El artillero

La posición del artillero, precisamente, da a los hombres ese sentimiento de manejar a sus mujeres como si de un cañón se tratase. ¡Esto debería satisfacer a los aficionados del amor “machito”! En cuanto a las mujeres, si aceptan abandonarse a las fantasías de su amante y hacerse el instrumento de su placer, descubrirán un gozo diferente: el que produce el sometimiento sexual, ¡al que quizás aspiraban en secreto!

El hombre coloca a la mujer en posición sedente, al borde de una cama, silla o banqueta. Él se arrodilla sobre un cojín, el torso erguido y la boca a la altura de la de su compañera, los sexos frente a frente. Sujeta y separa las piernas de su amante para colocarlas contra sus hombros,  como las dos palancas que sirven para maniobrar el cañón sobre el bastidor.

Una vez las piernas están en posición, él mantiene férreamente a la mujer, poniendo un brazo detrás de su cabeza, mientras ella rodea con sus brazos el pecho de su amante. Así está bloqueada, sin poder hacer un movimiento que le haría caer. Depende totalmente de la voluntad del hombre: guía entonces su pene a la entrada de la vagina, listo para penetrarla. Moviéndose hacia atrás y de arriba abajo, frota su miembro contra la vulva, se estimula a la vez que excita a su amada. Cuando siente que está listo, da un ligero empujón hacia arriba.

La penetración es súbitamente profunda, ¡ya que el pene esta en el eje de la vagina! El hombre al menos tiene que ser prudente en sus movimientos para evitar que la relación sea dolorosa. Mientras la penetra, el amante se inmoviliza, haciéndole impacientarse, que siente sus músculos abdominales paralizarse. Ahora empieza el vaivén, muy despacio. Sus movimientos, más y más enérgicos, se interrumpen varias veces para no precipitar la eyaculación, hasta que lo reanuda de nuevo.

El pene está en contacto con la pared vaginal, una zona particularmente sensible por su importante número de terminaciones nerviosas. Pero al placer de la mujer se une el dolor debido a los estiramientos musculares: de esta contradicción en las sensaciones nace une gozo frenético.

El hombre puede seguir el coito en una postura menos difícil para su pareja. Sosteniéndola por la espalda, la echa sobre el lecho, con los pies a ambos lados de su cabeza y el trasero más elevado. Encima de ella, la domina de nuevo y el acceso a la vagina queda totalmente abierto. Cuando ya no puede contener más la eyaculación, ¡la violencia del orgasmo de ambos amantes es tan fuerte como la explosión de un cañonazo!  

Anaïs Barthélémy

Otros contenidos del dosier: Kamasutra: Posturas acrobáticas

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