Los sensores del cerebro que dominan tus actos: comer, beber, amar

En determinados rincones del cerebro, como el hipotálamo o el bulbo raquídeo, se generan las órdenes para que hagamos ciertas cosas de manera automática (como respirar, que se hace de forma inconsciente) o que sintamos ciertas necesidades para lograr el máximo equilibrio. Pero parece ser que, por el ritmo de vida actual, algunos de esos sensores se confunden de vez en cuando y no envían las órdenes correctas. 

Cuando sientes sed

La necesidad de beber más o menos cantidad de líquidos está regida por una zona del hipotálamo conocida como área surpaóptica. Su función es recordarnos que debemos beber para mantener el equilibrio hídrico del cuerpo. Sin embargo, es uno de los centros que con más frecuencia olvida su objetivo. Y es que si no bebemos, el centro de la sed se desactiva. ¿Y qué consecuencia tiene? Pues que cada vez sentimos menos esa necesidad, lo cual es un problema en épocas de mucho calor porque perdemos más líquido y, si no tenemos necesidad de beber, no lo reponemos.

Pero como el organismo es sabio, cuando eso ocurre la hipófisis (la glándula que rige esa zona) da la orden de producir más hormona ADH, una sustancia antidiurética. Es decir, orinamos menos. De todas formas, la solución sigue estando en beber a lo largo del día, aunque no sientas necesidad de hacerlo.

Otro dato curioso sobre el centro de la sed: cuanto más agua tengamos a nuestro alrededor (gente que bebe; fuentes, etc) más activa estará el área supraóptica y más necesitaremos beber.

Hambre y saciedad

En el hipotálamo lateral se localiza el centro del hambre. Está constantemente activo y, por ello, necesita un “moderador” que le vaya frenando. Y de eso se encarga el centro de la saciedad –su contrario– que se encuentra en el núcleo ventromedial del hipotálamo. Como hemos dicho, regula al anterior, pero para que eso ocurra de la manera idónea hay que tener en cuenta los niveles de glucosa que circulan por la sangre. Si son normales –y estables– todo se equilibra y el centro de la saciedad desactiva al centro del hambre (porque la señal que recibe es que no necesita sentir un gran apetito, ya que el organismo todavía dispone de combustible).

Por eso, los endocrinos y expertos en nutrición recomiendan comer algo cada 3 o 4 horas con el objetivo de mantener unos niveles más o menos similares de glucosa y para que el estómago no quede por completo vacío, ya que eso estimula –lógicamente– el centro del hambre. Que nuestro estómago esté lleno activa, por el contrario, el otro centro, el de la saciedad.

Ahora bien, parece ser que una de las consecuencias de no escuchar al organismo es que seguimos sintiendo, a pesar de que nuestro estómago esté lleno, una cierta necesidad de comer. En realidad no es hambre sino apetencia por algo y, en ese momento, nuestro cerebro nos engaña. ¿Y por qué lo hace? Al parecer porque comiendo determinados alimentos (muy grasos, con mucho sabor, con textura crujiente…) se siente un placer y una felicidad instantánea, a pesar de que después quede la culpa.

Aunque no es fácil superar ese deseo, conviene esperar unos 20 minutos (el tiempo que necesita el cerebro para darse cuenta de que no es hambre) y evitar comer de forma compulsiva. Cuanto mejor te resistas (haciendo, por ejemplo, otra actividad agradable), más acallarás esa falsa necesidad de comer. 

Con ganas de amar

El centro del deseo sexual también existe. Se localiza en el área cerebral conocida como lóbulo límbico. En el hombre, la actividad de esta área cerebral está relacionada con la cantidad de testosterona que circula por su organismo (si los niveles son bajos tendrá poco deseo sexual); y en la mujer la hormona que gobierna este centro es la prolactina. A mayor cantidad, menos deseo. Cuando damos de mamar las cantidades que circulan por el organismo son muy altas, de ahí que sea normal que entonces no tengamos ganas de mantener relaciones íntimas.

Otro detalle que marca la diferencia entre ellos y ellas: hay un rincón especialmente sensible a las hormonas que acabamos de mencionar. Se llama INAH3, está también ligado a la tendencia sexual (se ha comprobado que en personas homosexuales es diferente y se acerca más al género con el que se identifican y no tanto el que marca su apariencia física) y es el doble de grande en el hombre que en la mujer.

Todo ello pudiera influir a la hora de sentir más o menos deseo. Y, por supuesto, la necesidad de obtener una recompensa rápida. Algunos expertos dicen que muchas personas (sobre todo mujeres por las cargas y responsabilidades que asumen) se vuelcan en la comida para obtener ese placer inmediato; por lo general ellos lo intentan conseguir con más frecuencia a través del sexo. En ambos casos nuestro organismo se llena de dopamina y endorfinas, las hormonas del placer.

Al igual que ocurre con el resto de “sensores cerebrales”, cuanto menos sexo se tiene menos se desea porque acallamos esa necesidad.

Fuentes:

– “Fisiología comparada del medio interno”, José Antonio Coppo. Universidad Católica de Salta, 2008

– “Effects of fructose vs glucosa on reginoal cerebral blood flow in brain regions involved with appetite and reward pathways”, Chan O, Arora J. Et al. Jama 2013

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