Algunas migrañas se curan… ¡Con tratamiento psicológico!

La cefalea más habitual es la migraña, que se identifica porque el dolor es pulsátil (como un latido) y comienza en un solo lado para, poco a poco, extenderse a toda la cabeza.

No solo duele… también “cambia” el cerebro

La última teoría que explica por qué se ceba con determinadas personas asegura que hay un exceso de histamina en la sangre. Y eso –según explican la Sociedad Española de Déficit de DAO y el Capio Hospital General de Catalunya– se debe a que el organismo de esos individuos no dispone de suficiente cantidad de DAO (DiAminoOxidasa), una enzima o sustancia que es la encargada de eliminar ese exceso de histamina. Cuando ésta se acumula, el organismo reacciona con varios síntomas y un de ellos es la migraña.
Pero la consecuencia de esta dolencia no es únicamente el dolor. Un equipo de investigadores daneses ha constatado –a través de una amplia revisión de estudios ya realizados– que las personas que sufren migrañas con cierta frecuencia tienen “un cerebro diferente” al resto.
Eso les ha llevado a la conclusión preliminar de que el trastorno pudiera ser capaz de modificar ciertas estructuras cerebrales. Todavía se desconoce qué consecuencias puede tener, pero lo que sí es evidente es que conviene ayudar al paciente a superar sus crisis migrañosas para que tenga mejor calidad de vida. Y, los fármacos (por el efecto “rebote” que muchas veces tienen) no siempre funcionan.

Cuando la terapia psicológica es la mejor solución

Se sabe que el estrés juega un papel fundamental en la aparición de esas crisis migrañosas. Cuando nos encontramos estresados se activa la rama simpática de nuestro Sistema Nervioso Autónomo: los músculos de todo el organismo se tensan; las pupilas se dilatan; se acelera el ritmo cardíaco; y los pequeños capilares (también los del cerebro) se cierran, en un primer momento, y luego se dilatan. Una de las consecuencias es un dolor de cabeza muy intenso e incapacitante.
Por eso, es lógico que en muchísimos pacientes sí funcionen las terapias que ayudan a controlar ese estrés que lo origina todo, y frenar el mecanismo fisiológico que se produce por su culpa.
Numerosos estudios han comprobado que las tres terapias psicológicas que mejor funcionan para controlar el estrés, y por tanto reducen las crisis migrañosas, son la relajación, la bioretroalimentación y la terapa cognitivo-conductual.

Terapia cognitivo-conductual: qué es y cómo evita las migrañas

Consiste en enseñar estrategias para afrontar las situaciones de estrés. Pero para eso, primero hay que descubrir qué momentos resultan estresantes. Y nada mejor que un diario de síntomas para saberlo: se anota cuándo comienza el dolor (y con qué intensidad se presenta), qué sentimientos había momentos antes y qué ocurrió en las horas previas. De esa forma se pueden identificar los desencadenantes de las crisis.
En la consulta, el terapeuta también suele realizar una serie de test para conocer la tolerancia a las críticas (Cuestionario de Miedo a la Evaluación Negativa; de asertividad, para saber cómo se desenvuelve la persona en situaciones cotidianas y que a ella le pueden generar mayor estrés); y se indaga sobre circunstancias vividas que afloren en determinados momentos y guarden cierto trauma interno. Con toda esa información, el especialista le enseñará la manera de afrontar los problemas (o aquello que esa persona ve como problema), a relajarse, a no tener pensamientos catastrofistas.
Este aprendizaje también le servirá para acabar con el miedo al dolor ya que, cuando está presente, la persona que lo sufre acaba estresándose simplemente pensando que pueda aparecer, lo que al final lo desencadena.

