El tratamiento del lupus

Como hemos visto en el artículo "Causas y síntomas del lupus", el lupus es una enfermedad que puede afectar muchas zonas de nuestro cuerpo; diferentes tejidos y estructuras. Y que no a todo el mundo le produce las mismas manifestaciones. De ahí que sea sencillo entender que el tratamiento del lupus, pese a tener, como veremos a continuación, unos pilares básicos a seguir, debe siempre adaptarse a la persona a tratar (individualizarse).

Un tratamiento ciertamente eficaz

Según los datos de que disponemos, la supervivencia a los diez años del diagnóstico de una enfermedad lúpica es de aproximadamente un 90%. Esto, evidentemente, indica que los tratamientos son eficaces. Y que pueden hacer que, en la mayoría de los casos, la persona lleve una vida completamente normal.

A cada síntoma, su tratamiento

Si una persona con lupus, presenta fiebre, pese a que el propio lupus puede ocasionarla, lo más probable es que sea secundaria a alguna infección. Por tanto, en este caso pensaremos en un antibiótico. Evitando, siempre que sea posible, las sulfamidas, dado que se ha visto que los pacientes con lupus son más susceptibles a generar un cuadro alérgico a éstas.

Respecto a las vacunas a aplicar en estas personas, ha habido bastante controversia. Y el motivo es que, ciertamente, tanto la enfermedad como los corticoides administrados (veremos que es el tratamiento prínceps en esta entidad) pueden hacer disminuir las defensas generadas tras una vacunación. Sin embargo, se ha demostrado que las personas con lupus dan lugar, tras la aplicación de una vacuna, a la cantidad suficiente de anticuerpos para protegerlos ante dicha enfermedad.

Veíamos también que uno de los criterios diagnósticos del lupus, y que caracteriza a esta enfermedad reumatológica, es la fotosensibilidad. Es decir, la aparición de lesiones cutáneas cuando nos exponemos a la luz del sol. Ni que decir tiene que una buena protección solar (con cremas de factores superiores a 30) es imprescindible.

A la hora de tratar las manifestaciones debidas a un lupus, los libros dividen éstas en dos grupos:

  • Las manifestaciones menores. Reciben este nombre aquéllas que no ponen en peligro la vida de la persona. Aquí quedan incluidas la fiebre, las inflamaciones articulares (artritis), las lesiones de la piel, y las inflamaciones de las diferentes serosas (pleura y pericardio). Para este grupo, los antiinflamatorios no esteroideos (ibuprofeno, diclofenaco, naproxeno…) suelen ser suficientes. A veces, como veremos después, pueden ser necesarios medicamentos como los antipalúdicos. Y, en ocasiones, incluso corticoides. Pero, si son necesarios éstos, lo serán a bajas dosis.
  • Las manifestaciones mayores. Son las que pueden comprometer la vida de la persona. Y entre ellas destacan la afectación del corazón, riñón, sistema nervioso central, o las células de la sangre, en forma de anemia, bajada de plaquetas o de leucocitos. En estos casos ya debemos “tirar” de dosis altas de corticoides, asociados o no a medicamentos tan potentes como los inmunosupresores.

Tratamiento de base de la enfermedad crónica: Un repaso de cada familia de medicamentos

 

  • Los antiinflamatorios no esteroideos (AINEs) en el lupus

Podríamos hablar de que la primera línea de tratamiento en el lupus lo forma este grupo de medicamentos. Suelen tolerarse bastante bien. Pero existe una particularidad a tener en cuenta: Los AINEs, por su mecanismo de acción, pueden comportar una caída de la función renal. También el lupus, entre sus manifestaciones, puede generar una insuficiencia de este órgano. De ahí que, si durante un tratamiento con AINEs constatamos la presencia de una insuficiencia renal, sea fundamental retirarlos, y constatar si ésta era debida a los antiiflamatorios; o bien, consecuencia de la propia enfermedad.

Otra posible utilidad de los AINEs es la de, al asociarlos con  la cortisona, disminuir la cantidad necesaria de ésta para el control del lupus.

  • Los corticoides: La piedra angular del tratamiento

Constituyen el grupo de medicamentos más importante en el tratamiento del lupus. Siempre seguiremos una consigna: Dar la menor dosis posible que mantenga controlada la enfermedad, habiendo de padecer los menores efectos secundarios posibles. Esta mínima dosis eficaz puede, sobre todo en las manifestaciones mayores que antes repasábamos, ser ciertamente elevada. En estos casos, se puede probar a bajar la dosis, administrando, conjuntamente, algún AINE o bien algún antipalúdico.

Si no conseguimos retirar completamente los corticoides, es decir, si vemos que, con la bajada de la dosis de los mismos reaparece una y otra vez la actividad del lupus, hemos de prevenir determinados efectos secundarios debidos a la cortisona a largo plazo:

-         Se puede administrar calcio y vitamina D, con o sin bifosfonatos, en aras a prevenir una osteoporosis.

-         También deberemos estar muy “encima” de los niveles de glucemia, pues éstos aumentan de forma importante con la toma de cortisona. También la tensión arterial puede dispararse.

  • Los antipalúdicos

Como su nombre indica, se trata de medicamentos que, inicialmente, fueron “sintetizados” para el tratamiento del paludismo. Pero, ciertamente, son muy eficaces en el tratamiento de las lesiones cutáneas.

Destacan, dentro de este grupo, la hidroxicloroquina y la cloroquina.

Junto a los AINEs y a los inmunosupresores, son medicamentos que permiten disminuir la dosis de corticoides a administrar.

La principal limitación al tratamiento con antipalúdicos es que éstos pueden dar lugar a una alteración de la retina ocular (una lesión irreversible de la mácula de la misma). Es por ello que los oftalmólogos recomiendan control cada 6-12 meses, mediante un fondo de ojo.

  • Los inmunosupresores

En esta familia destaca la ciclofosfamida como la más utilizada. Pertenecen también a este grupo el clorambucilo, la ciclosporina, el metotrexato (muy útil en casos de artritis)  y  la azatioprina.

Su papel suele ser el de completar el efecto de la cortisona, dado que son más lentos en su efecto que los corticoides. En especial, cuando se requieren dosis muy altas de corticoides, por afectación de algún órgano vital. O bien, si la dosis de mantenimiento de corticoides es tan elevada, que empiezan a aparecer los efectos secundarios antes descritos (osteoporosis, hipertensión arterial, hiperglucemia…).

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