El arte de las pequeñas mentiras

“La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”. Levante la mano derecha y diga "lo juro", pide el juez al testigo... En la vida cotidiana, es muy diferente: las pequeñas mentiras son legión. Desde la respuesta parcial que se da con una sonrisa cuando alguien no allegado nos pregunta "¿Estás bien?" hasta la respuesta entusiasmada que le damos a nuestra madre para no preocuparla… No siempre somos sinceros y a veces, incluso, mentimos abiertamente.

Hay que distinguir la mentira en  la esfera social de la mentira en la esfera de la intimidad. No le diremos a nuestro jefe que su corbata es horrible, pero en cambio sí tenemos que decirle a nuestra pareja que detestamos los gatos, los cruceros, su perfume o que nos llame “bebé”.

Pero incluso entre los miembros de la pareja, entre los cuales una gran parte de la comunicación se realiza través de chats, mensajes de textos, correos electrónicos y llamadas telefónicas, debemos plantearnos esta pregunta: ¿Y si en ciertos casos las mentirillas fueran positivas para la ecología relacional?

El valor constructivo de la mentira

La mentira no tiene buena prensa, aunque “también puede tener un valor positivo cuando eres niño”, explica contra todo pronóstico Sarah Serievic, psicoterapeuta formada en psicodrama. Cuando el niño afirma que no fue él quien rompió las plantas jugando con el perro, el niño intenta una nueva experiencia. "Así enfrenta a sus padres, quienes hasta ese momento eran considerados todopoderosos", continúa  la especialista. Él miente y ellos no se dan cuenta. "Los padres no lo saben todo". La siguiente etapa será que él se deshaga del recurso de mentir. Para esto tendrá que tomar conciencia de que puede hacer valer sus opiniones, incluso si hay divergencia con las de los padres, sin por eso perder su amor. "Hijo, es primordial saber que incluso en desacuerdo es posible expresar la verdad y no ser rechazado", añade Sarah Serievic.
Los adultos no tenemos la misma suerte. En general, quienes practican la mentira por reflejo han aprendido a mentir a una edad temprana. Para no decepcionar a los demás se han acostumbrado a ocultar o distorsionar la verdad.

La verdad a toda costa

No todas las verdades hay que decirlas. La verdad no es un bloque y lo que puede ser cierto para ti no tiene que serlo para el otro. Tratar de expresar tu verdad y sobre todo, buscar imponerla, puede ser negativo.

Por un lado, esperas que te tomen tal como eres y por el otro, indicas una falta de atención hacia los demás. Por ejemplo, a una madre joven al borde de una crisis de nervios porque su bebé no duerme, no hace falta decirle que ella es parte del problema y que debería ver a un psicólogo. Sería mejor actuar más compasivamente y preguntarle cómo puedes ayudarla. "Con el pretexto de la relación sincera, espontánea y real, existe el riesgo de molestar u ofender al otro", advierte Sarah Serievic.

Pequeñas mentiras al rescate

"Cuando no se trata de algo fundamental de la relación con el otro, no estamos obligados a decir todo", insiste Sarah Serievic. Algunas pequeñas mentiras podrían ser necesarias.
"Podemos “mentir” a un niño para valorizarlo y animarlo". Decirle que sus calificaciones son catastróficas no va a fomentarle la confianza en sí mismo. Tampoco sirve para nada saludar a alguien que está pasando por un mal momento profesional o afectivo con un "¡Dios mío! ¡Qué mal te ves!"… Es  necesario aprender a minimizar, moderar o acomodar la verdad en función de los interlocutores y los momentos.

Nuestra experta recomienda hacerse la pregunta: ¿Cuál es mi objetivo? ¿La necesidad imperiosa de decir mi verdad o ser respetuoso con los demás y con la situación que se nos presenta?

Ser sincero consigo mismo

Dejar de mentirse a sí mismo es una empresa necesaria. Más que expresar la verdad, al principio se trata de un proceso interno. "Ser real es un camino de autenticidad hacia sí mismo que requiere quitarse las máscaras", señala Sarah Serievic. Atrevernos a mostrarnos en nuestras relaciones tal como somos es una de las llaves de la felicidad de a dos. Siempre que no eliminemos todos los frenos entre nuestro discurso interno y lo que el otro es capaz de recibir. Decir la verdad requiere una verdadera madurez, también para sentir cuándo el otro está disponible para escuchar. Es inútil descargar todo. Cuando una situación importante exige transformación, hay que tener en cuenta el interés de todos los protagonistas.

Idealmente, una relación amistosa, romántica o familiar se debe vivir en la confianza. Cuando hay que enfrentar momentos de verdad, la delicadeza será siempre una aliada insustituible.

C. Maillard

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