El trastorno adaptativo: diferencias con la depresión

¿Trastorno adaptativo o depresión?

Los síntomas son superponibles en ambos casos (tristeza vital, insomnio, pérdida de apetito, llanto fácil). Pero es su causa (conocida o no) la que permite diferenciar entre ambas entidades. Así, el trastorno adaptativo parte de un problema concreto (mala relación de pareja, o en la familia; un conflicto laboral, un problema de salud…); mientras que en la depresión, el paciente se siente triste (mucho más de lo normal, evidentemente), sin haber causa externa a que atribuir dicha tristeza.

Síntomas comunes en depresión y trastorno adaptativo

Además de la tristeza, que es la pieza clave en este grupo de síndromes, la persona puede presentar cierto insomnio (en especial, por despertares precoces tras conseguir conciliar el sueño adecuadamente), pérdida de apetito, labilidad emocional (término médico que significa que la persona llora con relativa facilidad), irritabilidad, pérdida de interés por lo que nos rodea (personas o cosas), dificultad a la hora de disfrutar de situaciones que, generalmente, la persona considera gratificantes…

En el caso del trastorno adaptativo, como veíamos antes, el motivo que lleva a la aparición de todo este arsenal sintomático es una situación vital (separación de la pareja, pérdida de empleo, problemas económicos, relaciones familiares o con las amistades complicadas…).  Es evidente que la mayoría de nosotros, si perdiésemos nuestro lugar de trabajo, sentiríamos tristeza y todo un cúmulo de síntomas similares a los relatados. Hablamos, efectivamente, de trastorno adaptativo cuando la respuesta excede a la “normal”, a la que cualquier persona tendría en esa situación.

En psiquiatría, además, ponen un límite (relativo, claro está, en función de la causa que genera la pena) de unos tres meses desde que sucedió el evento desencadenante. Este límite, insistamos en ello, relativo y no aplicable a todos los casos, permitiría discriminar la reacción normal ante una pérdida, de un verdadero trastorno adaptativo.

Tampoco estamos ante una situación fisiológica si ante una pérdida no considerada “grave” (la desaparición, por ejemplo, de un familiar no quedaría incluida en esta definición), la persona ve cómo queda afectada su vida (descanso nocturno, comidas, ánimo para desarrollar su faena diaria…) más de lo que cabría esperar.

¿Qué podemos hacer para prevenir o minimizar los efectos de un trastorno adaptativo?

Siempre con moderación, intentando no dar vueltras innecesarias una y otra vez sobre la misma cuestión; y, sobre todo, escuchando lo que los demás nos dicen, hable con amigos, conocidos y familiares sobre lo que le sucede. Hable y escuche. Y siga, si lo cree conveniente, las indicaciones que ellos, desde fuera, le dan.

Aprender del pasado es otra buena opción: si anteriormente ya se había enfrentado a algo similar, intente recordar qué hizo para superarlo, y aprenda de los errores de entonces.

Con la ayuda de una hoja y un bolígrafo, escriba ordenadamente lo que le sucede, los problemas a los que se enfrenta, e intente priorizar en función de la importancia real que tiene cada uno de ellos. En este caso, quizás convendría que un amigo le ayude en este proceso, puesto que, estando como está, inmerso en un mar de situaciones complicadas, priorizar puede resultar difícil.

A la hora de comenzar a resolverlos, también conviene preparar previamente una estrategia. Y solicitar la supervisión de ese amigo incondicional, que nos diga si nuestro proyecto es realista, o estamos pintando castillos en el aire.

Evádase siempre que pueda. Seguro que existen hobbies, o actividades varias, que le resultan especialmente balsámicas. Intente colocar cada día alguna de ellas en su agenda. Al menos, en esos momentos, conseguirá no verse invadida por la angustia que le genera el problema.

Y si no se le ocurre ninguna actividad para evadirse, recurra a las más corrientes: un baño relajante, algo de ejercicio físico diario, ir a ver una película, realizar de forma constante alguna técnica de relajación (la respiración consciente, además de ser sencilla de practicar, obtiene unos resultados espectaculares en muy poco tiempo).

¿Algún medicamento puede ayudarme?

Seguramente, así es. Sin embargo, no debería acercarse a la medicación sin la supervisión de un sanitario, quien podrá orientarle acerca de la mejor opción en su caso, de la duración del tratamiento, y de los controles necesarios para detectar y tratar convenientemente los posibles efectos secundarios que aparezcan.

Existe un paso intermedio, no estrictamente medicamentoso, con una eficacia nada despreciable, y sin los efectos secundarios atribuidos a los fármacos comercializados. Este paso intermedio son las plantas (fitoterapia). En este sentido, la valeriana (Valeriana officinalis) es la planta de elección, si predomina la ansiedad, y si estamos dispuestos a utilizar la vía oral. Si preferimos utilizar aceites esenciales en forma de masajes, por ejemplo, la Lavanda es una muy buena, y nada cara, opción. Y si es más nuestro ánimo el que está resultando afectado, el Hipérico (mejor) o la Rodiola (segunda opción) serían muy buenas alternativas. Cuidado con el Hipérico, puesto que interacciona con múltiples medicamentos de los que prescriben nuestros facultativos.

Fuentes:                                                                                

1. 4ª edición de la “Guía de Actuación en Atención Primaria” de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (SEMFYC).

2. “Guía Práctica de la Salud: Trastorno Adaptativo” de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (SEMFYC), página 40.

 3. “Máster en Fitoterapia”, de IL3-Universitat de Barcelona. Capítulo “Fitoterapia de las Afecciones del sistema nervioso central: Ansiedad e insomnio”

4. “Máster en Fitoterapia”, de IL3-Universitat de Barcelona. Capítulo “Fitoterapia de las Afecciones del sistema nervioso central: Depresión”

Otros contenidos del dosier: Depresión

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