y las apuestas marcan su día a día. “Contar el número de personas que llevan chanclas en el aeropuerto, adelantar al vecino en la escalera del metro para llegar antes que él al vagón, apostar por una de las participantes del concurso de Miss España o por un equipo en un partido de fútbol… todas estas pequeñas ocasiones añaden un poco de pimienta a la vida”, explica.  

¿Cómo comportarse ante un mal perdedor?

Cuando nos encontramos con un niño que acaba de perder a un juego, lo primero es respetar su decepción. Decirle algo como: “No te pongas así, ¡solo es un juego! No tiene importancia”, no va ayudarle en absoluto. El niño ha invertido mucha energía y quizá mucho tiempo en ese juego. Este tipo de frases desvalorizan todo su esfuerzo. Recordemos que, para un niño, el juego y la autoestima van cogidos de la mano”, explica la psicóloga.

Después de la derrota es absurdo regodearse porque solo servirá para aumentar todavía más la decepción del niño. “No sirve de nada meter más leña al fuego. Al contrario, la próxima vez se le puede decir algo como: “No me apetece jugar contigo porque la última vez te pusiste hecho una furia y para mí fue muy difícil”. Aunque podemos comprender la decepción del niño ante la derrota, no podemos tolerar sus ataques de rabia u otras emociones excesivas. Hay que tomar la misma actitud ante adultos que muestran un mal perder: podemos negarnos a jugar con ellos si la última vez acabó mal.

Y bien, ¿jugamos otra partida?

N. Ferron

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