Relajación muscular

Puesto que uno de los desencadenantes del dolor migrañoso es que muchos grupos musculares se tensionan, es lógico pensar que relajarlos aliviará el dolor.
Aprender técnicas de relajación tiene, cuando se habla de migrañas, dos beneficios claros: por un lado el alivio inmediato que puede llegar a producir; por otro “una recompensa” a largo plazo, ya que cuando se logra controlar el estrés el organismo está menos expuesto a enfermar. Por eso, se recomienda hacerla diariamente, aunque uno no se sienta estresado.
Dos de las formas más fáciles de relajarse son la llamada relajación progresiva de Jacobson y la respiración abdominal.
1º) La respiración abdominal. Puedes hacerla de la siguiente forma:

  • Échate sobre una superficie no excesivamente blanda (una esterilla o toalla mullida en el suelo, una camilla…).
  • Coloca tus manos sobre la barriga (o algún objeto plano como un libro pequeño)
  • Coge aire por la nariz pero en lugar de dirigirlo hacia el tórax (el pecho), llena el abdomen. Sabrás que lo estás haciendo bien porque notarás que tus manos o el objeto que hayas colocado asciende.
  • Expulsa el aire por la boca poco a poco. Descansa unos segundos (para evitar un posible mareo) y repite la acción.

2º) La relajación progresiva. Jacobson se le considera “el padre” de esta técnica y es muy sencilla: consiste en tensar primero determinados músculos (arrugar la frente, subir los hombros o apretar los puños, por ejemplo) para después soltarlos rápidamente. Con ese sencillo gesto (tensión-distensión) se aprende a identificar cuándo estamos encogidos y acortando la musculatura, que acaba provocando diferentes tipos de dolor, incluido el de cabeza.

El Biofeedback o Biorretroalimentación

También en este caso (como en la terapia cognitiva-conductual) es preciso aprender la dinámica a través de un experto o un buen manual y, por lo general, con la ayuda de un monitor que vaya mostrando cómo se comporta el organismo ante un determinado estímulo que ese mismo especialista le genera (calor, pequeña corriente eléctrica, etc). Sin embargo, después lo puede aplicar uno mismo, incluso sin necesitar esa motorización ni ese estímulo.
La técnica consiste en identificar el binomio “acción-reacción”. Es decir, cuando se aplica calor o una pequeña corriente el organismo reacciona de una determinada manera. Se trata, simplemente, de provocar esa respuesta cuando uno mismo quiera y aunque no exista estímulo externo.
Se aplica a aquellas funciones fisiológicas sobre las que aparentemente no tenemos control, como por ejemplo los latidos del corazón, el ritmo y la intensidad de bombeo de la sangre o la temperatura corporal. En realidad cada una de esas funciones orgánicas va cambiando según cómo nos comportamos y las señales que le llegan a través de los reflejos. Uno de los ejemplos más claros es que cuando nos ponemos nerviosos nos sudan las manos o aumenta nuestra presión arterial. Es decir, ante el nerviosismo se produce una reacción excitatoria.
Viendo cómo se producen esas reacciones (a través del monitor que mencionábamos) podemos ir aprendiendo cómo modificarlas hasta convertirlas en voluntarias. Esta técnica también se utiliza hoy en día para enseñar a las mujeres a fortalecer el llamado suelo pélvico: se colocan unos pequeños electrodos en esa zona y, ante la diminuta descarga eléctrica que recibe, el músculo adecuado se tensa (lo cual se enseña en un monitor) y va mejorando su estado (por lo que la mujer puede controlar las pérdidas de orina). Con el tiempo, es ella misma quien tensa la musculatura, ya identificada, sin necesidad de usar esos aparatos.
Del mismo modo, y refiriéndonos al tema que centra este artículo, con el tiempo se aprende a controlar las reacciones que pueden acabar cerrando y dilatando las venitas del cerebro y dando lugar a la migraña.
Fuentes:
“Migraine and structural changes in the brain”, Asma Bashir, Messsoud Ashina et al. Neurology
“Psychological treatment of migraine of vascular headache”. Dra. Maria Isabel Comeche Moreno, Uned
“Guidelines for trials of Behavioral Treatments for recurrent headache”, American Headache Society

Otros contenidos del dosier: Migrañas

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