Los beneficios para la salud de vivir cerca de la naturaleza

¿Por qué es bueno vivir cerca de la naturaleza?

En el mayor estudio realizado hasta ahora sobre el tema, la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard señala que la gente que vive en los lugares más verdes (aquellos con grandes espacios de vegetación a 250 metros de su hogar), presenta una tasa de mortalidad un 12% menor por causas no accidentales. En concreto, hallaron que los fallecimientos relacionados con enfermedades respiratorias, cáncer y las dolencias renales eran mucho más frecuentes en áreas con menor vegetación. Los autores señalaron, además, que estos resultados se mantienen estables independientemente de factores como el nivel de ingresos de los participantes, su peso o la condición de fumadores, y que tampoco variaban significativamente entre los habitantes del centro de las ciudades y los de las afueras.

La explicación incluye factores físicos y psicológicos. Los espacios verdes, como parques o jardines públicos, animan a la gente a salir al exterior, lo que implica hacer ejercicio y relacionarse con otras personas, dos factores que tienen un impacto positivo en nuestro bienestar. Además, estos espacios están menos contaminados y la presencia de vegetación en sí misma puede ayudar a mantener el aire más limpio, ya que los árboles y plantas absorben el CO2. Por otro lado, los investigadores apuntan que los efectos sobre la salud mental pueden ser menos directos, pero asimismo importantes. De hecho, se ha demostrado que las conexiones sociales son un excelente indicador de la salud mental, que es, a su vez, un buen baremo del estado físico.

El campo no siempre es mejor que la ciudad

Al hablar de “espacios verdes” los investigadores quisieron dejar claro que se trata de cualquier área con vegetación y que el estudio afecta tanto a áreas rurales como urbanas. Aunque, de acuerdo con las estadísticas, hay una parte de verdad en la afirmación que dice que la expectativa de edad aumenta en aquellos que viven en el campo, la realidad es más compleja. Es cierto que vivir en áreas rurales significa menos probabilidades de morir prematuramente de cáncer, ataque al corazón o enfermedades coronarias. La calidad del aire es mejor en las áreas rurales (lo que disminuye problemas respiratorios). Además, los índices de criminalidad son más bajos, menos adultos presentan tasas de consumo excesivo de alcohol y la calidad de la alimentación suele ser mejor.

No obstante, en los últimos años varios estudios aparecidos en Reino Unido y EE. UU. parecen apuntar que, en realidad, los habitantes de áreas urbanas disfrutan de una mejor calidad de vida, aunque sean menos longevos. Los adultos de las ciudades fuman menos y tienden a ser más activos físicamente, además tienen mejor acceso a atención sanitaria, mejores instalaciones de ocio interiores y más médicos de atención primaria. Por otro lado, hay menos muertes debido a accidentes de tráfico en carreteras urbanas y algunos estudios plantean dudas sobre el impacto de pesticidas industriales.

Además, hay otra razón que impide afirmar que el campo o la ciudad tengan ventajas sobre el otro. Hay que tener en cuenta grandes desequilibrios dentro de las áreas urbanas (las zonas económicamente menos favorecidas suelen tener peores indicadores de salud), así como en las rurales (no es lo mismo vivir en un pueblo que en una granja).

Fuentes:

  • ‘Exposure to Greenness and Mortality in a Nationwide Prospective Cohort Study of Women’, Peter James, E. Hart et Francine Laden. Environmental Health Perspectives.
  • ‘Walls talk: Microbial biogeography of homes spanning urbanization’, Jean F. Ruiz-Calderon, Humberto Cavallin et al. Science Advances.
  • ‘Quality over Quantity: Contribution of Urban Green Space to Neighborhood Satisfaction’, Yang Zhang et al. Journal of Environmental Research and Public Health.
  • ‘A cross-sectional analysis of green space prevalence and mental wellbeing in England’, Victoria Houlden et al. BMC Public Health
  • ‘Does happiness itself directly affect mortality? The prospective UK Million Women Study’ Bette Liu et al. The Lancet.

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